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domingo, 26 febrero 2006

Quédate con nosotros

Por Enrique Calicó Bosch

Tengo un librito en el que a cada día del año dedica un trocito del Evangelio. Cada día leo el que toca y no me lleva más de treinta segundos. Se lo recomiendo a todo el mundo, creyentes y no creyentes, practicantes y no practicantes, por la sabiduría que contiene, sabiduría humana, sana, constructiva.

Alguien puede pensar que en tal recomendación me mueva una “sana intención” de empujar. Pues no, porque a nadie le gusta que le empujen y automáticamente se pone a la contra. Para “empujar hacia Cristo” está la oración, que muy buenos resultados está dando.

Le habré dado al libro más de ocho vueltas, es decir, leído y releído durante ocho años por lo menos y todavía me sorprende con nuevos pensamientos que brotan de esas palabras escritas hace dos mil años. Es como una fuente inagotable que me lleva a nuevas reflexiones, a nuevos pensamientos... Me lleva espontáneamente a repetir una y otra vez: “¡Si eso es lo que está pasando ahora en nuestros días!”.

Hoy tocaba el trocito de los discípulos que iban a Emaús. Trocito archiconocido para detenerse, para hacer un alto en el camino; archiprofundo para absorberlo todo. Leía con normalidad hasta llegar al momento de la separación, en que los dos caminantes, los que habían dejado Jerusalén totalmente desilusionados, ahora con el corazón ardiente por las aclaraciones del desconocido peregrino, le piden: “Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída”.  

Atardece y el día va de caída, pronto la oscuridad se extenderá por el llano y nos envolverá. Quedé en silencio, con la mirada al vacío o, si lo prefieren, a la línea del horizonte, esa línea que para el hombre es inalcanzable, que cuando vamos hacia ella se nos escapa un poco más allá. Con la mirada puesta a la línea del horizonte veía como el “día va de caída” en el Viejo Continente arrastrado por la paulatina y progresiva pérdida de valores, precisamente los valores que lo llevaron a tener su propia identidad, que lo fortalecieron, lo educaron y lo lanzaron al mundo entero.

No voy a enumerar los males que llevan a Occidente a su propia destrucción, pues cada uno ya tiene una lista preconfeccionada. No, no es esta mi intención, sino recordar las palabras del viejo Simeón con el Niño en sus brazos: “Luz para alumbrar a las naciones”. Hoy, más que nunca, el “quédate con nosotros” son palabras que las tenemos que hacer actuales y en presente: “Quédate con nosotros, necesitamos recuperar las virtudes antes de que anochezca del todo, quédate, necesitamos que levantes el ánimo a ‘estos caminantes desilusionados’. Sin ilusión no hay vida, y sin vida no hay futuro”.

Y estas palabras también son válidas para los creyentes y no creyentes, para los practicantes y no practicantes, porque en la recuperación de valores y virtudes entramos todos.

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