viernes, 03 marzo 2006
EMBRIONES DISCRIMINADOS
Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Poner fronteras implica dos cosas: que lo que se encuentra a un lado de la frontera es distinto de lo que se encuentra al otro lado (o, por lo menos, que así lo pensamos, queremos e “imponemos”); y que esa distinción de “realidades” lleva consigo algunas diferencias de comportamientos y, en ocasiones, fuertes discriminaciones.
Curiosamente, en el mundo actual se está presentando un nuevo tipo de discriminaciones, establecidas con frialdad por algunos científicos (mejor, pseudocientíficos) y grupos de poder, cuando distinguen entre fetos y embriones, o entre embriones y “preembriones”. Fijémonos en esta última palabra, que ha sido introducida y promovida desde 1984 por un grupo de estudiosos británicos (los que dieron lugar al “informe Warnock”) con fines claramente discriminatorios y con una muy pobre base científica.
¿Qué es un “preembrión”? El término fue creado para designar al individuo de la especie humana (o, por extensión, de las demás especies) en el periodo de desarrollo que va desde la fecundación del óvulo hasta la formación del inicio de lo que será el sistema nervioso (lo que los biólogos llaman la “línea primitiva”). En palabras más llanas, lo que tú y yo fuimos desde el momento de la concepción hasta el día 14º de nuestra existencia, cuando todo era una aventura apasionante de lucha veloz por aumentar el número de células y por prepararnos al “enganche” en el útero de nuestras madres para seguir luego las siguientes etapas de desarrollo. La aventura del vivir, de todos modos, sigue siendo apasionante también después del día 14, y después de nacer, y mañana y pasado y dentro de 10 años, si nadie acaba con nosotros.
La palabra “preembrión” es, en realidad, una invención bastante arbitraria, pues la biología ya había notado que se daban distintas etapas de desarrollo en el embrión (estado de zigoto, de mórula, de blástula, etc.), sin tener que añadir un nuevo término para “complicar” más lo que ya era algo complejo. Además, si se habla de “preembrión humano” se muestra un claro interés en subrayar que falta en tal “cosa” la individualidad necesaria para considerarlo un ser plenamente humano, cuando esto significa saber muy poco de lo que ya conocemos desde hace más de 40 años: que, desde el momento de la concepción, se elabora una nueva información genética y una serie de actividades metabólicas específicas que implican la existencia de un ser totalmente singular, único, en la historia de la humanidad.
El “preembrión” corre el riesgo de convertirse, según algunos de los defensores del término, en una especie de “pre-hombre” o, si se prefiere, en un “sub-hombre”. Es decir, yo, tú, todos, nacimos de algo no humano que se encontraba en el interior de nuestras madres, y que un día, misteriosamente, se convirtió en “hombre”. Esto es tan absurdo como si, ante un ecologista que se quejase de que estamos comiendo huevos de avestruz, nosotros le contestásemos, que, si todavía tal huevo no hubiese iniciado a desarrollar la “línea primitiva”, no se trataría entonces de un huevo de avestruz, sino de un huevo de pre-avestruz, así que no estaríamos poniendo en peligro la supervivencia de esta especie...
La noción de preembrión está unida a discriminaciones prácticas y legales, en especial en no pocas clínicas de reproducción artificial. Hay leyes, por ejemplo, que sólo protegen a los embriones, pero permiten experimentar, congelar e incluso eliminar a los preembriones. Esto implica ir contra la protección que todo ser humano merece, pero con fórmulas tan sutiles que, al final, nos quieren hacer pensar que el preembrión no es uno de nuestra especie, o que sólo es un conjunto confuso y caótico de células subhumanas.
La inventora de la noción “preembrión”, Anne McLaren, tuvo que reconocer que se trataba de un acuerdo convencional, es decir, de un término que permitía a los investigadores el experimentar (muchas veces, si es que no siempre, el experimento termina con la destrucción del preembrión) con seres humanos. Por desgracia, la frontera del día 14 ya no satisface a muchos, pues ahora se quieren realizar experimentos sobre embriones (¡ya gozan de ese nombre después del temible día 14!) de 29 ó 30 días. Quizá pronto se invente un nuevo término para esos embriones, o se diga que el preembrión continúa siendo preembrión hasta el día número 30, 35, 40...
Es verdad que la simple afirmación científica, somos hombres desde la fecundación, no es suficiente para garantizar la seguridad ni los derechos de nadie. Tampoco estoy seguro de no ser asesinado por un loco aunque tenga 40 años y músculos de boxeador profesional. Decir que tú y yo somos hombres, de todos modos, ya es mucho. Negar que sean plenamente hombres otros seres humanos, por tener menos células, por no haber nacido, por haber nacido con un color u otro, o por tener más o menos dinero, es establecer una discriminación tan grave que deja abierta las puertas a todo tipo de injusticias y de crímenes.
Hitler no terminó en 1945. La tentación totalitaria sigue viva en algunos hombres y mujeres que quieren controlar y discriminar a los débiles, los más pequeños (los que sólo tienen pocos días de vida en el seno de sus madres o en la probeta de un laboratorio) o los de otras razas o naciones. A ella podemos responder con el amor humanitario: defender a cualquier hombre o mujer y ofrecerles nuestro amor y solidaridad. Así podremos iniciar una civilización sin fronteras, una cultura de la justicia, de la paz y del amor, como la que nos ha permitido vivir a ti y a mí, y la que permitirá la vida de todos los que vengan después de nosotros, si somos capaces de amar.
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jueves, 02 marzo 2006
¿HOMICIDIO DE EMBRIONES?
Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
Algunos piensan que el embrión no es un ser humano digno de respeto. Por lo mismo, eliminar embriones nunca podría ser considerado como un “homicidio”.
Afirmar lo anterior es posible si se establece una clara distinción entre distintos tipos de seres humanos. Unos serían “simples embriones”, pequeños y manipulables con facilidad y sin ninguna responsabilidad ética ni jurídica. Otros serían fetos, con un tamaño mayor y eliminables de modo más difícil, a través de operaciones complejas (no carentes de peligros para las madres) y, en algunos casos, bajo ciertas responsabilidades éticas y jurídicas. Otros serían niños recién nacidos, etc.
Pero si pensamos así dejamos de lado los progresos de la biología durante los últimos 200 años, los cuales han mostrado que el proceso de la vida humana inicia con la fecundación y avanza a través de distintas etapas en las que no se producen “cambios sustanciales”, sino nuevas situaciones vitales con más posibilidades hasta una cierta edad, y con menos cuando inician procesos degenerativos.
Es cierto que, en el mundo medieval, se creía o pensaba que el embrión no tenía alma plenamente humana, no era hombre en sentido pleno. Pero eso era debido a que la embriología antigua dependía en mucho de Aristóteles, para quien se daban cambios sustanciales en las distintas etapas de desarrollo intrauterino.
En cambio, defender en la actualidad que el embrión es un ser humano “inferior” y que no merece protección alguna es volver a mentalidades del pasado basadas en prejuicios de tipo ideológico o según intereses más o menos reprobables, contra los datos de la moderna biología. Aunque algunos científicos, deseosos de emplear embriones en sus experimentos, nos digan lo contrario.
Por lo mismo, cualquier “uso” (mejor sería decir, cualquier “abuso”) de embriones que implique daño en sus vidas necesita ser calificado con la palabra adecuada para estos casos: “homicidio”. Porque al destruir un embrión destruimos una vida humana.
La justicia nos dice que “todos” tenemos los mismos derechos. Nuestra Constitución, que no “crea” derechos sino que debe reconocer aquellos derechos que preceden a las leyes, lo confirma claramente: “todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral” (artículo 15). Todos, sin distinciones de tamaño. Aunque parezcan tan pequeños como un embrión que es (lo saben muy bien las madres) un hijo precisamente porque es ya un ser humano.
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lunes, 27 febrero 2006
Clonación: ¿terapéutica o reproductiva?
Por Fernando Pascual
Casi todos están de acuerdo sobre este punto: hay que prohibir la clonación reproductiva de seres humanos. Pero, ¿habría que prohibir “también” o “incluso” la clonación terapéutica? Ante esta segunda pregunta, hay una enorme división de opiniones. La polémica está abierta desde hace años y ahora llega a España a raíz de la ley que está para ser discutida en el Congreso.
La pregunta sobre la licitud de la clonación terapéutica a veces se planta de modo muy confuso, si es que no llega a poner las cosas al revés. Tal y como se presenta en algunos ambientes (con las palabras “también” o “incluso” que transcribimos antes), uno puede pensar que la clonación reproductiva es más mala y la terapéutica menos.
En realidad, es mucho más grave “fabricar” un ser humano destinado al desguace (clonación terapéutica) que “fabricarlo” y dejarlo nacer (clonación reproductiva). En otras palabras: crear un ser humano por clonación siempre está mal, pues nadie puede imponer una identidad genética a otro ser humano. Crear un ser humano por clonación para que luego sea usado por los laboratorios, sea despedazado para “beneficiar” a otros (eso es la clonación terapéutica), es algo mucho más grave y más injusto.
Necesitamos abrir los ojos para darnos cuenta de que algo anda mal en algunos políticos y en algunos laboratorios. No podemos quedarnos tranquilos si algunas personas del mundo de la política y de la ciencia permiten la clonación terapéutica, algo mucho más grave que la clonación reproductiva.
Hay que reaccionar con un profundo amor al hombre, desde el primer momento de su concepción. Un amor al hombre que debe convertirse en el punto central para cualquier sistema de derecho que se base en un mínimo de justicia. No podemos ver con tranquilidad el que pronto algunos embriones clonados puedan ser “construidos” y luego usados como si fuesen seres humanos menos dignos de respeto que los demás seres humanos. Nadie puede ser reducido a un objeto, a servir como material de laboratorio, para el “progreso” de la ciencia.
Si algún día un laboratorio llegase a clonar a un miembro de nuestra especie humana, lo mínimo que podemos hacer por él es defender su vida y permitirle un nacimiento digno. Por el respeto que merece y por la dignidad y la ética que deberían poseer todos los científicos y los hombres de bien que quieren defender la vida de cada uno de los miembros de la familia humana.
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viernes, 24 febrero 2006
ROMPER EL ESPEJISMO MODERNISTA
Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
El fenómeno del espejismo se ha dado, se da y se dará, porque el hombre es fácilmente engañable, porque basta muy poco para sumergirle en ilusiones vanas.
Hay espejismos en el desierto, en los llanos, en la carretera. Hay espejismos en el mundo de las ideas, de los libros y de la tele. Por eso es fácil escuchar a intelectuales o pensadores que declaran como “verdades” sus espejismos. Nos dicen que ha llegado el fin de la metafísica, que Dios ha muerto, que la Iglesia tiene los años contados, que la fe se esfumará en un mundo cada vez más “maduro”. Creen que lo que dicen es así: absoluto, cierto, incontestable. Viven felices en su espejismo de certezas sin fundamento.
Cuando uno mira hacia otros lados es posible superar el engaño del espejismo modernista. Basta con visitar miles de familias de todas las clases sociales que buscan conocer y amar más a Dios, que leen la Biblia, que se esfuerzan por vivir la caridad.
El espejismo modernista no es capaz de percibir nada de eso. Se contenta con dar un certificado de “verdad” a lo que ojos y corazones miran siempre de una manera distorsionada. Quien lee habitualmente ciertos periódicos o ciertos libros de autores que cantan las glorias del mundo sin Dios; quien cita a intelectuales que dicen lo mismo que uno piensa, como si 100, 200 ó 2000 personas aupadas y aclamadas por algunos poderosos reflejasen la realidad de la cultura “moderna”; quien se encastilla en su afirmación reiterada de que no vale nada el testimonio de millones de personas que rezan y que buscan al Dios que nos ha hablado en Jesucristo y que vive en la Iglesia... Quien así se cierra a la verdad, seguirá convencido de que lo “moderno” (su “modernidad”) ha triunfado y ha arrojado a Dios lejos de nuestra tierra herida.
Mientras algunos pensadores se autoexaltan y se autofelicitan por su victoria y por el fin de la fe y de la esperanza cristiana, una madre explica a su hijo la historia de un Niño que era Dios y que nos habló del Padre. Le dirá que las estrellas son suspiros de Dios y que las golondrinas danzan de alegría por el don de una vida originada desde el Amor infinito de un Padre bueno.
Esa madre explicará a su hijo que hay personas que tienen el alma un poco oscura porque creen haberlo comprendido todo con sus computadoras y sus palabras llenas de vanidad y vacías de cariño. Le invitará a rezar por esos corazones. Los dos juntos pedirán para que un día los “modernos” se hagan como niños y rompan sus espejismos de omnipotencia. Para que descubran la belleza y la armonía de un mundo que nos habla, en cada esquina, en cada flor, en cada linfocito y en cada pupila humana, de la bondad de un Dios que es Padre cariñoso y amante de la vida...
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