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sábado, 11 febrero 2006

Hacia una economía de justicia "doméstica"

Por Merche Mas Solé
            A menudo ante las injusticias del mundo, sufrimos el síndrome de impotencia adquirida; nos pasa a todos. La globalización de la economía y de las finanzas, el desequilibrio norte-sur, las nuevas esclavitudes, la explotación de la mano de obra infantil, el turismo sexual... nos resultan problemas tan grandes e inaccesibles que a menudo la tentación más fuerte es la de apagar la tele o cerrar el periódico. Es cierto que no es fácil sentir que podemos hacer algo para cambiar el mundo. 
            Una frase del sacerdote católico italiano Alex Zanotelli, que vive en los basureros de Nairobi, nos ha iluminado: “Recordad que cada vez que entráis en un supermercado o en un banco (los templos modernos), estáis votando. El consumidor del norte tiene un gran poder en sus manos, el de elegir qué modelo de economía y de sociedad quiere sostener”.     Esta frase nos ha impulsado en los últimos años para buscar modelos económicos coherentes con nuestra moral. Si intentamos que  en todos los ámbitos de nuestra vida podamos responder a la pregunta: ¿dónde está tu hermano? Pues también en el ámbito de “nuestro bolsillo”.
            Algunas pistas son evidentes: la sobriedad en el estilo de vida,  por responsabilidad  y  por la certeza de que es más fácil vivir con menos cosas (se tiene menos miedo a perderlas); el aprender a hacer las cosas con nuestras manos; el perder el tiempo cocinando pan y haciendo las conservas, los regalos...; el trueque, el préstamo, el reciclado, para salir del círculo vicioso del consumo... No es fácil, sobre todo si tienes hijos. Los hijos son el pretexto perfecto para renunciar a reducir nuestro consumo: ¿cómo vas a negar a tu hijo lo que todos tienen?         Pero no es imposible.
            Guido y yo hemos decidido vivir con un solo sueldo (que no coincide con una sola ocupación) mientras nos lo podamos permitir. Alguien nos podría decir: “qué listos, si os lo podéis permitir, no tiene mérito” Y es cierto. Tal vez muchas parejas quisieran hacer una opción parecida y no se lo puedan permitir. Pero conocemos muchísimas más que, pudiendo, no lo toman ni siquiera en consideración. Por un lado es una suerte poder elegir. Por otro, nosotros renunciamos a un nivel de vida más alto que nos podríamos permitir y no queremos. Se trata de decidir dónde poner el listón, donde invertir tu tiempo y donde tu dinero.
            Otra pista : el consumo crítico.  Ser consumidores críticos exige una dosis importante de información y de contrainformación, para poder elegir comprar lo que nos dé más garantías de justicia en la producción, de relación laboral correcta, de calidad del producto....   No sé si conocéis el libro “Rebelión en la tienda”(Centro Nuovo Modello di Sviluppo. Ed.Icaria).  Ahí nos hemos enterado de cómo funcionan las grandes multinacionales, del poder concentrado en pocas manos (Philip Morris, Nestlé y otras más) y escondido bajo multiples marcas, de las empresas que tienen comportamientos sindicales represivos o explotan la mano de obra infantil, de las que utilizan productos transgénicos, o tienen que ver con la venta de armas...   Además de estar atentos durante nuestras compras cotidianas a estos criterios, hace ya años que algunos productos como el café, la miel, el azúcar, el té, el cacao,... los compramos sólo en las tiendas del Comercio Justo.    Hace hoy cinco años, junto a diez amiguetes creamos en nuestro barrio una cooperativa de comercio justo. Su presencia silenciosa recuerda a nuestros vecinos que la búsqueda de la justicia y la paz pasa por los comportamientos cotidianos, por el bolsillo, por poner un poco de atención y recordar que somos ricos, muy ricos.

Ultima pista: la finanza ética. Pues cuando te sobran dos pesetas te preguntas donde meterlas, si debajo del colchón o en un banco. También sobre este tema nos hemos informado y el panorama de las inversiones es desolador: comercio de armas, empresas contaminantes, especulaciones, .... Por suerte en toda Europa se han puesto en marcha proyectos de bancos èticos.    Nos pasó el tren cerca cuando era hora de cogerlo y pudimos participar de la fundación de la Banca Etica Italiana. Nos sube la moral saber que con nuestras dos pesetas podemos impulsar los microcréditos, préstamos a pequeñas empresas y cooperativas a quienes los bancos nunca concederían. (el derecho al crédito debe ser reconocido como un nuevo derecho humano).  Los criterios èticos con los cuales se prestan los capitales recogidos entre miles y miles de accionistas gozan de la mayor transparencia y participación de los socios.  A la sombra de esta pequeña revolución económica muchos bancos se inventan los fondos èticos (declaran indirectamente que los otros no lo son...). Y  aunque sigue siendo cierto que “hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”, tenemos la certeza de que viendo crecer las redes de economía de justicia estamos viendo crecer un verdadero bosque mundial.  En España las cosas también se están moviendo. Os invitamos a no perder la ocasión de promover cambios que inciden en las causas y no sólo en los efectos de las injusticias.

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