lunes, 03 octubre 2005

Ora et labora

Rezar y trabajar. Ambas actividades son necesarias hoy más que nunca. Y que vayan siempre de la mano. Rezar sin  trabajar podría ser una evasión espiritualista, descarnada, sin sentido. Y trabajar sin rezar podría ser un activismo o voluntarismo ciegos, sin horizonte.

¡Hay tantas personas, intenciones y situaciones por las que pedir y agradecer! Rezar también es una forma de trabajar, puesto que es una tarea la de llevar las intenciones, los gozos y esperanzas de una humanidad que, aunque no lo reconozca, está muy necesitada de paz, reconciliación y amor. Y, por lo tanto, desear y trabajar efectiva y eficazmente por el bien común también es una forma de orar.

Quien lea esto, por favor, acuérdese de los enfermos, de los que les cuidan y de los que se juegan su salud con drogas y adicciones de todo tipo; de los que acaban de recibir una luz en su vida para ser un poco mejores y de los que derrochan la ayuda de los demás y de Dios; de los que acaban de darse a los demás, de los que han tenido con ellos palabras y gestos cariñosos, generosos y de los que acaban de discutir, pelearse, amenazar o matar incluso; de aquellos que hoy nacen y de los que hoy mueren; de los que tienen bien a salvo sus vidas y patrimonios, y de los que están en peligro de perder casa, vivienda y quizá vida; de los que sacrifican más de lo necesario por su trabajo y de los que han aprendido y podido vivir con lo suficiente para ser felices; de los que tienen verdadero amor en su corazón y de los que tienen de todo pero no les satisface nada; de aquellos que velan por el bien común de todos y de  los que sólo cuidan de sí mismos y su apariencia; de los que se creen más verdaderos, justos o buenos que los demás y de aquellos que se sienten muy necesitados del perdón de los demás y de Dios...

Si hoy deseamos el bien, pedimos la paz y el amor para éstos, a los que podemos incluso poner nombres y apellidos, sin olvidarnos de nosotros mismos, habremos hecho una obra buena. Pues quien pide, recibe, tarde o temprano. Y quien agradece, puede, con el tiempo, reconocer que todo es don. Así creceremos en esperanza y gratitud. ¿Quién dijo que rezar fuera inútil? Probemos a mirar ahora las necesidades humanas que nos transmiten los Medios de Comunicación, así, desde esta perspectiva, y toda la realidad será más positiva porque espera nuestro granito de arena para ser transformada. ¿Qué estamos esperando para trabajar, dar gracias y pedir por alguien en concreto, incluidos tú y yo?

lunes, 26 septiembre 2005

Mártires: Testigos de esperanza

Si a alguien se le ocurre mencionar la palabra mártir corre el riesgo de ser tachado de retrógrado, de fundamentalista, de radical, de exagerado, de victimismo, y muchas cosas más, que se afirman muchas veces sin atender a las razones que ha podido tener alguien alguna vez para entregar la vida -de forma forzosa la mayor parte de ellas- por no renunciar a lo que cree, espera y ama en su corazón. Nadie hoy quiere ser víctima, ni mártir ni héroe que ponga en juego su vida, familia, salud o patrimonio.

Etimológicamente martyros es testigo, quien es puesto a muerte por no renunciar a su fe o a sus principios cristianos. La Iglesia llama al día del martirio "dies natalis" por ser el día de su nacimiento al cielo. El modelo es Jesús: Juan 10, 17-18: "por eso me ama el Padre, porque doy mi vida.. nadie me la quita, yo la doy voluntariamente". Decía Tertuliano que "la sangre de los mártires se transformará en semilla de cristianos".

Puede sonar raro que se puedan dar hoy en día ese tipo de persecuciones o padecimientos por creencias y causas tan nobles. Más bien muchos se inclinan a pensar que, al contrario, a causa de la religión, se han visto muchas personas envueltas en guerras, odios y discriminaciones de todo tipo.

Sin embargo, el verdadero mártir de hoy en día existe, nos pese o no a todos. Ejemplos los hay a montones. El ama de casa, víctima del desigual reparto y flexibilidad de cargas laborales, y del machismo dominante, que tiene que lidiar cada día con hijos, trabajo propio y casero. El trabajador o trabajadora que tienen que aguantar las incomodidades de jefes, compañeros y clientes. Aquel o aquella inmigrante, que engañados por unos y otros busca en otro país lo que se le negó o no encontró bien en el suyo de origen: libertad, trabajo, paz, estabilidad, para ellos y sus familias. Y de todos, los que son verdaderamente mártires, no sólo víctimas, dan testimonio que la realidad es positiva, poniendo a todo buena cara, sufriendo y callando la mayor parte de las veces, aguantando en silencio que las cosas cambien, en base al esfuerzo de su trabajo y entrega diaria. 

El Martorologio romano es el catálogo de los santos y beatos (no solo mártires), honrados por la Iglesia Católica. Fue escrito en el siglo XVI y ha sido revisado frecuentemente. El nuevo Martirologio romano, que actualiza la edición del 1956, contienen 6.538, pero el número de santos y beatos incluidos es mayor ya que, junto a muchos nombres se añade: "y compañeros mártires". Está ordeando según los días del año e incluye el lugar y fecha de la muerte, el título (apóstol, mártir, confesor, etc.), el tipo de memoria litúrgica, la actividad que desarrollaron y algo de su espiritualidad.

Hay mártires, los más, anónimos, incluso viviendo al lado nuestro que sostienen con su ánimo, palabras y gestos de afecto las cargas, sufrimientos o preocupaciones de muchos. Cada día podemos recordar a alguno o alguna y su vida, su ejemplo, su presencia viva, su intercesión, nos pueden ayudar. Ellos son, fueron y serán, siempre, testigos de esperanza.

Quizá nos tengamos que preguntar porqué los motivos de antaño: honra, patria, rey,... Dios no parecen merecer hoy a nadie una entrega tan rendida y total de la propia vida. Y eso que el corazón humano por menos de todo no se entrega, es decir, no se da a menos que algo o alguien pueda enteramente llenarle y satisfacerle. ¿Y qué es lo que hoy puede hacer feliz al hombre y asegurarle su permanencia más allá de la muerte, más allá de la entrega de su vida? ¿por qué o quién hoy lo daríamos todo? ¿o nada ni nadie merece que nos desvivamos cada día?

lunes, 12 septiembre 2005

Que la suerte te acompañe

Hace unos días una niña pequeña me enseñó un colgante que llevaba en el cuello sobre el que le pregunté. Ella me dijo que era la suerte y que le acompañaba. Me extrañé de esa religiosidad tan bien asumida a tan temprana edad y buscando provocarla más la contradije respondiéndola que la suerte, en realidad, no existe. Ella, como es lógico, no quiso entrar por el aro. Le hablé que quizá hubiera una compañía, una suerte, mayor a la que ella podía agarrar con sus manitas, y sobre esa otra más grande y así más y más. Me observaba con los ojos muy abiertos. Y al cabo me preguntó si también ella la podía tener y llevar con ella para que la acompañase.

Tendemos a aferrarnos a los que nos da seguridad, llámese amuleto, ritual, rutina,... y queremos tenerlo al alcance de la mano. Volcar en ello toda nuestra confianza y seguridad hace que pase de ser un simple juego a ser todo un ídolo. Nuestro corazón está hecho para la totalidad del ser, para la sorpresa del gran regalo del amor, de la vida, y no para pasarlo entretenidamente jugando con el papelito que los puedan envolver. Nos importa más el beneficio, el regalo, el consuelo, la compañía,... más incluso que quién nos lo puede dar.

Queremos así controlar la suerte, el destino, los acontecimientos,... pero no queremos darnos cuenta que estamos dentro de un espacio y tiempo, de una vorágine que no atisbamos ni por asomo. No podemos crecer en conciencia ni en ser por mucho que nuestro autómovil nos ponga en un nivel más alto que la media, o porque nuestra cuenta corriente tenga muchos ceros a la derecha, o porque tengamos un coeficiente intelectual superior o nuestro físico produzca admiración, o porque creamos estar en posesión de la verdad,... Se crece en conciencia de la realidad cuando se afirma que el Ser existe porque actúa concretamente, y es Otro, y es un Acontecimiento, no una interpretación mía o un entretenimiento para teólogos, una deseo para sabios, una elucubración para filósofos o un objeto de contemplación para santos. Es mucho más sencillo: Es porque actúa. Y lo que nos corresponde a nosotros solamente es verificarlo en la realidad. Así madurará el juicio de nuestra razón y el deseo verdadero de nuestro ser y el afecto y entrega de nuestro corazón. Sólo así podremos nacer una y otra vez en la conciencia más profunda de la realidad y del Ser que la sostiene y en el que consiste todo.

Más que la suerte o la fuerza, que el verdadero Ser, Destino, Amor, Misericordia,... nos acompañen.

lunes, 22 agosto 2005

El milagro que somos

Cuando uno ve por los Medios de comunicación que casi todas las noticias son de sucesos, actos de violencia de unos contra otros, le puede dar por preguntarse: ¿soy de la misma especie que los violentos, que los asesinos y terroristas? Uno se resiste a creer que bajo la apariencia de personas normales se escondan mentes homicidas, por ejemplo. Incluso es asombro para quienes más les pueden querer y preocuparse por ellos, aunque quizá tarde: sus padres. Porque está en contra de la naturaleza humana, y quien atenta contra los demás se ataca a sí mismo, a su parte más real, positiva, verdadera y noble: su humanidad.

Estamos hechos para la realidad positiva, para el bien, pero no sólo para el nuestro, sino para el de todos. Por ser humanos somos seres sociales, no islas aparte unas de otras.

Si nos dejamos ganar por el individualismo, el egoísmo, la rabia, los nervios o el más puro instinto, nos vamos perdiendo como personas humanas y caemos más bajo incluso que los animales, aunque a algunos de nosotros les llamemos así por ser y comportarse con sus semejantes de forma bestial y no acorde con su naturaleza.

La vida se nos ha dado a todos para vivirla en paz y alegría, para aprovecharla con el objeto de desarrollar cada uno todas sus potencialidades al máximo.

No nos damos a nosotros mismos la vida. No elegimos cuándo venir aquí ni tampoco cuándo nos iremos. Nadie se muere la víspera. Ni nuestra vida ni nuestra salud está realmente en nuestras manos. Eso lo podemos verificar constantemente, cotidianamente. Quien más, quien menos sufre o ha sufrido algún tipo de enfermedad o accidente, no querido por nosotros en ningún caso, o sea, sobrevenido.

Podemos ser y crear para los demás, eso sí, pues de nosotros depende, un entorno humano, amistoso, amable, colaborador y solidario o bien uno opaco, cerrado, egoísta e incluso hostil. Podemos ser y representar para los demás un apoyo, una ayuda humana, real, estimable y concreta o todo lo contrario. Es nuestra responsabilidad aparecer y ser lobos o corderos. Elegimos ser gracia o desgracia para los demás. Nuestra buena o mala educación tienen mucha responsabilidad en los actos que posteriormente llevamos a cabo.

Pero incluso desde nuestra cuna, no somos tabla rasa, o por decirlo en lenguaje de hoy, no somos cinta de vídeo o disco compacto virgen. Venimos ya con una carga genética y con unas tendencias más o menos innatas para su desarrollo.

Parémonos un momento a reflexionar sobre el hecho de estar hoy, con nuestro yo concreto e irrepetible, viviendo aquí y ahora en las circunstancias reales que tenemos ahora mismo. Cada uno con su personalidad e historia específicas.

Cada día, igual que pasa en nosotros, se da esta historia humana, que por las prisas no somos del todo conscientes. Y es de lo más normal. Unos nacen, otros mueren. Unos vienen y otros se van, en una chabola, en una casa modesta, en un palacio, en un hospital. Para muchos, en el más absoluto de los misterios. Algunos se lo preguntan, incluso, si están un poco más maduros o despiertos: ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? ¿qué misión u objetivo me ha traído aquí? ¿qué habrá después? A otros les asusta hacerlo, o simplemente pasan de tantas complicaciones, piensan que eso son filosofías, que no tienen tiempo o ganas de afrontar las consecuencias a lo que las preguntas primeras y últimas apuntan, o a lo que las posibles respuestas les provocarían. Pero todos, todos, de una u otra manera, incluso sin preguntar ni respondernos, emitimos un pronunciamiento, un parecer, un planteamiento, con nuestra propia vida, con nuestros gestos y palabras.

Hay quien puede considerar su propia vida como un poco desastre, que muchas veces intenta que le salgan bien las cosas y pocas lo consigue, que continuamente se enfrenta con sus mismos problemas y fallos, sin lograr resolvernos ni crecer, madurar de una vez, aprender de la realidad, desarrollar mejor lo que pueden ser. Los hay que se sienten muy dependientes y los hay con una gran libertad, también interior. Pero, ¿quién ve su vida, y la existencia en general, como un milagro, como un don? A esos nos deberíamos adherir, pues son los que viven la clave de la felicidad. ¡Qué pocos son, por desgracia, los que viven todo lo que son y poseen con agradecimiento, como si todo lo hubieran recibido, que así es para su experiencia¡ Las personas sencillas ven cada circunstancia como provechosa, aunque en apariencia y en una primera impresión pueda no reconocerse así por la generalidad. El punto de vista sencillo no es el que hace ver la botella medio vacía como medio llena. No se trata sólo de un tono optimista, sino el de descubrir la propia verdad por el camino de la sencillez de corazón, redescubriendo con asombro lo poco que somos y la maravilla de la vida en nosotros y alrededor nuestro. Para ellos, los sencillos, los nobles, los limpios de corazón, sí, la vida es bella y merece la pena vivir el milagro que es y posee. ¿Qué esperamos para vivir así?

lunes, 15 agosto 2005

¡Qué tonterías!

Le pregunto a usted, sí a usted, ¿tiene la risa floja? ¿hace cuanto que no se ríe de sí mismo? ¿qué espera encontrar, tan serio, en esta columna? ¿le parece bonito que estemos todos esperando su buen humor para manifestarle el nuestro? ¿le parece interesante que pueda alguien hoy arrancarle una sonrisa, si no una carcajada, así sintiéndose a sus anchas, relajadamente?

Si está solo, permítame que le aconseje que comparta cuanto antes su sonrisa, su alegría, pues de lo que rebosa su corazón no solamente habla su boca, sino todo su cuerpo, a los demás, y les dice que es mejor reir que llorar, es mejor disfrutar que estar malhumorado, que es mejor perdonar y amar de verdad, que estar resentido con alguien, familiar, vecino, compañero de trabajo o quien sea .

En el caso de estar acompañado, mire la cara de la persona que tenga más cerca y dígame sinceramente si no desea lo mismo para ella.

Y usted se merece eso, y la otra persona también, simplemente porque estamos hechos para ser felices, no estamos aquí para amargarnos la vida, sino para divertirnos. Eso sí, no a costa de las desgracias ajenas o de la burla sobre lo que nos demás valoran.

Usted tiene recursos, en principio, suficientes, para pasar hoy un rato agradable en compañía de los que quiere y aprecia, junto con aquellos a los que se ha propuesto caer simpático. No les defraude,  pues en su rostro verá reflejado el humor del suyo propio de alguna manera.

La mayor parte de las tareas y los problemas que va a afrontar hoy, seguro que los resuelve mejor y de forma más constructiva con un cierto grado de humor.

Quizá este pequeño artículo tenga una pequeña culpa, si recuerda hoy la importancia del buen humor en su vida, en hacerle cambiar un poco su forma de considerar las situaciones del día. Habría de pensar en algo sencillamente gracioso que pueda asociar fácilmente. Déjese llevar por el corazón buscando el lado más amable y positivo de la realidad.

Si le toca un limón haga con él una limonada.  Y no se olvide de añadirle azúcar. O incluso un protector gástrico, si anda algo delicado del estómago.

Y lo de mirarse al espejo de su realidad más cierta también habría de practicarlo varias veces al día, para relativizar un poco sus agobios, sus pesares, sus preocupaciones. Bueno, ya sabemos que eso de reírse de sí mismo quizá cuesta un poco, pero merece la pena descubrirse a sí mismo sin vergüenza de ningún tipo, sincerándose y diciéndose: ¡hay que ver la de tonterías por las que me preocupo!

¡Si viviéramos con más sentido del humor, sin tanta prisa, con más tiempo para nosotros, para escuchar a los demás, para cuidar de nuestra familia, seríamos sin duda más felices! ¿Lo intentamos juntos?

lunes, 08 agosto 2005

¿Y si no hubiéramos nacido?

Damos por sabidas y conquistadas muchas circunstancias y conocimientos, sin reparar en su sentido y origen. La vida, por ejemplo es uno de esos datos de los que muchísimas veces no consideramos todos sus factores y preguntas que suscita. La realidad es que estamos aquí, existimos, es obvio, pero ¿cómo?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿hacia dónde camina o se orienta mi vida?, ¿por qué merece la pena vivir?,… ¿en serio que creemos saberlo? ¿estamos seguros? ¿tenemos pruebas, experiencia, de aquello que decimos saber o creer?

Si para nuestros padres, y hoy en día también, en algunos casos, para un juez, incluso para una clínica de fertilidad, para quien fuera, hubiéramos sido sólo un pequeño óvulo fecundado que podría no ser “conveniente” su implantación en un útero, y no se hubiera llegado a desarrollar como persona humana, como somos usted y yo, hasta hoy, ni podía haber escrito esto yo y ni usted leerlo. Fíjese la cantidad de palabras, gestos y relaciones que hasta ahora se habría ahorrado la humanidad sin tenernos a nosotros, a usted y a mí.

Bien, pues esto multiplíquelo por todos los abortos, eufemísticamente llamados “interrupciones de la gestación”, naturales y voluntarias, que ha habido hasta ahora. ¡Qué pérdida humana tan grande!

No teníamos necesariamente que nacer, para la humanidad entera no éramos totalmente imprescindibles y, sin embargo, nacimos. Estamos aquí. Formamos parte de esta historia común, se nos apuntó en un registro, se nos puso un número de identificación y sin nosotros ya nada es lo mismo, por mucho que nos insista nadie. Fue y es la vida una aventura maravillosa.

Unos pensarán en plan determinista que sí, que forzosamente habíamos de llegar a esta tierra de la forma y en el tiempo que lo hicimos. Yo les preguntaría porqué.

Otros quizá lo dejarán todo al azar, e incluso dirán que no es tan importante haber llegado aquí o a cualquier otro lugar o en otro tiempo, o de otra forma.

A éstos últimos les preguntaría, también a los otros, y a los que se creen muy seguros de tener la vida en sus manos, de su propiedad ¿y si no hubiéramos nacido? Que casi es lo mismo que preguntarse ¿qué es lo que hace que usted y yo vivamos, que seamos nosotros y no otros los que hayamos venido a la vida, a esta tierra, concretas, y no otras bajo quizá otras formas o dimensiones? ¿podíamos haber sido creados como otros animales (incluso en extinción), o como ángeles, o plantas, o animales, o minerales, o gases, …? ¿hay algo o alguien del que dependa o asegure el origen de la vida, su consistencia y viabilidad, la forma concreta de existencia y de transmisión de la misma a través de células fecundantes y fecundables,…?

Saquemos conclusiones según las respuestas razonablemente posibles: decir que el origen de la vida es el azar no es cierto, pues a una pregunta ontológica responderíamos con una metodología. La pregunta es un qué o un quién y respondemos con un cómo, lo cual no se corresponde. ¿Hay un señor del azar?

Si el origen de la vida lo ciframos precisamente en una realidad presente, algo o alguien, ésta podría ser la causa primera de la existencia, y parece que aceptándola todo encaja. Es decir, podíamos haber nacido o no, pero nacimos porque alguien lo quiso. Y esa voluntad podía ser incluso no sólo automática, sino interesada en llamarnos a la vida, de forma particular, a nosotros dirigida, precisamente a usted y a mí.

Para quien cree en un autor de la vida, personal e increado, la explicación de la existencia es mucho más sencilla y sin tantos rodeos, y ante la vida uno puede ser consciente y agradecido su corazón al mismo tiempo. Los niños y los ya ancianos saben muy bien de eso, porque en ellos están muy despierto este profundo deseo y curiosidad por la vida y lo que nos depara.

La pregunta ¿y si no hubiéramos nacido? podríamos entonces transformarla en esta otra: Ahora que sabemos que estamos vivos, que somos conscientes de ello, ¿a quién vamos a agradecérselo entregando nuestra vida, nuestro tiempo y energías, para seguir la cadena? ¿merece la pena desvivirse por alguien?

Miremos alrededor y descubrámoslo juntos: familia, amigos, trabajo, necesidades sociales,… seguro que hay alguien que espera nuestra palabra, nuestro gesto, nuestras actitudes amables,…y humanas.

miércoles, 27 julio 2005

¿Qué vale tu vida?

Hace unos días fui con mi familia a una tienda de animales. Había varios perros de distintas razas a cual más elegante y una sola urna con gatos domésticos y muy corrientes: 300 euros los ejemplares de perro más barato y 30 euros los de los mininos mínimo. Pensé luego que también habría gatos muy valorados tipo persa, angora, siamés,… Pero sobre todo me fijé en el hecho de que a esos animales se les ponía precio. Nos hemos acostumbrado a ello y quizá no caemos en la cuenta de lo que implica poner precio a la vida, aunque sea a animales.
Vivir nos cuesta, cada vez más, pues hemos de atender una serie de necesidades y las que no son tanto para que nosotros y nuestras familias estén a gusto, cómodas, si podemos, si el sueldo y los gastos varios en los que nos metemos nos lo permiten. Al menos asegurarnos un nivel de vida digno y estable, ése es el objetivo. Hasta la misma adopción de niños es costosa, cuando unos padres no pueden o no quieren pasar por el trance del parto. Dejar esta vida también cuesta económicamente una cifra no menospreciable.
Pero poner precio a la vida no implica realmente valorarla adecuadamente. No somos objetos o animales que deban o puedan ponerse en venta. Somos sujetos de derechos y deberes y el principal de todos ellos es el respeto y la dignidad de la vida humana. Sin este derecho-deber todos los demás se caen por su propio peso. Con la vida no se puede jugar ni disponer de cualquier manera sin sufrir tarde o pronto las consecuencias. Todo atentado contra la vida, contra la naturaleza, contra la vida del hombre y la mujer, siendo éste o ésta no nacido, niño o niña, adolescente, adulto o anciano, es un atentado contra uno mismo. Cuando lo que se pone en juego es el respeto, el valor y la dignidad de la vida humana se juega con toda la humanidad.
¿Qué vale tu vida? ¿Es cuantificable económicamente? ¿Te consideras con más valor que los demás? ¿para quién? Tu vida vale tanto como tu dignidad al vivirla. No hay que esperar a la muerte para despedirse dignamente. Hay que hacerlo ya, si no tu vida no es digna y nadie, empezando por ti la valorará adecuadamente.
Terri Schiavo, Karol Wojtyla, tus abuelos o los enfermos de tu familia o los de tu pariente o amigo más cercano, esas y otras vidas, la de cualquier ser humano que tengas más a mano, por ejemplo, tú mismo, no valdrían nada si no hubiera alguien o algo que les diera un sentido, una dignidad, un peso, una consistencia,…. ¿por qué  piensas que valen sus vidas más o menos que la tuya? Vive, vivamos, y deja, dejemos, vivir.