domingo, 05 marzo 2006
LA CONQUISTA DE LA VERDADERA LIBERTAD
La conquista de la verdadera libertad
Por Alfonso López Quintás
Destacados psicólogos afirman que una persona está básicamente formada cuando tiene una idea cabal de la libertad. El protagonista de la obra de Jean Paul Sartre no se incorpora a filas cuando es convocado. Callejea sin rumbo y se siente invadido de libertad. Todo él es libertad. Pero al final se pregunta, desalentado: “¿Y qué voy a hacer con toda esta libertad?¿Qué voy a hacer conmigo?”. Sin duda intuyó que su libertad era vacía, no conducía a ninguna meta, no era impulsada por ningún ideal digno de la persona humana.
Este desconcierto resulta penoso para nosotros pues el anhelo de libertad se halla enraizado en lo más profundo de nuestro ser. Por ley de vida, el ser humano quiere emanciparse de cuanto bloquea su desarrollo normal. El bebé se agita en la cuna para ejercitar sus potencias motrices. El niño va perdiendo poco a poco su apego casi fusional a los padres a fin de moverse autónomamente. El joven se esfuerza por independizarse en el pensar y actuar. Es una lucha por adquirir “libertad”. Pero ¿consiste la verdadera libertad en ganar independencia, poder hacer todo aquello que uno apetece?
Para descubrir cuál es la forma de libertad auténtica no basta estudiar el tema de la libertad. Debemos recorrer el proceso de desarrollo humano. La ciencia actual más cualificada y nuestra experiencia más honda nos dicen que somos “seres de encuentro”; vivimos como personas y nos desarrollamos como tales creando toda suerte de encuentros. Si esto es así, el valor supremo de nuestra vida, el que da sentido a todos los valores es crear formas de encuentro en todos los órdenes, es decir, modos elevados de unidad. Este valor es el ideal de la vida humana.
Ahora podemos enfocar debidamente el tema de la libertad. Yo empiezo a ser verdaderamente libre cuando soy capaz de tomar distancia respecto a mis apetencias y elegir en cada momento, no lo que más me apetece, sino lo que mejor me permite realizar el ideal de la vida, que es el ideal de la unidad, del encuentro rigurosamente entendido. Las formas de unidad que consisten en liberarme de trabas para actuar conforme a lo que yo deseo son condiciones para ser libre plenamente, pero no constituyen todavía la verdadera y plena libertad.
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lunes, 23 enero 2006
El analfabetismo religioso nos hace incultos
Por Alfonso López Quintás
Desde mi experiencia de profesor universitario, no puedo entender que personas instruidas se opongan entre nosotros a que se facilite a niños y jóvenes un conocimiento básico de la religión cristiana, que contribuyó decisivamente a configurar la cultura europea desde sus inicios.
Para comprender la génesis de la gran música occidental debemos ahondar en su raíz, que es el canto gregoriano. En el siglo XI éste dio lugar a la música trovadoresca y permitió descubrir el mundo sugestivo de la armonía y el canto polifónico. La espléndida polifonía francoflamenca, española y romana conserva la estética gregoriana y da lugar, a su vez, a buena parte de las grandes construcciones del barroco, el clasicismo vienés, el romanticismo…
Al explicar la estética del Dante, del gótico, del Siglo de Oro español y de Dostoievski, debo moverme en una trama de símbolos religiosos que los alumnos han de conocer. El que desee adentrarse en la cultura occidental no necesita compartir la fe cristiana, pero debe familiarizarse con sus formas de expresión características.
Si confronto el Requiem de Mozart con el de Brahms, sólo me entienden los alumnos que sepan lo que es un Oficio de difuntos católico y uno protestante. Analizar a fondo el mundo simbólico de una catedral románica o gótica con alumnos que desconocen, por ejemplo, la función que desempeña el altar en un templo cristiano es empresa vana.
A la hora de iniciar una tesis doctoral, no pocos licenciados ven muchas puertas cerradas por desconocer las bases de la vida religiosa. No se puede estudiar a fondo la obra de San Juan de la Cruz sin haberse iniciado en el conocimiento de la mística cristiana. No cabe penetrar en el pensamiento de Hegel o de Marx sin saber qué idea de la religión se formaron en su juventud.
A. Einstein, M. Planck y W. Heisenberg subrayan que “los hombres a quienes la ciencia debe sus logros más significativamente creativos fueron personas impregnadas de la convicción auténticamente religiosa de que este universo es algo perfecto y susceptible de ser conocido por medio del esfuerzo humano de comprensión racional”.
Resulta ineficaz discutir desde presupuestos ideológicos si es o no procedente el estudio escolar de la Religión. Lo adecuado es atenerse a los hechos, por ejemplo a que un catedrático universitario de arte haya tenido que suspender las clases y dar tiempo a sus alumnos a adquirir los conocimientos básicos de religión, pues, al desconocerlos, no podía entender sus explicaciones y le interrumpía para preguntarle, por ejemplo: qué es una custodia, quienes fueron Jacob y Rebeca, cuál es el significado de Moisés en la historia hebrea…
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jueves, 15 diciembre 2005
EL PECULIAR REALISMO DE LA LITERATURA DE CALIDAD
Por Alfonso López Quintás
La literatura de calidad es una ficción en cuanto a los hechos. El actor que representa a Macbeth en La tragedia de Macbeth, de Shakespeare, no es un noble inglés que, por ambición, mata al rey. Pero es eminentemente real respecto 1) a los procesos que sigue el hombre en su vida: procesos de éxtasis que configuran plenamente nuestra personalidad y procesos de vértigo que la destruyen; 2) a las actitudes humanas básicas: amor y odio, fidelidad y perfidia, agradecimiento y resentimiento, veracidad y falsedad…; 3) a los distintos niveles de realidad en que podemos movernos: el nivel 1 -el infraético en que se mueve Don Juan, “el burlador de Sevilla”; el nivel 2, el nivel ético en que configura su vida Don Gonzalo, el Comendador.Debido a esta triple forma de realismo, en las grandes obras literarias podemos ver reflejada nuestra vida, con sus promesas y sus riesgos. Macbeth cree que lo ha conseguido todo cuando usurpa el trono de su amigo Duncan al que ha dado muerte. Se equivoca trágicamente, porque con ello inicia un proceso de vértigo que lo llevará por sus pasos a la hecatombe. Se podía prever, porque el vértigo al principio no te exige nada, te promete todo y te lo quita implacablemente al final. El protagonista consigue saciar su ambición pero no siente la menor alegría. Se ve abrumado de tristeza, angustia y desesperación.
Podemos pensar, con razón, que nosotros jamás cometeremos semejante crimen. Pero podemos entregarnos a otras formas de ambición y seguir un proceso de vértigo que nos lleve, a través de sus cinco fases, a la desesperación y la destrucción. Bien indicó, por ello, Aristóteles que la tragedia es “catártica”, purificadora.
Realizada con un método adecuado, la lectura de obras literarias se convierte en una fuente inagotable de formación personal. La literatura nos lleva a ver la realidad de otra forma, más honda y provechosa para nuestra vida. Nos ayuda a evitar mil errores y a ser, en definitiva, más felices.
Don Juan –“El burlador de Sevilla”-, parecía ser un triunfador: acumulaba éxitos amorosos y, en caso de conflicto, salía airoso con la espada. Pero en sus conquistas no ejercitó nunca la creatividad; no fundó ningún ámbito estable y fecundo de amor personal. Por eso vivía en trance de huída. De ahí que no haya resistido la confrontación de su actitud infraética ante la vida con la actitud ética y religiosa de Don Gonzalo, el Comendador.
Ese fracaso supuso para él la destrucción de su personalidad o –dicho con el lenguaje religioso de la época- su condenación.
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viernes, 18 noviembre 2005
EL ANALFABETISMO DE SEGUNDO GRADO
Por Alfonso López Quintás
En cierto telediario se destacó que nos hallamos en el primer aniversario de la muerte, por sobredosis, de la cantante Danis Joplin. Se la elogió como la “reina blanca del blues”, y, tras recordar que su vida estuvo entregada a toda clase de drogas, se concluyó que había sido “una mujer totalmente libre”.
¿Estamos preparados los televidentes para descubrir la forma de manipulación que late en este fugaz mensaje?
En caso negativo, no estamos debidamente formados para vivir en un momento de la historia tan fecundo y tan arriesgado, a la par, como el presente.
En la película de Ingmar Bergman El silencio, una joven le dice a su hermana con aire exultante que tiene relaciones íntimas con un extranjero y, por no saber una lengua común, no pueden hablarse.
Al oír esto ¿nos damos cuenta de la actitud ante la vida que ha adoptado esa joven y de los riesgos que implica para ella? ¿Podría sentirse contenta si supiera lo que significa alegrarse por no poder hablar con quien se tiene intimidad corpórea?
Es lástima que nadie le haya ayudado a admirar la riqueza del lenguaje auténtico, el que se inspira en la voluntad de crear vínculos personales. De haber tenido esa suerte, no sentiría ahora alegría sino profunda tristeza al recluirse en un silencio de mudez para no crear vínculos con su compañero ocasional.
Al mostrarse eufórica, delata la pobre que va por la vida con los ojos vendados y no puede guiar sus pasos con una mínima seguridad.
Esta ceguera espiritual constituye una forma de “analfabetismo de segundo grado”, que todos podemos padecer en alguna medida. No saber unir las letras y adivinar lo que dice un escrito es un modo primario de analfabetismo, y debe ser erradicado porque nos deja desvalidos ante la vida.
Si sabemos leer, podemos obtener diversas informaciones. Pero, supongamos que somos incapaces de descubrir el sentido y el alcance de lo que leemos u oímos. Por ejemplo, al enterarnos de que una joven está eufórica por no poder hablar con su amante, no sospechamos siquiera lo que implica, en el fondo, tal sentimiento. En este caso, bien haremos en tomar medidas para superar esa forma de analfabetismo, que nos deja desconcertados en nuestra vida personal y nos impide regir nuestra conducta con cierta seguridad de éxito.
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