miércoles, 22 febrero 2006

El corazón, primer juez

¿Quién ha dicho que sentir, y todo lo que procede del corazón, es poco razonable? ¿Quién se atreve a afirmar hoy que no usa la razón cuando siente?
Poder dar razón de algo, ya es una manera de ser razonable. Nuestros sentimientos los expresamos y podemos explicarlos.
Es razonable también quien se adecúa a ciertos parámetros, límites esperados. Ni la razón ni los sentimientos discurren del todo a su libre arbitrio, sin ningún sentido.
Se dice: pienso, luego existo. Si pienso es porque puedo hacerlo, tengo una estructura orgánica que tiene una función que me lo permite. ¿Dónde está la estructura que me permite sentir? ¿con qué siento? ¿con el corazón? ¿por qué usar de un término tan ambiguo, en apariencia?
Hay una manera de pensar sensible y una de sentir razonable. Esto puede sonar a algo de "inteligencia emocional". Si existo porque pienso, también porque siento, sé que vivo. Se puede existir sin vivir plenamente, de verdad. Tendemos a pensar contando con el corazón y sentir con razones, más que nada para no dejar nada fuera, ningún aspecto de la realidad. Pasamos por la realidad muchas veces, en muchos instantes sin convivir adecuadamente con el misterio que somos y con el Otro más grande al que tendemos. No sólo la razón pide buscar la Verdad, también el corazón busca la plenitud de ser, de expresión. Si llevamos nuestra razón a su extremo nos habremos de topar con el máximo de intersubjetividad, de objetividad, es decir, con la Verdad, no con su sucedáneo: la "certeza" consensuada. Y si llevamos nuestro sentimiento, nuestra capacidad afectiva a su plena expresión habríamos de encontrarnos con el Amor, no con un pacto egoísta o de altruísmo recíproco a gusto de cierto lenguaje psicológico.
En la práctica, sin embargo, utilizamos mucho la palabra “corazón” en sentido metafórico y simbólico, queriendo expresar humanidad, integridad,…
Cuando digo que “tengo corazón”, “pongo el corazón”,.. no sólo me refiero a afectos, sentimientos y emociones, sino a algo mucho más grande y global, lo mejor de mí, que lo ofrezco, que lo muestro, aunque sea menos aislable e identificable que una neurona.
Por tanto, en ese sentido, el uso del corazón, es mostrar lo mejor de mí, el centro que es capaz de unificar mi yo, sin dejar escapar ni uno sólo siquiera de los múltiples factores y dimensiones que me constituyen.
Si tomo sólo corazón en sentido estricto, como músculo de movimiento involuntario que hace circular la sangre por el organismo, movido por impulsos nerviosos, esto es, por el cerebro, no me puede valer del todo como centro y origen de afectos y sentimientos, pues habría siempre una prevalencia de la razón sobre el afecto. Y aquí ya entraríamos en las disquisiciones neuronales sobre partes más lógicas y más “libres” o emocionales repartidas en hemisferios cerebrales, y su predominio probable en determinadas situaciones de unas sobre otras.
Ahí nos equivocamos, porque tanto el sentimiento como la razón humanas son previsibles hasta cierto punto. Ni la Psicología ni la Filosofía ni la Medicina han llegado a aclararnos del todo el mapa total y profundo del razonar humano, menos de su sentir.
El corazón es el meollo, el centro, el lugar desde donde puedo medir o evaluar correspondencias con lo real, con los demás. Es mi primer juez desde donde debo confrontarlo y juzgarlo todo en primera instancia. Si dudo de algo, he de escuchar a mi corazón, ¿qué es lo que verdaderamente deseo? ¿qué es lo que realmente necesito? Porque no se trata de la voz de una conciencia a modo de “pepito grillo”, externa, tampoco de una especie de “super yo”, sino de mi yo profundo más auténtico.
El más mínimo pensamiento tiende a ese ideal que es la Verdad y el más pequeño de los deseos del corazón, de los afectos lleva en sí la tendencia al Amor. Si los últimos extremos de esas pequeñas ideas y quereres nuestros no son icompatibles, ¿por qué nos afanamos entonces tantas veces en decir que lo que conocemos está desligado de lo que sentimos? ¿Acaso el Amor no es la más grande de las verdades? ¿no es la Verdad la encarnación más auténtica de un profundo y sincero amor a la realidad?
Nuestro corazón, ya lo decía san Agustín, andará siempre inquieto hasta que no descanse en su destino: el Amor. Y eso no es evitable.

martes, 14 febrero 2006

Vivir como si fuéramos hermanos

Respecto a la crisis o conflicto de estos días, a escala internacional ya, que parece enfrentar a las democracias europeas contra la fe islámica, política occidental contra religión de oriente medio, decía hace unos días el arzobispo de Rabat, Monseñor Vicent Landel, en un editorial digital: “¡Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano! / ¡Y si el otro se convirtiera realmente en mi hermano!  / ¿No es esta la cuestión que hay que plantearse ante el debate que circula en los medios?...”. Y es que esto no es nuevo: Gandhi (”Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”), Martin Luther King (“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.”),...
            La verdadera raíz del problema no es política ni religiosa, sino una falta de respeto al otro, por su persona, crea o no en lo que sea. Falta de respeto y de perdón. Y exceso de violencia, de rabia, de reírse de todo y estar por encima de los demás. Por tanto, no es honrado echar la culpa de todo a la religión, que unos sean o no fanáticos y otros corruptos.
            Me pregunto: ¿qué diferencia real hay en insultar, atacar, bombardear,… con “razón” y ley o sin ellas? ¿para quién? ¿no es la guerra una locura? ¿acaso hay guerras justas?
            Esto no es una confrontación de videojuego para ver a quién le toca pegar saliendo inmunes. Eso puede ser peligroso porque es muy real. Se está dando ya entre los más jóvenes una escuela de violencia que se moviliza a todas partes. ¿Cómo parar este odio creciente?
            Endiosar la razón, la ley, la libertad,… quizá puede haber contribuido al vacío de sentido de la vida, y al resentimiento religioso. Pero sin apego a la verdad no hay libertad auténtica. Y la verdad está en relación con el respeto y estima del otro. Lo mismo pasa con la ley, que cae frente a la victoria de la violencia, sea bruta o “civilizada”, por mucha coacción policial o diplomática que se ejerza. Hay en nosotros algo todavía que, afortunadamente, se rebela y denuncia, desde el Derecho natural y positivo, los atentados a la libertad de expresión religiosa y política. No sólo porque lo diga Benedicto XVI, y en nuestro país, con defensa legal por parte del Centro Jurídico Tomás Moro, frente a burlas, por ejemplo, de la crucifixión de Jesucristo por parte de Carod, Krahe y Bassi, entre otros.
            ¿Seguiremos siendo enemigos o nos convenceremos algún día que es mejor para todos sentirnos y ser semejantes, vecinos, compañeros, … hermanos? Tenemos un ejemplo en la primera palabra de quien, frente a quienes querían matarle por motivos religiosos y políticos, dijo desde la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Perdonémosnos, todos.

lunes, 30 enero 2006

Sin perdón, no hay amor que valga

Quien ha gustado y saboreado el amor de verdad, ha tenido también experiencia de su propia debilidad, limitación y falta de correspondencia. Y, a la vez, la satisfacción de su necesidad real de ser abrazado, mimado, mirado… e incluso perdonado, como nunca antes por nadie.

No me detengo en los mal llamados “amores platónicos”, de ensoñaciones, ni de series televisivas, ni en los no completos o faltos de complementariedad auténtica. 

A quien vive el “jamón de pata negra” en el amor no le valen sucedáneos ni sustitutos.

Porque hay amor y apegos, como hay sentimiento y sentimentalismos, necesidad real y deseos superfluos… Es importante distinguir la piedra vulgar de la preciosa. La Vida es “la joya de la corona” del Amor, como la Verdad procede de la Fe, y la Certeza de la Esperanza. No se trata de crear o inventar élites, o guetos, de puros, sino definir y pronunciarse a favor de la verdad para no engañarnos ni confundirnos, para no utilizarnos ni hacernos chantajes ni mercancías unos de otros. Sobre todo, para no adulterar el amor, de verdad, ni sus efectos: la vida, la verdad, la libertad, la paz,.. Porque si la semilla no es auténtica, tampoco el fruto lo será.

Si persigo un amor que valga de verdad y me llene, como a todos, como a aquellos de los que me gustaría aprender a vivir, busco lo que me une con los demás en todo, lo que tengo en común con todos: la capacidad de amar y de ser amado, en serio. 

Cuando el corazón ha sido educado en el verdadero amor todo se vive mejor, serenamente, en paz auténtica. Y mi corazón, todo en mí, pide vivir hasta el fondo el amor de verdad, no de forma ñoña, cursi ni artificial, sino total, abierta a la vida, a la fecundidad, a los dones y frutos del mismo, al otro (es decir, al tú, no al “otro yo”), y no de forma simbiótica sino complementaria, que me realice integral y verdaderamente, por lo que esté dispuesto a arriesgar todo y toda mi vida,… Busco algo que realmente merezca mi búsqueda y esfuerzo.

Me pregunto: ¿qué es el amor y como vivirlo cada día? ¿cómo ser aquello mismo que quiero vivir? Si vivo el amor paciente, servicial, sin envidia, sin hacer alarde, sin envanecerme, sin proceder con bajeza, sin buscar mi propio interés lo primero de todo, sin irritarme a la mínima, sin tener más en cuenta el mal recibido como el bien muchas veces inesperado e inmerecido, sin alegrarme de injusticias o desgracias ajenas, sino regocijándome con la verdad, el bien y la belleza. Con ese amor, puedo ser capaz de disculparlo, creerlo, esperarlo y soportarlo todo.

Al final de nuestras vidas, en un juicio de misericordia, se nos examinará por la calidad del amor con que hayamos vivido. La prueba de fuego es el perdón, sin él no hay amor que valga.

lunes, 09 enero 2006

¿Adónde iremos?

No es del todo una “gracieta tendenciosa” que hace un tiempo podíamos preguntarnos dónde vamos a ir, y que ahora, más bien, habríamos de cuestionarnos adónde nos están llevando.
Que nuestro destino, salud y prosperidad no está totalmente en nuestras manos es cierto. Pero tampoco lo está del todo en quienes nos gobiernan o mandan. La autoridad y el dictamen de la misma influyen en gran medida en el bienestar o malestar del colectivo mandado, de forma más o menos sincera o hipócrita, justa o injusta, agradable o no tanto.
Que no se permita fumar donde uno quiera puede llevar a pensar que estamos, como oí a una buena señora hace poco, en un “estado policial”.
Buenos humos los podemos desear para todos, en este nuevo año, para los que fuman y para los que no, para los que respetan a sus semejantes y para los que les cuesta más.
Pedimos más libertad, hacer, decir e ir donde nos plazca. A la vez podríamos parar un momento y ver si en el ejercicio de la nuestra estamos perjudicando la de los que están al lado nuestro. No sólo eso: si busco el bien del otro, ése también podría hacer lo mismo y juntos podríamos vivir un poco mejor.
Si mi destino de felicidad y paz aparentemente no me lo da nada ni nadie, ni yo a mí mismo, lo que puedo hacer es ver si es cierto, y preguntarme, como los Reyes Magos, qué hacer, y pedir una señal o “estrella”. Busco mi libertad, la verdad y el mayor bien de mi humanidad, mi paz y me parece no encontrarlos del todo. Pero sigo deseando buscar porque el corazón así me lo pide. ¿De qué me vale ganar todo el mundo si pierdo el alma, la vida, lo mejor que soy?
Dos frases nos pueden hacer pensar: “¿Adónde iremos, Señor, si sólo tú tienes palabras de vida eterna? (san Pedro). Y, la respuesta, clara: “Venid a mí todos...” (Jesucristo).
La “Fundación Kolbe”, nos ha dejado este mensaje publicitario: “Si le haces caso, este niño (Jesús) no te dejará dormir tranquilo. Este niño te va a complicar la vida: ayudar a los pobres, compartir, amar desinteresadamente… hazle caso y verás todo lo que recibes a cambio.”
 “Venid a mí” es una llamada a ir a Jesús en nuestra vida e historia personal y colectiva.
Como Reyes Magos, diarios, desde el 11 de febrero del año pasado, adoramos a  Jesucristo las 24 horas, en la Capilla Arzobispal de la Inmaculada en Toledo, unos cuatrocientos sesenta voluntarios. También en Cancelada, de Estepona (Málaga); en la parroquia de la Encarnación del Señor (Madrid); en la Capilla de San Onofre (centro de Sevilla, frente a la Plaza Nueva);… Y, siempre, en los corazones de los que van a Él y le aman. ¿Adónde iremos mejor si no?

lunes, 26 diciembre 2005

La vida nace para tí

Estamos distraídos, sin reaccionar, frente a lo sencillo, lo cotidiano, lo evidente, a lo dado ya por sabido y conocido. La vida pasa. Nosotros también. ¿Todo sigue igual?

¿Ha pensado si sabe lo que le depara la vida de aquí a unos instantes? ¿podría ser una novedad? ¿Estamos abiertos a lo imprevisto? ¿hasta dónde prever y acertar nuestro futuro?

Un domingo estábamos, mi mujer y yo, esperando a nuestras hijas pequeñas que salieran de catequesis, cuando un sacerdote franciscano, Vicente, nos comenta que buscando recursos para el grupo de niños se topó en internet con una definición curiosa, original, más o menos “trucada”, de la Navidad, de Nativitas, Nati-vita-te: “la vida nace para tí” , o “en tí”, que viene a ser casi lo mismo. Dicen que san Francisco inventó eso de los belenes, así que aún sorprendidos, decidimos hacerle caso. ¡Qué curioso que algo tan sencillo fuera tan sorprendente!. ¿Podemos nacer de nuevo cada día, o hacer como si todo fuera nuevo cada día?. ¿Qué nos dice nuestra experiencia? ¿por qué y cómo me levanto cada día de la cama? ¿por qué y para qué trabajo cada día? ¿No estamos, por lo general, muy dormidos?

La llamada de la realidad viva dice que toda belleza, verdad y bien remiten más allá, pero me pilla muchas veces “sin cobertura” o “sin batería”. ¿Dónde puedo oír: “la vida nace para tí”?

Una muchacha de unos 15 ó 16 años, María, de Nazaret, hace ya unos dos mil se sorprendió mucho al recibir el saludo de un ángel, destinándola a ser madre de la Vida. No se durmió “en los laureles”, dijo que sí. Ahí el origen de la vida comunicada: la Palabra y su aceptación. Sólo por este hecho, podemos celebrar hoy la Navidad. Y puedo hacer experiencia del mismo.

Si voy a la raíz de la realidad, con mi corazón (mis afectos más reales), mi mente (mis razones más verdaderas), mis vísceras (mis deseos más perdurables),... no puedo más que encontrarme con el sentido de todo, la explicación de todo, el nacimiento constante de mi vida, la consistencia de todo lo que tengo, entiendo, quiero, puedo,... soy. Descubro la vida en mí.

“La vida nace para mí”, o “en mí”. Esto lo podemos repetir varias veces al día, pero ¿nos lo acabamos de creer?. No como un slogan insulso, sino como oportunidad y tarea siempre real. ¡Cuidado si aceptamos! Empezará una gran renovación: en nosotros y alrededor. Todo se irá transformando si damos más protagonismo a la vida: “2006 nace para mí” , “mi familia hoy nace para mí, en mí”. Tú, que estás hoy a mi lado, te llames como te llames, vengas de donde vengas, seas como seas,... hoy has nacido para mí, en mí. Por eso, tu vida me importa.

Para tí, estas palabras, que intentaron transmitir algo de vida, han nacido para tí, en ti, hoy.

lunes, 05 diciembre 2005

¿Podemos mejorar nuestra expresión?

Pienso que mejorar la forma de expresión no significa perder ni un ápice de libertad en la misma. A través del diálogo, incluso con los contrarios, precisamente con ellos, siempre que haya respeto y paz por medio, sin ofender, puede lograrse todo o casi todo resolverse.
No se trata de un pensamiento “Alicia” en que todo es posible, como dice Gustavo Bueno.
Pensemos que el ambiente crispado, que en distintas instancias estamos viviendo, que no podemos ignorar ni eludir, puede transformarse. No de cualquier manera, sino de la mejor.
Echar la culpa a los elementos, y factores externos, es lo más fácil en vez de buscar en uno mismo aquello que podemos cambiar. Cambiando el corazón del hombre se cambia la sociedad. Esto es un hecho contrastable, verificable. ¿O le parece una simple opinión?
Es curioso ver, especialmente en estas fechas, cómo nos esforzamos en ambientar nuestras casas, calles, comercios,…  cada uno por mil y una razones distintas. ¿Qué sentido tiene?
Sin embargo, en el adorno que toca al corazón, al cambio que debiéramos hacer para acoger mejor, para aceptar las diferencias, para perdonar incluso, para ver en nosotros la pequeña o gran parte de responsabilidad de aquello mismo que criticamos, … cuesta mucho. O eso nos parece. Porque  “donde las dan las toman”, “si los demás lo hacen por qué yo no”, si los demás atacan, roban, mienten, manipulan,… porqué íbamos a ser nosotros menos o mejores.
Cuesta pensar que somos nosotros los primeros que debemos cuidar nuestra forma de ser y expresarnos hacia los demás. Cuesta porque compromete o nos podemos sentir tontos.
No podemos confiar solamente nuestra identidad personal y la mejor expresión de la misma a la Constitución y las leyes, porque hoy en día la educación, la familia, los conflictos laborales, los Medios,… nos exigen una respuesta mucho más personal, justa y solidaria, no uniforme.
Si existe un mínimo de ética, de corresponsabilidad por el bien común, mi juicio habrá cambiado a mejor. En vez de ver maldad en alguien podré ver ocasiones, situaciones, para llenarlas con el poco o mucho bien que pueda hacer yo, aquí y ahora. Mi forma de expresión se habrá positivizado algo, puesto que intentaré ver, en todo y en todos, aquello que nos hace crecer, madurar, desarrollarnos plenamente como personas y no como posibles enemigos.
No me refiero a un cambio radical sino gradual. Hoy puedo poner la guirnalda de mi sonrisa, mañana la bola de color brillante de mi claridad, pasado quizá la estrella de un gesto de paz,… porque no se trata de pretender ser más bueno o más listo que nadie, sino de superarnos a nosotros mismos, intentando ser y expresarnos un poco mejor cada día. Merece la pena.

lunes, 28 noviembre 2005

El valor de la insignia de Lech Walesa

El fin de semana del 18 pasado tuve la ocasión de asistir, junto con otros 10.000 participantes (muchos de ellos por internet), al VII Congreso “Católicos y vida pública” que organizó la Fundación Universitaria San Pablo-CEU, en Madrid, con el lema “Llamados a la libertad”.

En dicho Congreso se trataron muchos temas relacionados con la libertad en distintas sesiones o conferencias: libertad y verdad, conquista de la libertad, las esclavitudes de hoy, libertad y tiranía mediática, libertad de conciencia en el espacio público, los nuevos ídolos del igualitarismo, libertad de mercado y globalización solidaria, sociedad civil y democracia,…

Lech Walesa, señaló en su intervención, “La lucha por la libertad en nuestro tiempo”, que trabajó 25 años como obrero manual, 10 años como presidente del sindicato Solidaridad y cinco como presidente de un Estado, y que es “indispensable para el desarrollo del mundo de hoy” que la actual generación “pase del pensamiento nacional y continental al pensamiento global”. Un ejemplo de esta necesidad es la ecología ya que, si no la globalizamos no vamos a llegar al fin del milenio. Para sobrevivir tendremos que ser globales. Dos tareas importantes para la construcción de Europa: igualar los niveles de desarrollo y planificar la construcción europea siendo conscientes de nuestras diferencias, “porque Dios nos ha creado a todos diferentes”. Reivindicó la “importancia de los valores” y señaló que, si los ciudadanos de hoy sólo siguen el camino del dinero y del bienestar y dejan de lado los valores, las cosas van a ir mal. Dijo: “merece la pena trabajar por los valores”. En esta línea propuso que situemos nuestros valores por encima del sistema económico y sindical y añadió: ”hay que educar al hombre en conciencia. Hay que alabar lo bueno y castigar lo malo”. También señaló que “hay que poner en marcha los talentos y dedicarlos al servicio de la sociedad”. Recordó los ingredientes que a él le dieron fuerzas en su comienzo: su fe en Dios y fe en lo que él hacía.

El premio Nobel de la Paz realizó un breve recorrido histórico sobre los últimos años de la vida de Polonia, destacando que “sólo la fe y la iglesia nos permitió sobrevivir durante 120 años”. Se centró en el efecto de la visita que Juan Pablo II hizo a su país natal, comunista, al año de ser nombrado Papa. Destacó que sus palabras: “No tengáis miedo”, hicieron que los polacos, católicos y no católicos, se movilizaran, despertaran, caminaran y vencieran juntos cualquier tipo de ideología totalitaria...

A muchos se les pasaría de largo que la explicación de su forma de ser, de sus palabras, … estaba en lo que representaba la sencilla insignia de su chaqueta: una imagen de la Virgen.

lunes, 14 noviembre 2005

Luis María

El próximo 13 de enero, Luis María, haría 85 años.  Por ello es menester, aunque sólo sean unas líneas, dedicarle un sentido homenaje. Nació en Deusto (Vizcaya) y con orgullo decía ser vasco, pero "antes de nada y sobre todo español". Se quedo huérfano de padre cuando más lo necesitaba, apenas tenía quince años cumplidos, de una manera trágica se lo arrebataron y jamás se le oyó una mala palabra contra los causantes.

Integraba muchos contrastes armónicamente: fuerte de complexión y de corazón compasivo, muy estudioso y de humor muy fino. También era de gran fluidez verbal y tímido, confiado y respetuoso, muy familiar y dedicado al trabajo. Era noble (con título de Barón, incluso) sencillo, paciente y enérgico, orgulloso y consciente de sus límites, sacrificado y feliz,...

Su madre fue la primera en descubrir que, con esa su forma de ser y expresarse, conquistaba a cualquiera, porque valoraba y destacaba el fondo bueno de la humanidad de cada uno.

Gran aficionado al deporte, llegó a jugar al hockey sobre hierba en Santander, donde pasó su infancia hasta los 37 años. Su equipo de fútbol del alma era el Athletic Club de Bilbao, aunque fuera socio del Real Madrid por un compromiso y residir en la capital desde el 67. Le gustaba seguir los partidos con la imagen televisiva y la voz radiada de José Mª García, Héctor del Mar,… También le interesaban los encuentros de boxeo de Urtain, Evangelista, Legrá,....

Buscador infatigable de la justicia, desde su bufete de abogado, se preparaba concienzudamente cada caso, como si en ello le fuera la vida y si encontraba en la otra parte una menor preparación nunca menospreciaba a nadie.

Cabeza de una familia de cinco hijos, su mayor interés era que fueran “hombres y mujeres de provecho el día de mañana”, que no perdieran el tiempo y fueran felices. Esto lo procuraba activamente con su mujer, con gran tesón, no escatimando esfuerzos del tipo que hiciera falta para dejar el pabellón de la familia “bien alto”.

Muy humano y religioso a la vez, para él era muy importante la coherencia y tener “bien preparadas las maletas”, por si había que dar cuentas en cualquier momento de la propia gestión de la vida ante Dios.

Se puede decir de él, sin faltar a la verdad, que fue una persona genial, un esposo inigualable, un padre maravilloso, un abogado ejemplar, … todo un caballero, noble y cristiano. Hace 21 años que murió, pero él sigue actuando aquí y en el cielo, llevando los casos de los que más le necesitaron en vida. Su familia sigue dando fe hoy que esto es cierto.

lunes, 31 octubre 2005

Vivir cantando

Se oyen por todos lados, sobre todo por la radio, en el coche, en el autobús... Se ven chicos y chicas con discos compactos portátiles. Unas canciones realmente están inspiradas y otras no tanto. Unas están escritas con pasión, otras con no se sabe bien qué, pero la mayor parte de ellas con el corazón. Y nos hablan de presencias y ausencias sentidas en lo hondo. Cuando las oyes tararear por alguien, piensas en una cierta complicidad de sentimiento. De lo que abunda el corazón habla la boca, en este caso incluso la hace cantar cuando oyes a alguien que tararea una canción, sobre todo si es de amor. ¿Quién no es, en el fondo y aunque no tenga un estilo depurado, un poco poeta? ¿quién no anhela expresar la belleza que lleva dentro y aquella otra de fuera, con la que su ser tanto se identifica y corresponde?

Cuando la rima, el ritmo y la vibración artística se unen en una canción, cosa que ocurre contadas veces, se produce algo casi mágico. Parece que lo más íntimo del ser se pone como, nuestros pelos, de punta, o como nuestra carne, de gallina. Hay algo más que la música y la letra, que llevados de la mano de éstas, se mete adentro y sacude e inquieta los sentimientos. No nos deja igual, sino con un deseo y una curiosidad más viva, más a flor de piel. Nos lleva a compartir con quien se expresa así, ni más ni menos, que nuestro corazón, nuestro ser, en unos instantes, que muchas veces se nos hacen muy cortos y queremos que no se pierdan ni olviden.

Y luego, ¿qué es lo que queda? Quizá nos hemos emocionado, lo hemos pasado genial, hemos disfrutado de una buena música, de unos buenos compases, de una voz inspirada, que incluso hemos llegado a sentir nuestra o a quererla, y pasado un momento, ¿qué poso deja? ¿nos lleva a amar, más y mejor, o a cerrarnos? ¿a ser más sinceros y no censurar nuestro corazón con sus sentimientos? Porque realmente, si es de calidad la parte instrumental y el mensaje que lleva, no nos deja indiferentes. De ahí la gran importancia de ver qué es lo que queda después, qué es lo que resuena una vez que acaba. Porque lo normal es oír la primera vez, oír solamente, quizá hasta distraídamente.  ¿Queremos volverla, otra vez, a escuchar? Escuchar más que oír. Si escuchamos podemos recordar, podemos oír mejor. Dejemos que el amor nos comunique y nos contagie de su llamada a través de una simple canción, de una canción de amor.

Ésta es la invitación que quiero hacerle hoy: descubra su lado poético, su faceta de juglar de esta vida que le ha tocado disfrutar. Oigamos todos su voz interior, su queja, su grito, su tono, unas veces más alegre que otras. Hagamos llegar a todos nuestro canto, tan bello cuanto más sencillo, tan verdadero cuanto más profundo, tan justo cuanto más respetuoso.

lunes, 24 octubre 2005

Tradición y progreso en unidad

Hemos llegado, todos, a un entorno social, cultural, político y económico bien concreto. Nos hemos topado de bruces con nuestra circunstancia, por el hecho de nacer, ligada a nuestro yo. Los demás no son una circunstancia más (Ortega), tampoco un infierno (Wilde), si vemos bien.

Si esa realidad donde somos y nos expresamos es despreciada o censurada, en todo o en parte, también nuestra persona, de alguna manera, se altera. Lo mismo que si nuestro yo no se encuentra lo suficientemente apreciado en un lugar concreto. ¿Dónde encontrar un espacio con el que confiar, dialogar, medirse, confrontarse, nuestro corazón, lo más íntimo de nuestro ser? Y aquí no sólo entra nuestra ciudad natal y de residencia o trabajo, también la familia, la educación,... porque vecinos, compañeros, colegas, conocidos y amigos son ese ambiente.

La transmisión de esta realidad o tradición, que se vive de una generación a la siguiente, podemos cuestionarla con arreglo a la experiencia actual, porque antes que ser una herencia, o testigo a pasar sin miramientos, la tradición que es viva se convierte en contenido revisable, verificable en la realidad. No se trata de imitar “a pies juntillas” a nadie, perdiendo en identidad, ni tampoco plantear una revolución del orden establecido. Seguir la tradición, puede ser, sencillamente, la lealtad a lo mejor que tuvo el pasado, a lo que hoy eso me dice a mí de forma nueva y concreta, a lo que de verdadero me ha llegado y ha permanecido válido hasta ahora, y ser, en definitiva, la huella de otros, que se ofrece a nuestra libertad: la base de la educación.

Así, desde un concepto y vivencia dinámicos de la tradición, podemos entender el progreso, no como un simple “ir hacia delante” sin rumbo ni conciencia, sino aquello que nos permite evolucionar a unas condiciones mejores de vida, de expresión de nuestra libertad, de una mayor seguridad laboral y económica, de una mayor concordia social y política. Hay verdadero progreso cuando los miembros más débiles de nuestra sociedad están atendidos adecuadamente, o cuando hay ejecución de planes para ayudarles a su propio valimiento.

¿Quién puede decirnos, hoy mismo, cuál es la forma más adecuada de vivir nuestra común circunstancia histórica concreta? No es cada uno por su lado, ni aprovechándonos unos de otros, como maduraremos mejor nuestra persona, pueblo, ciudad o nación.

Sin los demás, somos menos. Sin esta necesaria unidad, sin disfrutar de un espacio o lugar comunes donde seamos respetados en nuestros derechos y deberes, encontraremos sólo resentimiento, egoísmo, engreimiento, insolidaridad, manipulación, engaño, violencia y, lo que es peor (y hoy no es políticamente correcto decirlo): vacío, soledad y muerte.

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