lunes, 16 enero 2006
Cambiar de sexo como de traje
Por Antonio Espíldora García
El Gobierno anuncia la inminente llegada de una Ley de Identidad Sexual, que permitirá cambiar de nombre y de sexo en el Registro Civil sin necesidad de someterse a ninguna operación quirúrgica de cambio de sexo.
Afirma el ministro de Justicia que esta ley no debe valorarse por el pequeño número de ciudadanos al que afecta, sino por el sufrimiento que evita. Por eso, dice el ministro, no se exigirá el sufrimiento de pasar por la cirugía para cambiar de sexo, lo que tiene la ventaja, añado yo, de poder cambiar varias veces de sexo a lo largo de tu vida.
Evitar el sufrimiento es siempre una intención loable, pues todo sufrimiento reclama compasión, comprensión y respeto. Pero el sufrimiento suele ser sólo un síntoma de que algo no funciona bien. Y normalmente, disimular el síntoma no soluciona la enfermedad, sino que permite que ésta se agrave.
Parece que el objetivo de nuestros gobernantes es evitar el sufrimiento a toda costa enmascarando la realidad, creando una ficción que disimule el motivo de sufrimiento, en lugar de promover que las personas se enfrenten a la realidad y la superen o la asuman.
¿Que un estudiante sufre por no poder pasar de curso? Hagamos una ley para que promocione sin aprobar, o aprobémosle directamente sin estudiar.
¿Alguien sufre porque no encuentra en el otro sexo el complemento de su personalidad? Hagamos una ley que llame matrimonio a lo que no lo es.
¿Una madre sufre porque se debate entre dejar nacer a su hijo o matarlo en su seno? Hagamos una ley que establezca que su hijo no es en realidad un ser humano para que lo pueda matar sin remordimientos.
¿El emperador sufre porque no tiene el mejor traje del universo? Digámosle, como en el cuento de Andersen, que le confeccionaremos el mejor traje, no sólo con las más maravillosas telas, sino que además será invisible para los necios y sólo visible para los sabios.
Y, del mismo modo que el emperador del cuento con su traje nuevo, pavonéense nuestros gobernantes ante todo el mundo revestidos con esas leyes que pretenden crear lo que no existe, orgullosos de su poder creador y de su progresismo.
Pero el Derecho no crea la realidad. Y más tarde o más temprano, algo o alguien, como el chico del cuento, nos hará caer en la cuenta de que en realidad estamos desnudos. Y no sólo tendremos ridículo y vergüenza, sino también más sufrimiento.
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jueves, 08 septiembre 2005
LA AVENTURA DE EDUCAR
Por Antonio Espíldora
Decía Péguy que, verdaderamente, sólo hay un aventurero en el mundo: el padre de familia. Y lo decía no sólo por la aventura que supone colaborar en hacer persona a un pequeño ser con mofletes que nos entregan sin folleto de instrucciones, sino sobre todo porque, desde su perspectiva, todo en el mundo actual parece estar organizado en contra de ese visionario atrevido y audaz que se arriesga a fundar una familia. Cien años después de Péguy, y tras las diversas iniciativas legislativas perpetradas por nuestros gobernantes contra la familia en el último año, no puedo negar que esta tarea de ser padre de familia empieza a superar a una Ruta Quetzal por la selva amazónica. Pero es que, a la vista del Anteproyecto de Ley Orgánica de Educación, los doce trabajos de Hércules se pueden quedar pequeños al lado de la proeza de educar a los hijos en libertad contra la pretensión de papá Estado de anular, en la práctica, a los padres en la tarea de la educación. La futura ley pretende recortarnos el derecho fundamental a decidir sobre la educación de nuestros hijos, cercenar el derecho a educar según nuestras convicciones religiosas, morales y pedagógicas, y además, limitar injustificada e injustamente la libertad de la escuela de iniciativa social. Desde luego, la aventura continúa. En el más puro estilo aventurero, el anteproyecto se ha elaborado por la espalda y sin diálogo, casi por sorpresa, igual que te acechan los peligros al adentrarte en la espesura de una intrincada selva. Como a otros aventureros, se nos puede presentar la tentación del desánimo y del desaliento, de la pasividad o, incluso, del abandono. Pero no es momento de tirar la toalla. Nuestra aventura no es una locura fruto de un calentamiento veraniego. Hemos asumido un deber al traer nuestros hijos al mundo y, para cumplir ese deber, necesitamos que se nos reconozcan unos derechos. Tenemos derecho a educar a nuestros hijos. Y tenemos el derecho a hacerlo en libertad. Nadie le ha encomendado nuestros hijos al Estado, sino precisamente a nosotros. Y tenemos de nuestro lado el sentido común. No pretendamos esperar a que desaparezcan las dificultades para actuar, sino que, como buenos aventureros, empeñémonos en superar los obstáculos con audacia y valentía. Por lo tanto, es preciso exigir, por todos los cauces que nos permite el Estado de Derecho, el respeto a nuestro derecho a educar que, además, está reconocido en nuestra Constitución. Educar es una aventura apasionante.
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miércoles, 08 junio 2005
18-J: POR NUESTROS DEBERES
Por Antonio Espíldora
Las familias no salimos a la calle el día 18 de junio para reivindicar un estatus social, ni para defender una opción sexual, ni para reclamar privilegios.Las familias salimos a la calle para exigir nuestros derechos, sí; pero no con un mero espíritu reivindicativo o de orgullo de género.
Y es que la familia tiene derechos solamente en cuanto tiene deberes.
Precisamente porque la familia natural tiene el deber de asegurar, las condiciones adecuadas para acoger la vida humana en el contexto más digno posible, en el seno de una comunidad conyugal constituida por la verdadera donación entre el varón y la mujer; precisamente porque tenemos la responsabilidad de seguir dando vida a nuestros hijos en las mejores condiciones posibles, ayudándoles a que se reconozcan como personas (varón o mujer) y a que crezcan como tales; precisamente porque es deber de la familia, como célula básica de la sociedad, armonizar, equilibrándolos, los distintos ámbitos de la convivencia (laboral, cultural, político, religioso, etc.), por todo ello necesitamos que se reconozcan a la familia los derechos necesarios para cumplir adecuadamente su función social.
Y desde esta perspectiva, el primer derecho de la familia frente a la sociedad es que se le reconozca su identidad propia y que se acepte efectivamente su papel esencial.
Porque la equiparación injusta con otro tipo de uniones debilita los valores propios de la institución familiar, obstaculizándole gravemente la realización de su imprescindible de su misión.
En este momento no están en juego meros derechos individuales.
Están en juego los derechos y deberes de la familia y, en consecuencia, el bien de la persona y de la sociedad.
No basta con que las leyes no ataquen directamente a la familia natural, sino que es preciso reclamar que sostengan y defiendan positivamente los derechos de la familia, que no son sino la garantía necesaria para poder cumplir sus deberes.
No están en juego en este momento meros derechos individuales, sino el bien de la persona y de la sociedad.
Exijamos nuestros derechos para poder cumplir nuestros deberes.
Es una cuestión de responsabilidad.
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jueves, 17 marzo 2005
¿UN CERO EN GENÉTICA?
Por Antonio Espíldora
“- Papá, ¿si un padre y una madre hablan en gallego, les puede salir un hijo que hable en español?”.Cualquiera que lea esta compleja pregunta, considerará quizá que Marta se merece un cero en genética. Y posiblemente tenga razón, dado que Marta, con 7 años, pretendía aplicar las Leyes de Mendel, o lo que de ellas le había conseguido entender a su hermana mayor, a la transmisión del idioma de los padres a los hijos.
Sin embargo, si leemos la pregunta con detenimiento, también nos daremos cuenta de que Marta, a sus 7 años, tiene perfectamente claro que para que “salga” un hijo, hacen falta un padre y una madre.
Parecerá una tontería. Pero esta cuestión tan simple no la tienen clara hoy en día muchos de nuestros contemporáneos adultos, ni de nuestros gobernantes, ni de nuestros diputados.
Pensando sobre esto, caí en la cuenta de que en el colegio todavía no le han enseñado nada a Marta sobre sexualidad o matrimonio. Tampoco mi mujer o yo nos hemos sentado todavía tranquilamente con ella a explicarle expresamente cómo vienen los niños al mundo. Ni siquiera Marta ha acudido todavía a un taller de sexualidad de esos que, con subvenciones de las administraciones públicas, suelen mostrar a los chicos y chicas las formas más denigrantes de usar la sexualidad.
En realidad, Marta ha aprendido la importancia que para la existencia de un hijo tienen un padre y una madre simplemente viviendo. Viviendo en una familia con un padre y una madre que la han traído al mundo, la quieren y la cuidan, y en la que también le dan su cariño un abuelo y una abuela que son padres de su madre y un abuelo y una abuela que son padres de su padre. Una familia en la que hay primos que también tienen, cada uno de ellos, un padre y una madre.
Por el contrario, un niño o una niña que, a sus 7 años, hubiera convivido siempre con dos varones unidos homosexualmente y que dicen ser sus padres ¿qué tendría claro a esa edad?. Lo que desde luego no le garantizaría la convivencia con padres dobles sería saber aplicar correctamente las Leyes de Mendel con 7 años. Igual que Marta, entonces. Pero ¿y lo otro?. ¿Qué idea de la concepción de un hijo tendría ese niño?. ¿Qué pensaría de que todos los niños tengan un padre y una madre menos él?. ¿Qué sería para él una madre?. Al menos Marta, gracias a Dios,” necesita mejorar” en genética, pero “progresa adecuadamente” en antropología y en ecología humana.
Ojalá quienes tienen la obligación de gobernar o de legislar miren más a sus hijos y se den cuenta de la importancia de proteger la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer.
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jueves, 24 febrero 2005
EXTRANJEROS EN ESPAÑA
Por Antonio Espíldora
España carece de política de extranjería.No la tuvo el Gobierno de Felipe González (cuando el problema era incipiente), ni la ha tenido el de José María Aznar, ni la tiene ahora el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.
Nuestro Gobierno ha puesto en marcha un proceso de normalización que, si Dios no lo remedia, ni va a solucionar los problemas de los trabajadores extranjeros y de los empresarios españoles, ni tampoco va a dotar a España de un rumbo claro y eficaz de cara a enfrentar de una vez por todas la solución definitiva a la cuestión de la inmigración.
Todo proceso extraordinario de legalización supone, en la práctica, reconocer la inoperancia de los procedimientos ordinarios, admitiendo que éstos, en lugar de dar cauce adecuado a la inmigración, no consiguen sino generar cada vez más personas en situación ilegal. Y estamos, si no me fallan los cálculos, ante el séptimo proceso extraordinario de legalización desde 1991.
No hace falta ser profeta para vaticinar que, al finalizar el actual proceso de normalización, habrá en España unas 350.000 personas más con permiso de trabajo y, probablemente, un millón de extranjeros en situación ilegal. ¿Y después qué? ¿alguien tiene una idea clara de lo que se quiere conseguir y de los medios que hay que poner para alcanzar ese objetivo?. El Gobierno, me temo que no. No parece, desde luego, que las amenazas del Ministro de Trabajo a los empresarios de las zonas donde se presenten pocas solicitudes de normalización, vayan a ayudar en nada a lograr ningún objetivo sensato.
Quizá en este campo, como en muchos otros en los que es palmaria la inactividad o ineficacia de los poderes públicos y partidos políticos, sea preciso recuperar el protagonismo de la sociedad civil. Los ciudadanos no podemos dictar las pautas de la política de extranjería, pero mientras aportamos ideas y esperamos que nuestros políticos aclaren las suyas, sí que podemos, al menos, volvernos a lo personal. El Gobierno está preocupado por los números (si conseguirá o no regularizar a 800.000), pero los ciudadanos podemos preocuparnos por las personas.
Cada unidad numérica de ese conjunto de 800.000, o de un millón, es una persona. Con su alma y con su cuerpo, con sus alegrías y sus esperanzas, con sus tristezas y angustias. Mucho podemos hacer, entonces, los ciudadanos y las asociaciones e instituciones de la sociedad civil en el campo de la “cultura de la solidaridad”, articulando formas de integración, de acogida y hospitalidad inteligentes e imaginativas, que ayuden a construir una sociedad digna del hombre.
En definitiva, se trata primero de recuperar la centralidad de la persona humana.
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