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lunes, 12 septiembre 2005
Que la suerte te acompañe
Hace unos días una niña pequeña me enseñó un colgante que llevaba en el cuello sobre el que le pregunté. Ella me dijo que era la suerte y que le acompañaba. Me extrañé de esa religiosidad tan bien asumida a tan temprana edad y buscando provocarla más la contradije respondiéndola que la suerte, en realidad, no existe. Ella, como es lógico, no quiso entrar por el aro. Le hablé que quizá hubiera una compañía, una suerte, mayor a la que ella podía agarrar con sus manitas, y sobre esa otra más grande y así más y más. Me observaba con los ojos muy abiertos. Y al cabo me preguntó si también ella la podía tener y llevar con ella para que la acompañase.
Tendemos a aferrarnos a los que nos da seguridad, llámese amuleto, ritual, rutina,... y queremos tenerlo al alcance de la mano. Volcar en ello toda nuestra confianza y seguridad hace que pase de ser un simple juego a ser todo un ídolo. Nuestro corazón está hecho para la totalidad del ser, para la sorpresa del gran regalo del amor, de la vida, y no para pasarlo entretenidamente jugando con el papelito que los puedan envolver. Nos importa más el beneficio, el regalo, el consuelo, la compañía,... más incluso que quién nos lo puede dar.
Queremos así controlar la suerte, el destino, los acontecimientos,... pero no queremos darnos cuenta que estamos dentro de un espacio y tiempo, de una vorágine que no atisbamos ni por asomo. No podemos crecer en conciencia ni en ser por mucho que nuestro autómovil nos ponga en un nivel más alto que la media, o porque nuestra cuenta corriente tenga muchos ceros a la derecha, o porque tengamos un coeficiente intelectual superior o nuestro físico produzca admiración, o porque creamos estar en posesión de la verdad,... Se crece en conciencia de la realidad cuando se afirma que el Ser existe porque actúa concretamente, y es Otro, y es un Acontecimiento, no una interpretación mía o un entretenimiento para teólogos, una deseo para sabios, una elucubración para filósofos o un objeto de contemplación para santos. Es mucho más sencillo: Es porque actúa. Y lo que nos corresponde a nosotros solamente es verificarlo en la realidad. Así madurará el juicio de nuestra razón y el deseo verdadero de nuestro ser y el afecto y entrega de nuestro corazón. Sólo así podremos nacer una y otra vez en la conciencia más profunda de la realidad y del Ser que la sostiene y en el que consiste todo.
Más que la suerte o la fuerza, que el verdadero Ser, Destino, Amor, Misericordia,... nos acompañen.
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