lunes, 27 febrero 2006
¿SIN NORTE?
Por Fernando López Luengos
“¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado una esponja para borrar el horizonte? ¿No nos caemos sin cesar hacia delante, hacia atrás, de lado, en todos sentidos? ¿No vamos errantes como por una nada, una nada infinita? (Nietzsche: El gay saber,§ 125). Muchos hay que han resuelto como Nietzsche, ignorar toda referencia objetiva de nuestra ética. Pero muy pocos, poquísimos, han sido capaces como él de comprender el alcance de este gesto.
La realidad es tozuda y, a pesar de que nuestra sociedad se caracteriza por intentar imponer dogmáticamente el relativismo, curiosamente casi nadie se cuestiona valores esenciales: un niño merece ser amado por sí mismo, no por su forma de ser; el amor a un padre merece cualquier sacrificio; y no digamos si se trata de manifestarse contra la maldad de una guerra (aunque al mismo tiempo se ignoren las más de treinta restantes que hay en el mundo). Vivimos en una esquizofrenia moral.
Parecemos Quijotes invertidos que salen luchando contra los valores del pasado como si de gigantes monstruosos se tratase. Mientras que en su lucidez, la persona del ingenioso hidalgo, vive una realidad muy diversa, basada en el realismo… En nuestro caso: vivimos aceptando ciertos valores objetivos.
Hasta el año 1972 la homosexualidad era considerada un trastorno por el DSM (el manual diagnóstico psiquiátrico de mayor prestigio) pero en la segunda edición se decidió eliminarlo. Sin embargo, cuando se estaba preparando la nueva versión, un sondeo independiente hecho entre psiquiatras americanos mostraba que la mayoría continuaba considerando la homosexualidad una alteración (H. L. LIEF, Sexual Survey n.º 4: current thinking on homosexuality, Medical Aspects of Human Sexuality, 11 [1977] 110-111). A pesar de esa ambigüedad, en nuestro país pensar que la unión de dos homosexuales no debe ser llamada matrimonio, parece un delito. Hemos pasado de criminalizar la homosexualidad a intentar criminalizar lo contrario: considerarla como algo que no corresponde con la naturaleza humana. El error de base entiendo que trasciende una cuestión meramente política, aunque se haya generado por meros intereses de poder. En el fondo se trata de responder a una sociedad que camina errante en convicciones morales. Hemos perdido el Norte y creemos que cualquier norte lleva a puerto: la moralidad anterior se pervirtió cuando de manera irracional sentenciaba: “una cosa es buena sólo por el hecho de ser mandada”. Pero la alternativa de la sociedad sin rumbo es monstruosa: “una cosa es buena por el hecho de ser decidida”, ignorando aquellos aspectos de la realidad que no interesan.
Se puede interpretar lo que se quiera pero, de hecho, la homosexualidad (aunque no es un trastorno para todos los psiquiatras) sí es, en cambio, consecuencia de un trastorno en la formación de la identidad del adolescente. No es por tanto lícito obligarme a considerar la unión homosexual un matrimonio. Y esto no desdice nada el afecto sincero que tengo a algún amigo homosexual. ¡Qué estupidez!
¿Por qué no intentamos descubrir unos principios morales que armonicen plenamente mi libertad creativa con las exigencias irrenunciables de mi corazón?
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lunes, 23 mayo 2005
SOBRE EL RESENTIMIENTO EN LO RELIGIOSO
Por Fernando López
España también es hija de una época, y ha experimentado por ello los cambios que tan profundamente han afectado a nuestra civilización. Pero en nuestra sorprendente originalidad tan pronto hemos progresado en valores humanos como retrocedido en cuestiones ya superadas. Esto es lo que está sucediendo con el traído y llevado laicismo. Que el poder civil no deba imponer una confesionalidad (ni una moral) determinada es algo que ya hace tiempo está aceptado con naturalidad no sólo en la Iglesia (que ya antes del Concilio Vaticano II lo había dejado muy claro), sino en la misma sociedad civil. Pero que, a cambio, se intente rechazar sistemáticamente cualquier forma pública de expresión del hecho religioso, es algo que nos retrotrae a un pasado decimonónico, o, al menos, a los países del telón de acero que, por lo demás, no fueron sino residuos de aquellos idealismos románticos de la izquierda hegeliana. El problema no se limita a una incoherencia ideológica: no se puede imponer la confesionalidad agnóstica, en nombre de una falsa “aconfesionalidad”. Sino que parece más bien expresión de algo más profundo. Buena parte del anticlericalismo que vemos hoy no se puede explicar como una simple denuncia de los errores o incongruencias supuestamente cometidos por los creyentes, sino que más bien indican un odio visceral que se ha grabado a fuego en los entresijos de la consciencia.En un certero análisis sobre el resentimiento, Scheler explica que éste es una actitud psíquica permanente, que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos. El resentimiento brota desde la consciencia de la propia impotencia que refrena la expresión de odio (El resentimiento en la moral, ed. Caparrós, p. 20). La cuestión que habría que plantear sería entonces: ¿de dónde procede esta impotencia? Creo que no es difícil percibir una sospechosa coincidencia entre el “creyente” que afirma el hecho religioso desde una mera convicción ideológica y el no creyente cuando más que una convicción madura afirma una posición que refleja un problema mal resuelto en la adolescencia. No hay más que ver la concepción absolutamente infantil de la religión que tienen la mayor parte de nuestros compatriotas. Como decía más arriba, el resentimiento brota del odio de la impotencia. Y en nuestro país el resentimiento hacia lo religioso parece proceder de esa impotencia por enfrentarse con honestidad al mundo de lo invisible. ¿Pero cómo van a mirar lo invisible si muchos de los que se dicen “creyentes” no transmiten una verdadera experiencia de Dios? Tal vez sea ésta la solución a tantos resentimientos de impotentes frustrados: indagar con seriedad, con sinceridad la posibilidad de una realidad que es más grande que mis ideas, más grande que mis temores, más grande que mis impotencias ¿o acaso no intuimos su preludio cuando experimentamos el amor?
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