viernes, 03 junio 2005

SADAM EN CALZONCILLOS O LA DIGNIDAD HUMANA

Por Ignacio Monar

“Ganar la guerra no es ganar la paz”, leo en la obra “¿Qué es la democracia?” de Sartori. Y, a continuación, puedo ver en los periódicos la constatación de esta meridiana verdad, cuando se publican las fotos del ex dictador iraquí Sadam Hussein en en la cárcel donde se encuentra.
 La dignidad del hombre, esa es la cuestión. Esta ha sido la gran aportación de Europa a la historia de la humanidad, una conquista lenta con terribles retrocesos. ¿Qué pasará por las mentes de los iraquíes que ven en sus destartalados televisores las fotos de Sadam en calzoncillos? ¿Cuál es la fuerza moral, la autoridad, de nuestra civilización? En mi opinión, radica, precisamente, en la capacidad de no olvidar en ningún momento que no “hay nada de lo humano” que nos sea ajeno. Ni siquiera el destino de un hombre que fue durante tantos años un gobernante despiadado y megalomaniaco.
Respetar al que está en la cárcel, romper con la dinámica de la ley del Talión, negarse a aplicar la justicia sin las suficientes garantías… El Derecho Penal ha sido una de las grandes aportaciones de esta idea, pero el conocimiento de sus avatares nos recuerda que hay que estar siempre muy vigilantes. A mitad del S. XIX, juristas tan renombrados como Bravo Murillo o Seijas Lozano discutían sobre si el reo debía ir al patíbulo con hopa negra o amarilla, o si tenía que ir montado en caballería o en carro, con motivo de la reforma del Código Civil. Y, en 1963 se suprimió el artículo donde se castigaba al marido –o al padre respecto de sus hijas- a la pena de destierro a otra localidad en en caso de haber asesinado a la adúltera. Hasta esa fecha se consideraba que había un cierto derecho a matar a la mujer sorprendida en adulterio. De vez en cuando nos escandaliza descubrir legislaciones en países árabes donde  normas de cariz similar siguen vigentes. Queda mucho por hacer y es muy fácil volver hacia atrás.
Europa es portadora de la civilización y en ella se han desarrollado progresivamente los valores que constituyen la base del humanismo: igualdad de los seres humanos, respeto a la razón. No son palabras mías: pertenecen al preámbulo de la Constitución Europea (esa que quizás no se termine de aprobar). Es probable que domine en ellas más voluntarismo que realidad: son los hechos los que valen, no las intenciones. Los habitantes de la mitad del mundo tiene derecho a preguntarse dónde están esas raíces espirituales y culturales que nos distinguen; seamos fieles a ellas y no admitamos que el odio se las lleve.
Por el camino que vamos, es evidente, no ganaremos la paz.         

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jueves, 05 mayo 2005

UN PAPA ALEMAN EN AUSCHWITZ

Por Ignacio Monar

Es muy probable que Benedicto XVI visite Polonia pronto, pues parece obligado tras el fallecimiento del anterior pontífice. Es un deber de justicia.  Esto puede dar lugar a una excepcional circunstancia: veremos a un Papa alemán en  el campo de exterminio de Auschwitz. Será una imagen histórica de gran trascendencia. Y – no creo equivocarme- , es posible que se reabra la polémica sobre la actuación de la Iglesia Católica con ocasión del Holocausto. Adelanto mi opinión al respecto: En primer lugar, el sufrimiento de tantos hombres no puede utilizarse como arma arrojadiza. En segundo, todos somos hijos, herederos y responsables de ese sufrimiento. En tercero, para Ratzinger será un gesto valiente y comprometido, pues se presta a interpretaciones dramáticas.
Auschwitz es el símbolo de un infierno poliédrico. La política genocida nazi ocasionó la muerte de alrededor de seis millones de judíos europeos; en torno a tres millones de soviéticos, miembros del ejército ruso; tres millones de católicos polacos. Serbios, gitanos, alemanes por razones políticas, homosexuales, testigos de Jehová… No es sencillo entender aquello. Leí hace poco la excelente obra de Laurence Rees “Auschwitz. Los nazis y la solución final” y uno descubre en ella matices que están muy lejos de la plana versión que se nos ha contado. En definitiva: simplificar lo ocurrido es volver a matar un poco la memoria de  los que padecieron aquel horror. Y Auschwitz (con todo lo que significa) debe ser un signo de paz y de reconciliación para el mundo; recordemos Auschwitz no para embrutecer la verdad, sino para iluminar la justicia. Detrás del aberrante nazismo había una interpretación maniquea del mundo al servicio de los peores intereses. No caigamos en el mismo error identificando a Alemania con el “nazismo” o a la Iglesia Católica con un “silencio cobarde”. Hemos de ser fieles a los hechos: Obispo Graf von Halen, prisionero en Sachsenhausen; Padre Lichtenberg, muerto en Dacha; Padre Kolbe; Edith Stein; etc… alemanes y católicos…y también víctimas. Pero ¿hubo católicos cómplices? Sin duda. ¿Católicos culpables? Sí, los hubo. El deber honesto del cristiano es ser servidor de la verdad. Aunque la verdad implique encontrarnos con fantasmas no queridos. La humanidad no avanzará por un recto camino si olvida Auschwitz; tampoco lo hará si utiliza el dolor de Auschwitz como un permanente – e injusto-  “ajuste de cuentas”. La visita de un Papa alemán a Auschwitz puede ayudar a cerrar una permanente herida que se cierne sobre la conciencia de Europa. Si el odio o los intereses propagandísticos nos impiden entender esta oportunidad histórica entonces la lógica de los verdugos habría ganado.

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viernes, 18 febrero 2005

CARI, O EL UNIVERSO ENTERO

Por Ignacio Monar

Un martes, mediados del frío Febrero, enterramos a Cari en un pueblecito de Toledo. Una triste ocasión, porque Cari tenía solo seis años y era una niña buena y alegre. Y enterrar a una niña es algo que no debería pasarnos. Ahora lo sé, lamentablemente.
No hacía un mes que, por una de esas negras casualidades, había tenido que acudir a casa del tío Luis, pues era el miembro de la familia que más cerca estaba de él aquel domingo, tras la llamada angustiada de la tía Pilar. Y cuando subí a su piso, rodeado de una extraña cohorte de vecinas entre asustadas y curiosas, sentado en el sillón me encontré con el rostro ceruleo de Luis, que, a sus sesenta y dos años, se había muerto en la tarde melancólica dominical. Sonaba El tirachinas en su radio todavía. Tuve que hacer un esfuerzo por no escuchar si el Madrid metía algún gol.
Encontrarme con las tareas necesarias que marca la muerte de un ser querido fue una especie de iniciación; un instante de madurez repentina que uno no quisiera tener. Pero que está teñido de la inevitabilidad del momento, de la lógica de la vida: el joven ha de hacerse cargo del anciano.
Ah. Pero este tener que acompañar a los padres de Cari en un momento como ese…Eso es tan distinto…
Supe de la muerte de Cari el día anterior. Salía de clase de Ética y habíamos representado una adaptación de “Calígula” de Albert Camus. Calígula le explica a Helicón la razón de su extraña ausencia: “Quería la luna”. Helicón le contesta: “¿Para qué?” Y cínicamente contesta: “Bueno…es una de las cosas que no tengo”. Pero La Luna representa para Calígula algo bien distinto: representa “Lo imposible”: “Si yo hubiera conseguido la luna, si bastara el amor, todo habría cambiado. - exclama Calígula en la escena final- …bastaría que lo imposible exista. ¡lo imposible!”
Aquel imposible era para nosotros – profesor y alumnos- una realidad bien sencilla: era Cari. Había sido Cari tres años antes, cuando, una prima suya, Elena, nos había contado que Cari padecía una extraña enfermedad, un Síndrome llamado de Niemann Pick, que sólo tenían unas decenas de niños en España. Y que esa enfermedad no tenía cura, y que, como afectaba a tan pocos, no se dedicaban medios suficientes para investigar. Y nos propusimos  este “imposible”: juntar dinero para ofrecérselo a la Fundación Niemann Pick, fundada por los padres y familiares de los afectados, en el esperanzado intento de encontrar un remedio a este temible mal. Y curar a Cari.
Pero, ay, ese lunes –justamente cuando tres años más tarde la dramatización de la obra de Camus nos recordaba aquella promesa- la noticia de la muerte de Cari llegó por los pasillos del Instituto.
¿Cómo puedo expresaros las razones del corazón en ese momento?
Recuerdo las palabras bellísimas que el padre de Ahron Karmi, judío del gueto de Varsovia, le dijo aquel día que consiguió sacarle, por un hueco del tren de ganado que le llevaba a Treblinka. El hijo no quería abandonarle, pero su padre le convenció con esta verdad tumbativa: “¡Vete! Porque si logro salvarte es como si hubiera salvado un universo entero”
Un universo entero, Cari.

Cómo nos duele el alma, Cari. No hemos podido salvarte.

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