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jueves, 03 marzo 2005

EL EMIGRANTE RUSO

Por Esteban Sala

Estaba de paso en la estación de tren de Castellón, una noche de lluvia y frío. Al intentar entrar en el servicio encontré a un hombre que lloraba desconsolado y a dos amigos suyos que le rogaban abriese la puerta. Pregunté si podía ayudar; me dijeron que no.

 Era un emigrante ruso que tenía a su hijo en su país con un tumor en la cabeza. En esos momentos el niño estaba en el quirófano debatiéndose entre la vida y la muerte. El padre desesperado, lloraba. Deseaba estar con su hijo, no podía hacer nada. Apenas tenía para vivir.

Al salir de la estación le hablé a Dios de aquel niño enfermo; de aquel padre destrozado y de aquellos amigos de verdad que permanecían junto a él. La lluvia y mis lágrimas se juntaron.

A medida que vas viviendo, palpas en muchas personas un cierto desengaño. Desengaño ante la vida, los amigos y las amigas.

No son pocas las personas que te ofrecieron su amistad y con los que compartiste vivencias pero al final te dejaron tirado en la cuneta, teniendo a la enfermedad, el desamor o los problemas económicos por compañeros.

Una cosa son los colegas para tomarse una caña de cerveza, hablando de fútbol o de cotilleos de la sociedad, otra cosa son los amigos para intimar más seriamente y no sólo para andar de juerga.

Los colegas frecuentemente se confunden con los amigos, pero el tiempo los va separando si te tomas la vida con responsabilidad.

Los amigos de verdad incluyen la corrección bien hecha, y no sólo las muestras de halago, fomentando así el crecimiento recíproco.

Puedo entender que ante la experiencia y la acumulación de desengaños, uno opte por la prudencia en el tema de las amistades. Es lógico. Pero hemos de ir con sumo cuidado a la hora de seguir viviendo y tratando a otras personas; no sea que ante el temor a poder ser heridos adoptemos una actitud tan hostil y desconfiada, que alejemos de nosotros algunas personas bien intencionadas, que con el tiempo podrían llegar a ser buenos amigos. Cuánto bien se pueden hacer dos personas si en lugar de envidiarse, se apoyan recíprocamente. Si fomentan la sinceridad, el diálogo y la tolerancia.

Cuánto bien nos puede hacer el saber descubrir a esas personas que saben ser fieles a la palabra dada. Que tienen siempre una palabra de ánimo, de prudencia o de consuelo.

Seamos prudentes y aprovechemos la experiencia para no repetir errores si es posible, cosas a veces harto difícil. Pero no nos neguemos el don de saborear el trato con una persona amiga de verdad.

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