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jueves, 09 marzo 2006

Atracción por el riesgo y miedo al compromiso

Por María Traid

La juventud siempre se ha sentido atraída por el riesgo, mas nunca como ahora. Las competiciones elevan más y más el nivel de dificultad y riesgo; se inventan nuevos deportes para practicar en solitario la aventura del peligro y la velocidad se cobra cada día nuevas vidas jóvenes en las carreteras.

Cuando los jóvenes acuden al alcohol y a las drogas, lo hacen en parte por evadirse de la monótona realidad de sus hábitos gregarios, pero también por experimentar nuevos riesgos. Asistimos a una especie de plaga que se extiende sin que ningún laboratorio farmacéutico invente una vacuna eficaz. Y resulta paradójico que, a la vez, la juventud sea cada vez más reacia al compromiso.

¿No es compromiso un voluntariado con niños, enfermos o ancianos en el primer o en el tercer mundo? Sí, pero compromiso abierto, circunscrito a unas horas, unas vacaciones, incluso un año en acciones hermosamente humanitarias que dan calidad a su vida, mientras retrasan construir en serio su veda atándose en un matrimonio estable. Y esto pasa entre los que se dicen agnósticos y entre creyentes y practicante. Sobre todo les pasa a ellos, porque a veces ellas se van hundiendo en la amargura de ver frustrada su natural esperanza de tener marido e hijos.

Cada vez hay más solteros cercanos a los 40 y los sobrepasan que van de fiesta en fiesta coqueteando con el amor pero sin atraparlo. ¿Qué pasa? Pasa que la cultura de la banalidad y los ejemplos del desamor, tan abundantes, penetran como por ósmosis en una juventud carente de fortaleza moral.

¿Remedios? No podemos esperarlos –al menos de momento-, ni de las leyes ni de la política. Deberían llegar de padres y educadores. Y siempre queda el estupendo camino del contagio: cada pareja joven que se casa, tiene hijos y muestra a sus amigos la alegría extraída del compromiso a veces sacrificado y costoso, abre ventanas a sus amigos para que vislumbren la plenitud humana del amor comprometido y estable.

Y a veces –como recordaba Susana Tamaro en una entrevista-, de los malos ejemplos de los padres, pueden madurar las mejores convicciones en los hijos; del ejemplo del desamor puede nacer el anhelo de construir un núcleo de amor familiar.

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