domingo, 26 febrero 2006
Quédate con nosotros
Tengo un librito en el que a cada día del año dedica un trocito del Evangelio. Cada día leo el que toca y no me lleva más de treinta segundos. Se lo recomiendo a todo el mundo, creyentes y no creyentes, practicantes y no practicantes, por la sabiduría que contiene, sabiduría humana, sana, constructiva.
Alguien puede pensar que en tal recomendación me mueva una “sana intención” de empujar. Pues no, porque a nadie le gusta que le empujen y automáticamente se pone a la contra. Para “empujar hacia Cristo” está la oración, que muy buenos resultados está dando.
Le habré dado al libro más de ocho vueltas, es decir, leído y releído durante ocho años por lo menos y todavía me sorprende con nuevos pensamientos que brotan de esas palabras escritas hace dos mil años. Es como una fuente inagotable que me lleva a nuevas reflexiones, a nuevos pensamientos... Me lleva espontáneamente a repetir una y otra vez: “¡Si eso es lo que está pasando ahora en nuestros días!”.
Hoy tocaba el trocito de los discípulos que iban a Emaús. Trocito archiconocido para detenerse, para hacer un alto en el camino; archiprofundo para absorberlo todo. Leía con normalidad hasta llegar al momento de la separación, en que los dos caminantes, los que habían dejado Jerusalén totalmente desilusionados, ahora con el corazón ardiente por las aclaraciones del desconocido peregrino, le piden: “Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída”.
Atardece y el día va de caída, pronto la oscuridad se extenderá por el llano y nos envolverá. Quedé en silencio, con la mirada al vacío o, si lo prefieren, a la línea del horizonte, esa línea que para el hombre es inalcanzable, que cuando vamos hacia ella se nos escapa un poco más allá. Con la mirada puesta a la línea del horizonte veía como el “día va de caída” en el Viejo Continente arrastrado por la paulatina y progresiva pérdida de valores, precisamente los valores que lo llevaron a tener su propia identidad, que lo fortalecieron, lo educaron y lo lanzaron al mundo entero.
No voy a enumerar los males que llevan a Occidente a su propia destrucción, pues cada uno ya tiene una lista preconfeccionada. No, no es esta mi intención, sino recordar las palabras del viejo Simeón con el Niño en sus brazos: “Luz para alumbrar a las naciones”. Hoy, más que nunca, el “quédate con nosotros” son palabras que las tenemos que hacer actuales y en presente: “Quédate con nosotros, necesitamos recuperar las virtudes antes de que anochezca del todo, quédate, necesitamos que levantes el ánimo a ‘estos caminantes desilusionados’. Sin ilusión no hay vida, y sin vida no hay futuro”.
Y estas palabras también son válidas para los creyentes y no creyentes, para los practicantes y no practicantes, porque en la recuperación de valores y virtudes entramos todos.
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jueves, 23 febrero 2006
SI ALGÚN DÍA CREYERA...
Por Enrique Calicó Bosch
Me encontraba con Mr. Choi en el restaurante atalaya del edificio más alto de Seúl, por aquel entonces, el más alto de Asia y orgullo de la ciudad. Desde mi silla al lado de la ventana dominaba gran parte de la capital con el río que la circunda. Mr. Choi me iba mostrando los elementos más importantes del entorno. El tráfico en los monumentales puentes, desde aquella altura, se distinguía como un conglomerado de lentas hormiguitas y la luz de las farolas, de un tono amarillento y rodeadas de cierta nebulosa, nos hacían descubrir las direcciones de las vías principales inmersas en un porcentaje alto de humedad. Un verdadero espectáculo.
Mr. Choi es un coreano de Pusan --ciudad industrial del sur y puerto de tráfico internacional--, todo un señor y un caballero, siempre bien trajeado y correcto, educado en el trato y honesto en los negocios. Su cultura, muy superior a la media, le permite mantener una conversación agradable en las horas de esparcimiento, con lo que cenar con dicha persona es un placer. Podía hablar, y preguntar, con él de muy diversos temas y a pesar de que aquella era la enésima vez que nos reuníamos –cada año nos dedicábamos un día entero por lo menos—nunca se agotaban los temas.
Aquella noche la conversación nos llevó a algo insólito para hombres de negocio. Seúl y las demás ciudades de Corea del Sur, cuando se pone el sol y la oscuridad avanza, se llena de cruces rojas, grandes cruces que aparecen encima de algunas azoteas, repartidas por los barrios de la ciudad.
“¿Lo ve?, –me dijo, señalándolas—son capillas cristianas”.
Yo ya sabía de qué iba, pero le dejé hablar. “Soy agnóstico y no creo, pero si algún día creyera, éstos, a mí no me convencerían”. Curiosa afirmación, pensé, y no me contuve: “¿Por qué?” Me miró, se sonrió y con toda confianza me soltó: “Porque estas capillas las tienen montadas como negocio, como una tienda del barrio. Tienen su clientela, siempre la misma y de ella viven el pastor y su familia. Si algún día el pastor se ausenta, ese domingo la clientela no va a la capilla ni procura ir al oficio de la del barrio vecino”. Se tomó un respiro sin que desapareciera su agradable y sincera sonrisa, para seguir. De repente se pone serio: “en cambio… en cambio admiro a los católicos…” se para otra vez al verme sorprendido pues no sabía que pensar. “Sí, los católicos no tienen una preferencia única para su barrio, para ellos, todas las iglesias tienen un mismo valor, si no pueden ir a una, van a otra, si están de viaje, no se quedan sin el oficio religioso pues van a la iglesia de allí donde estén…” –yo pensaba que aquello tenía poca consistencia y que no era motivo de tal admiración ya que él no podía tener un conocimiento aproximado del sacrificio de la misa y yo era incapaz de hacer una catequesis efectiva—y como aquél que habla a un amigo de infancia, continúa: “pero esto no es lo más importante… --se acompañaba con las manos cuyos gestos eran suaves y francos—lo más importante es que el dinero que recogen lo utilizan para hacer hospitales y escuelas. Hay mujeres que no se casan para cuidar a los enfermos, recoger a los pobres y hacer comedores… ¡Estoy seguro, si algún día creo, creo que seré católico!”
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lunes, 20 febrero 2006
Con la verdad por delante
Por Enrique Calicó Bosch
Existe una costumbre muy arraigada entre cazadores y pescadores, y también entre buscadores de setas, decir a los preguntones un lugar diferente del que es cuando quieren saber dónde se han conseguido esos trofeos que se lucen, si los hay, al regresar a casa. Nadie quiere divulgar el lugar o rincón preferido al que se llega a creer propio y como si fuera “mi coto privado”. En realidad es una mentirijilla inútil, pues el que pregunta bien se sabe que no le van a poner en bandeja los conocimientos adquiridos en años de práctica.
Y esto viene porque en cierto momento me llamó por teléfono un colega competidor, de esos que están pendientes de hacia dónde vas para intentar pasar delante.
Después de los saludos de rigor acompañados del mutuo interés por las situaciones respectivas, pasó inmediatamente al asunto que le movía: “¿Exponéis en esa feria nueva?”.
Por mi mente pasó rápido todo lo que sabía concerniente a esa feria que iba a abrir las puertas por primera vez. Habíamos quedado con mis compañeros de dirección no asistir por muchas razones. La feria se anunciaba como monográfica y a nivel nacional, pero tenía todas las trazas de ser muy local. El esfuerzo en darla a conocer así lo demostraba. La experiencia que teníamos de un tipo así de feria era perder el tiempo, pues las visitas eran nulas y precipitadas. No se quedaban a programar un pedido de temporada y se limitaban a ver cuatro novedades, marcar la visita e inmediatamente desaparecían para dar un vistazo a los demás expositores. Por otro lado, una serie de pequeños competidores se instalaban a nuestro alrededor a fin de sacar provecho de nuestro poder de convocatoria. Por si todo esto fuera poco, coincidía con el inicio de nuestra campaña de ventas y exponer nos obligaba asistir con el equipo de venta, lo cual nos haría retrasar una semana.
La pregunta de mi competidor era tan clara que no daba lugar a dudas: “si vais, voy”. Podía decirle que sí y embarcarlo en algo que no le permitiría salir al mismo tiempo que nuestros hombres, detenido en espera de unos clientes que nosotros no íbamos a convocar. La tentación de tal mentira la tenía delante, a flor de boca, pero no, no le mentí, le dije que no iríamos y le aconsejé que no perdiera el tiempo dándole las razones oportunas.
Mi querido competidor escuchó mis palabras, agradeció mis consejos, pero a la hora de la verdad no me hizo caso. Alquiló un stand, expuso sus productos y retuvo sus agentes de venta allí, inmovilizados casi una semana. La feria fue un éxito de público local, gente particular nada interesada en nuestro tipo de producto, curiosos, tocones y con muchas preguntas, pero visitas de verdaderos clientes, clientes profesionales, no llegaban ni a los dedos de la mano, que saludaron, dieron una ojeada a las muestras y se despidieron con estas palabras: “Ya pasaréis”.
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lunes, 12 diciembre 2005
NO CAMBIES
Por Enrique Calicó
Hace unos días he tenido un pequeño altercado con mi esposa. Nada serio, tonterías, como siempre. ¡Los dos teníamos razón! ¿Es posible? Bueno, yo, desde mi punto de vista, ¡naturalmente que la tenía!Ella, se lo miraba de otra manera, desde otro ángulo, y aunque no lo sacó a relucir, estaba convencida de que ésta le asistía plenamente sin duda alguna.
Si bien la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, eso no es indicativo de que sea la vía más rápida. Y así nos podemos encontrar que la opinión de uno se contraponga a la del otro. Sencillo como la vida misma: “Esto que haces, si lo hicieras de esa otra manera ahorrarías tiempo y...” ¡Ah, amigo! Resulta que siempre lo ha hecho a su manera y lo tiene por la mano, y defender su punto de vista puede traer una breve discusión.
Tenemos la inmensa suerte –yo diría Providencia o designio de Dios al ponernos a los dos en el mismo camino hacía un mismo fin, una misma meta que alcanzar --pues sí, tenemos el mismo sentido de la vida, la misma estructura de valores. En las cosas verdaderamente importantes, estamos completamente de acuerdo, pero esto no quita un montón de diferencias en el carácter y en la forma de ser.
Al principio de nuestro matrimonio, no necesité reflexionar mucho para caer en la cuenta que dos personas distintas, física y mentalmente, educadas en diferentes hogares –aunque la base espiritual y de valores pueda ser de un mismo origen– dejan dos ambientes, es decir, sus respectivos hogares, para crear uno, sólo uno, nuevo y eterno.
Uno significa producto de una verdadera unión. Teníamos que esforzarnos mutuamente para llegar a ser “una sola carne”.
Aquellas reflexiones y el día a día me llevaron a escribir, hace años, “el matrimonio no es ese césped perfecto en que uno ha soñado”. No, no lo es, y el que se lo crea, se engaña a sí mismo. Leía en el “Canto del Pájaro” (de Anthony de Mello) que había un señor desesperado porque en el césped de su jardín tenía una plaga de “dientes de león”. Miró por todos los medios de combatirla, consultando a doquier. Un día recibió un consejo: “Aprenda a amarlos”. Y el césped se le convirtió en un maravilloso jardín lleno de flores amarillas.
Después del altercado del otro día, quedé reflexionando: “Treinta y seis años y no ha cambiado. Seguirán más y no cambiará... y yo cada día la querré más, así, tal como es”.
Y mirándolo bien, al final ella tenía razón.
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jueves, 27 octubre 2005
SENCILLEZ Y DISPONIBILIDAD
Por Enrique Calicó
Me encontraba sentado en una cómoda butaca en el despacho episcopal. Frente a mí, en otra butaca similar destinada a las visitas, se encontraba el Cardenal Ricardo Mª Carles, por aquel entonces Arzobispo de Barcelona, los dos solos, frente a frente, él, con toda su dignidad de Príncipe de la Iglesia. Era una mañana cualquiera de octubre de dos mil tres.
¡Qué atrevimiento! ¿Qué hacía allí yo, uno de tantos de los fieles de su diócesis?
Ante mi solicitud de “si sería posible” se me había dado día y hora, y allí estaba. No tuve que esperar, llegado el momento se abrió la puerta del despacho y me recibió él personalmente. Su atenta secretaria desapareció y se cerró la puerta tras de mí. Unas breves palabras de salutación y acogida, mostrarme el mencionado asiento y él tomar el otro, justo frente a mí.
No tardó un instante en mirarme cariñosamente y soltarme: “¿Nos tuteamos?”
Aquellas palabras mágicas produjeron su efecto, me tranquilizaron a pesar de la sorpresa que en mí produjeron. La verdad es que no estaba tenso, pero me tranquilizaron. Recuerdo como le contesté, con todo mi afecto, siempre le he tratado con mucho afecto y respeto, pero en aquellos momentos más, si cabe, sentía que era mi pastor y yo uno de su rebaño: “Sí, por favor, pero yo no podré”. Y así fue.
Abordé directamente el tema que me había llevado a pedirle audiencia, pensando que serían de unos cinco a un máximo de diez minutos: “Verá, he escrito un libro sobre mis experiencias como catequista...”
Si tengo que ser sincero, estaba convencido de que cogería aquel original que le mostraba y lo pasaría a su secretario, éste a su ayudante para terminar, con mucha suerte, al seminarista becario de turno. Pues no, cogió el original y empezó a leer: “A mi esposa María Rosa, cuyos años de constante catequista me contagiaron en silencio”. Después de esta dedicatoria se sumergió en la introducción. A la primera anécdota repitió en voz alta: “Yo lo que quiero saber es quién me ha empujado”. Y siguió leyendo con algún comentario de vez en cuando. De pronto deja de leer para enfrascarnos en un diálogo distendido:
”Así que tu esposa era catequista... y ‘¿quién te empujó?’...” Naturalmente los dos sabíamos de sobra que era el Espíritu Santo.
Hablamos de mi familia, de la suya, de sus antepasados. Un bisabuelo fue capitán de barco y hacía la ruta de Valencia a Nueva York en un velero, a mitad del siglo XIX. Ambas familias eran importadores marítimos.
Se notaba que estaba a gusto hablando y escuchando, de nuestras familias y de los respectivos negocios familiares que si bien eran diferentes tenían algo en común, el mar y la importación.
A la media hora sonó un aviso. Sonriendo me dice: “No le hagas caso”. Y como si fuéramos compañeros de estudios que hace años que no se ven, nos pasó una hora entera. Seguramente tendría compromisos y problemas serios de verdad, pero en aquellos sesenta minutos había rejuvenecido.
. —Pues, sí, con gusto te haré el prólogo... ¿cuáles son esos capítulos que me has recomendado leer?”-- Sabía que no podía leer más que un par de capítulos, a pesar de ser un contumaz lector. Le recomendé los que creía tener más gancho y especialmente el último, el de las reflexiones finales bajo el nombre de “Un saquito de oro”.
A los quince días recibía por correo el original junto al prólogo, sellado y firmado de su puño y letra. Era su forma y estilo, y por el contenido se veía clarísimo que, si no todo, había leído buena parte del libro.
Al cabo de cierto tiempo, un amigo me preguntó cómo me había atrevido a ir a ver al señor Cardenal y pedirle que hiciera el prólogo.
.--Mira, me animó hacerlo porque en cierta ocasión en que yo le mandé una carta felicitándole (creo que era para Pascua de Resurrección), dándole gracias por su constante labor en nuestra diócesis y manifestando nuestro cariño y apoyo, que éramos muchos los que estábamos a su lado y le queríamos, me llamó personalmente para agradecérnoslo (a María Rosa y a mí). Llamó primero a Barcelona y al no encontrarnos mi hijo le dio el teléfono de nuestra casa de verano y a pesar de recibir cientos de cartas de adhesión a su persona, insistió hasta encontrarme. Fue una sorpresa enorme para mí y se me escapó: “¡Señor Cardenal, con el trabajo que usted tiene!” y ¿sabes que me contestó?, tal cual: “El trabajo del obispo es cuidar de sus fieles”.
Ya lo ves, querido amigo, nuestro querido señor Cardenal, tan criticado y calumniado en tantos periódicos (no todos) es una persona sencilla y accesible. A las personas no las debemos valorar ni por el rango ni por los galones ni el número de estrellas, sino por su entrega y servicio, por su disponibilidad y sobre todo por su sencillez.
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