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martes, 07 marzo 2006

Identidad de género - Identidad nacional

Por Roberto Rubio Díaz


En un artículo previo he propuesto que, hoy, la  identidad nacional es “autonomía”, desde la realidad del Estado autonómico que ha sustituido al Estado católico de la posguerra. Sugería que la crisis de identidad nacional parte de que esa autonomía que domina el ámbito político no nace del hombre concreto, de la persona humana, y que ha heredado al Estado católico que decretaba esa identidad, al menos en lo formal.
La denominada identidad de genero, agazapada como previsible nuevo foco de polémica, me va a permitir iluminar otra cara de la relación Persona-Estado. Este término nace ya en el ámbito de la psiquiatría que trata la crisis de identidad de los “transexuales”, expresión bastante pobre de la condición personal del ser humano. Sin entrar en profundidades que no son el objeto de estas líneas, se trata, de manera habitual, de varones que se identifican con el género femenino; lo que a veces da lugar, otras no, a una operación mal llamada de cambio de sexo, que es mutilación genital de lo masculino y simulación de órganos femeninos.
Si el Estado accede, de acuerdo con el programa electoral del partido socialista, a regular estos cambios de identidad de género, estaríamos, y esto es lo que me interesa ahora, ante un Estado que emite y certifica una falsa identidad. Como ya se ha introducido la relación entre personas del mismo sexo en el concepto de matrimonio, lo que para otra nación que no haya adoptado este cambio legislativo sería también confusión en documento público; interesa considerar si el Estado en general, no sólo el español, se está convirtiendo en emisor de falsa identidad personal.
Esta reflexión no es nueva, muchas voces han alertado sobre el Estado moderno, porque que si deriva en absoluto, desarrolla una pertenencia del ciudadano que no le corresponde. El Estado no es fuente de identidad, sino representación de la identidad común. He tratado de exponer con brevedad los indicios de que el Estado se considera absoluto al decidir sobre señas de identidad tan íntimas como el género o la condición matrimonial. Y buscando la raíz se encuentra la única fuente de identidad  que puede sostener la superioridad de la persona humana frente a las estructuras sociales, políticas o económicas: la dimensión trascendente. Ignorar la dimensión religiosa, tan de actualidad en las relaciones internacionales, es acelerar la transformación del Estado en un seudo dios que se arroga competencias sobre la identidad de los ciudadanos

 

00:00 Anotado en ROBERTO RUBIO DÍAZ | Permalink | Enviar a Email