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viernes, 03 marzo 2006
El restaurante
Por Esteban Sala Martorell
Hace años fui con mi familia a un restaurante sencillo. Frente a mí había una pareja de novios franceses. Estaban enamorados. Eran discretos. Todo iba bien. Hasta que en un momento dado, ella dijo algo y él se enfadó. Grave sería el motivo, pues se fue poniendo rojo y aspiraba aire. Cruzaron miradas, él la fulminaba. A punto de estallar, ella puso un dedo sobre sus labios, le miró con amor y bajó los ojos en señal de arrepentimiento. Segundos de duda. El chico se fue calmando. No dijo nada. Empezó a respirar con suavidad, relajó la mirada y acarició sus manos. Pedir perdón con sinceridad y a tiempo, cuanto bien puede hacer a una pareja y a cualquier ser humano.1 Qué tendrá la palabra perdón que cuando la usas para disculparte, si lo haces con sinceridad, suele generar efectos maravillosos en el que la escucha y en el que la pronuncia. Cuantos de nosotros hemos podido constatar esto en algún momento de nuestra vida. Erramos y al pedir perdón sinceramente, fuimos acogidos a veces con alegría y afecto, produciendo en nosotros y en el entorno una sensación de bienestar. Frecuentemente metemos la pata. Somos humanos y en la capacidad de aprender entran las equivocaciones. Cuánto bien nos hace equivocarnos, para aprender y madurar como personas. Para ser más pacientes y comprensivos. A veces sin mala intención metemos la pata y a veces con mala intención. Cuando constatamos el mal que hemos ocasionado o que podemos ocasionar, vale la pena mostrar arrepentimiento con las palabras y con la actitud, para que seamos creíbles ante los demás y ante nosotros mismos. Pidamos perdón con sobriedad y sinceridad. Que le quede clara nuestra actitud al ofendido. No hemos de pedir perdón sólo cuando herimos conscientemente, cosa obvia, si no también cuando molestamos y no éramos conscientes de ello. Muchas personas experimentan una singular repugnancia a pedir perdón, dicen que hacerlo no les gusta ni les hace bien. Con los años he podido constatar en mí mismo y en personas que he tratado, que el arrepentimiento exteriorizado sinceramente, te infunde paz interior, te reconcilia con el ofendido y amplia tus horizontes vitales. Pedir perdón, con sinceridad y sin dramatizar, potencia la autoestima porque ofrece credibilidad a la autoimagen, aporta conocimientos más ecuánimes sobre la condición humana, y potencia una actitud más humana y tolerante. Sales de tu pequeño mundo, para ponerte en la piel del otro, condición indispensable para ser serenamente feliz y poder convivir con calidad de encuentro.
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