miércoles, 22 febrero 2006
El corazón, primer juez
¿Quién ha dicho que sentir, y todo lo que procede del corazón, es poco razonable? ¿Quién se atreve a afirmar hoy que no usa la razón cuando siente?
Poder dar razón de algo, ya es una manera de ser razonable. Nuestros sentimientos los expresamos y podemos explicarlos.
Es razonable también quien se adecúa a ciertos parámetros, límites esperados. Ni la razón ni los sentimientos discurren del todo a su libre arbitrio, sin ningún sentido.
Se dice: pienso, luego existo. Si pienso es porque puedo hacerlo, tengo una estructura orgánica que tiene una función que me lo permite. ¿Dónde está la estructura que me permite sentir? ¿con qué siento? ¿con el corazón? ¿por qué usar de un término tan ambiguo, en apariencia?
Hay una manera de pensar sensible y una de sentir razonable. Esto puede sonar a algo de "inteligencia emocional". Si existo porque pienso, también porque siento, sé que vivo. Se puede existir sin vivir plenamente, de verdad. Tendemos a pensar contando con el corazón y sentir con razones, más que nada para no dejar nada fuera, ningún aspecto de la realidad. Pasamos por la realidad muchas veces, en muchos instantes sin convivir adecuadamente con el misterio que somos y con el Otro más grande al que tendemos. No sólo la razón pide buscar la Verdad, también el corazón busca la plenitud de ser, de expresión. Si llevamos nuestra razón a su extremo nos habremos de topar con el máximo de intersubjetividad, de objetividad, es decir, con la Verdad, no con su sucedáneo: la "certeza" consensuada. Y si llevamos nuestro sentimiento, nuestra capacidad afectiva a su plena expresión habríamos de encontrarnos con el Amor, no con un pacto egoísta o de altruísmo recíproco a gusto de cierto lenguaje psicológico.
En la práctica, sin embargo, utilizamos mucho la palabra “corazón” en sentido metafórico y simbólico, queriendo expresar humanidad, integridad,…
Cuando digo que “tengo corazón”, “pongo el corazón”,.. no sólo me refiero a afectos, sentimientos y emociones, sino a algo mucho más grande y global, lo mejor de mí, que lo ofrezco, que lo muestro, aunque sea menos aislable e identificable que una neurona.
Por tanto, en ese sentido, el uso del corazón, es mostrar lo mejor de mí, el centro que es capaz de unificar mi yo, sin dejar escapar ni uno sólo siquiera de los múltiples factores y dimensiones que me constituyen.
Si tomo sólo corazón en sentido estricto, como músculo de movimiento involuntario que hace circular la sangre por el organismo, movido por impulsos nerviosos, esto es, por el cerebro, no me puede valer del todo como centro y origen de afectos y sentimientos, pues habría siempre una prevalencia de la razón sobre el afecto. Y aquí ya entraríamos en las disquisiciones neuronales sobre partes más lógicas y más “libres” o emocionales repartidas en hemisferios cerebrales, y su predominio probable en determinadas situaciones de unas sobre otras.
Ahí nos equivocamos, porque tanto el sentimiento como la razón humanas son previsibles hasta cierto punto. Ni la Psicología ni la Filosofía ni la Medicina han llegado a aclararnos del todo el mapa total y profundo del razonar humano, menos de su sentir.
El corazón es el meollo, el centro, el lugar desde donde puedo medir o evaluar correspondencias con lo real, con los demás. Es mi primer juez desde donde debo confrontarlo y juzgarlo todo en primera instancia. Si dudo de algo, he de escuchar a mi corazón, ¿qué es lo que verdaderamente deseo? ¿qué es lo que realmente necesito? Porque no se trata de la voz de una conciencia a modo de “pepito grillo”, externa, tampoco de una especie de “super yo”, sino de mi yo profundo más auténtico.
El más mínimo pensamiento tiende a ese ideal que es la Verdad y el más pequeño de los deseos del corazón, de los afectos lleva en sí la tendencia al Amor. Si los últimos extremos de esas pequeñas ideas y quereres nuestros no son icompatibles, ¿por qué nos afanamos entonces tantas veces en decir que lo que conocemos está desligado de lo que sentimos? ¿Acaso el Amor no es la más grande de las verdades? ¿no es la Verdad la encarnación más auténtica de un profundo y sincero amor a la realidad?
Nuestro corazón, ya lo decía san Agustín, andará siempre inquieto hasta que no descanse en su destino: el Amor. Y eso no es evitable.
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martes, 14 febrero 2006
Vivir como si fuéramos hermanos
Respecto a la crisis o conflicto de estos días, a escala internacional ya, que parece enfrentar a las democracias europeas contra la fe islámica, política occidental contra religión de oriente medio, decía hace unos días el arzobispo de Rabat, Monseñor Vicent Landel, en un editorial digital: “¡Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano! / ¡Y si el otro se convirtiera realmente en mi hermano! / ¿No es esta la cuestión que hay que plantearse ante el debate que circula en los medios?...”. Y es que esto no es nuevo: Gandhi (”Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”), Martin Luther King (“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.”),...
La verdadera raíz del problema no es política ni religiosa, sino una falta de respeto al otro, por su persona, crea o no en lo que sea. Falta de respeto y de perdón. Y exceso de violencia, de rabia, de reírse de todo y estar por encima de los demás. Por tanto, no es honrado echar la culpa de todo a la religión, que unos sean o no fanáticos y otros corruptos.
Me pregunto: ¿qué diferencia real hay en insultar, atacar, bombardear,… con “razón” y ley o sin ellas? ¿para quién? ¿no es la guerra una locura? ¿acaso hay guerras justas?
Esto no es una confrontación de videojuego para ver a quién le toca pegar saliendo inmunes. Eso puede ser peligroso porque es muy real. Se está dando ya entre los más jóvenes una escuela de violencia que se moviliza a todas partes. ¿Cómo parar este odio creciente?
Endiosar la razón, la ley, la libertad,… quizá puede haber contribuido al vacío de sentido de la vida, y al resentimiento religioso. Pero sin apego a la verdad no hay libertad auténtica. Y la verdad está en relación con el respeto y estima del otro. Lo mismo pasa con la ley, que cae frente a la victoria de la violencia, sea bruta o “civilizada”, por mucha coacción policial o diplomática que se ejerza. Hay en nosotros algo todavía que, afortunadamente, se rebela y denuncia, desde el Derecho natural y positivo, los atentados a la libertad de expresión religiosa y política. No sólo porque lo diga Benedicto XVI, y en nuestro país, con defensa legal por parte del Centro Jurídico Tomás Moro, frente a burlas, por ejemplo, de la crucifixión de Jesucristo por parte de Carod, Krahe y Bassi, entre otros.
¿Seguiremos siendo enemigos o nos convenceremos algún día que es mejor para todos sentirnos y ser semejantes, vecinos, compañeros, … hermanos? Tenemos un ejemplo en la primera palabra de quien, frente a quienes querían matarle por motivos religiosos y políticos, dijo desde la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Perdonémosnos, todos.
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lunes, 30 enero 2006
Sin perdón, no hay amor que valga
Quien ha gustado y saboreado el amor de verdad, ha tenido también experiencia de su propia debilidad, limitación y falta de correspondencia. Y, a la vez, la satisfacción de su necesidad real de ser abrazado, mimado, mirado… e incluso perdonado, como nunca antes por nadie.
No me detengo en los mal llamados “amores platónicos”, de ensoñaciones, ni de series televisivas, ni en los no completos o faltos de complementariedad auténtica.
A quien vive el “jamón de pata negra” en el amor no le valen sucedáneos ni sustitutos.
Porque hay amor y apegos, como hay sentimiento y sentimentalismos, necesidad real y deseos superfluos… Es importante distinguir la piedra vulgar de la preciosa. La Vida es “la joya de la corona” del Amor, como la Verdad procede de la Fe, y la Certeza de la Esperanza. No se trata de crear o inventar élites, o guetos, de puros, sino definir y pronunciarse a favor de la verdad para no engañarnos ni confundirnos, para no utilizarnos ni hacernos chantajes ni mercancías unos de otros. Sobre todo, para no adulterar el amor, de verdad, ni sus efectos: la vida, la verdad, la libertad, la paz,.. Porque si la semilla no es auténtica, tampoco el fruto lo será.
Si persigo un amor que valga de verdad y me llene, como a todos, como a aquellos de los que me gustaría aprender a vivir, busco lo que me une con los demás en todo, lo que tengo en común con todos: la capacidad de amar y de ser amado, en serio.
Cuando el corazón ha sido educado en el verdadero amor todo se vive mejor, serenamente, en paz auténtica. Y mi corazón, todo en mí, pide vivir hasta el fondo el amor de verdad, no de forma ñoña, cursi ni artificial, sino total, abierta a la vida, a la fecundidad, a los dones y frutos del mismo, al otro (es decir, al tú, no al “otro yo”), y no de forma simbiótica sino complementaria, que me realice integral y verdaderamente, por lo que esté dispuesto a arriesgar todo y toda mi vida,… Busco algo que realmente merezca mi búsqueda y esfuerzo.
Me pregunto: ¿qué es el amor y como vivirlo cada día? ¿cómo ser aquello mismo que quiero vivir? Si vivo el amor paciente, servicial, sin envidia, sin hacer alarde, sin envanecerme, sin proceder con bajeza, sin buscar mi propio interés lo primero de todo, sin irritarme a la mínima, sin tener más en cuenta el mal recibido como el bien muchas veces inesperado e inmerecido, sin alegrarme de injusticias o desgracias ajenas, sino regocijándome con la verdad, el bien y la belleza. Con ese amor, puedo ser capaz de disculparlo, creerlo, esperarlo y soportarlo todo.
Al final de nuestras vidas, en un juicio de misericordia, se nos examinará por la calidad del amor con que hayamos vivido. La prueba de fuego es el perdón, sin él no hay amor que valga.00:00 Anotado en LUIS JAVIER MOXÓ SOTO | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
lunes, 09 enero 2006
¿Adónde iremos?
No es del todo una “gracieta tendenciosa” que hace un tiempo podíamos preguntarnos dónde vamos a ir, y que ahora, más bien, habríamos de cuestionarnos adónde nos están llevando.
Que nuestro destino, salud y prosperidad no está totalmente en nuestras manos es cierto. Pero tampoco lo está del todo en quienes nos gobiernan o mandan. La autoridad y el dictamen de la misma influyen en gran medida en el bienestar o malestar del colectivo mandado, de forma más o menos sincera o hipócrita, justa o injusta, agradable o no tanto.
Que no se permita fumar donde uno quiera puede llevar a pensar que estamos, como oí a una buena señora hace poco, en un “estado policial”.
Buenos humos los podemos desear para todos, en este nuevo año, para los que fuman y para los que no, para los que respetan a sus semejantes y para los que les cuesta más.
Pedimos más libertad, hacer, decir e ir donde nos plazca. A la vez podríamos parar un momento y ver si en el ejercicio de la nuestra estamos perjudicando la de los que están al lado nuestro. No sólo eso: si busco el bien del otro, ése también podría hacer lo mismo y juntos podríamos vivir un poco mejor.
Si mi destino de felicidad y paz aparentemente no me lo da nada ni nadie, ni yo a mí mismo, lo que puedo hacer es ver si es cierto, y preguntarme, como los Reyes Magos, qué hacer, y pedir una señal o “estrella”. Busco mi libertad, la verdad y el mayor bien de mi humanidad, mi paz y me parece no encontrarlos del todo. Pero sigo deseando buscar porque el corazón así me lo pide. ¿De qué me vale ganar todo el mundo si pierdo el alma, la vida, lo mejor que soy?
Dos frases nos pueden hacer pensar: “¿Adónde iremos, Señor, si sólo tú tienes palabras de vida eterna? (san Pedro). Y, la respuesta, clara: “Venid a mí todos...” (Jesucristo).
La “Fundación Kolbe”, nos ha dejado este mensaje publicitario: “Si le haces caso, este niño (Jesús) no te dejará dormir tranquilo. Este niño te va a complicar la vida: ayudar a los pobres, compartir, amar desinteresadamente… hazle caso y verás todo lo que recibes a cambio.”
“Venid a mí” es una llamada a ir a Jesús en nuestra vida e historia personal y colectiva.
Como Reyes Magos, diarios, desde el 11 de febrero del año pasado, adoramos a Jesucristo las 24 horas, en la Capilla Arzobispal de la Inmaculada en Toledo, unos cuatrocientos sesenta voluntarios. También en Cancelada, de Estepona (Málaga); en la parroquia de la Encarnación del Señor (Madrid); en la Capilla de San Onofre (centro de Sevilla, frente a la Plaza Nueva);… Y, siempre, en los corazones de los que van a Él y le aman. ¿Adónde iremos mejor si no?
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lunes, 26 diciembre 2005
La vida nace para tí
Estamos distraídos, sin reaccionar, frente a lo sencillo, lo cotidiano, lo evidente, a lo dado ya por sabido y conocido. La vida pasa. Nosotros también. ¿Todo sigue igual?
¿Ha pensado si sabe lo que le depara la vida de aquí a unos instantes? ¿podría ser una novedad? ¿Estamos abiertos a lo imprevisto? ¿hasta dónde prever y acertar nuestro futuro?
Un domingo estábamos, mi mujer y yo, esperando a nuestras hijas pequeñas que salieran de catequesis, cuando un sacerdote franciscano, Vicente, nos comenta que buscando recursos para el grupo de niños se topó en internet con una definición curiosa, original, más o menos “trucada”, de la Navidad, de Nativitas, Nati-vita-te: “la vida nace para tí” , o “en tí”, que viene a ser casi lo mismo. Dicen que san Francisco inventó eso de los belenes, así que aún sorprendidos, decidimos hacerle caso. ¡Qué curioso que algo tan sencillo fuera tan sorprendente!. ¿Podemos nacer de nuevo cada día, o hacer como si todo fuera nuevo cada día?. ¿Qué nos dice nuestra experiencia? ¿por qué y cómo me levanto cada día de la cama? ¿por qué y para qué trabajo cada día? ¿No estamos, por lo general, muy dormidos?
La llamada de la realidad viva dice que toda belleza, verdad y bien remiten más allá, pero me pilla muchas veces “sin cobertura” o “sin batería”. ¿Dónde puedo oír: “la vida nace para tí”?
Una muchacha de unos 15 ó 16 años, María, de Nazaret, hace ya unos dos mil se sorprendió mucho al recibir el saludo de un ángel, destinándola a ser madre de la Vida. No se durmió “en los laureles”, dijo que sí. Ahí el origen de la vida comunicada: la Palabra y su aceptación. Sólo por este hecho, podemos celebrar hoy la Navidad. Y puedo hacer experiencia del mismo.
Si voy a la raíz de la realidad, con mi corazón (mis afectos más reales), mi mente (mis razones más verdaderas), mis vísceras (mis deseos más perdurables),... no puedo más que encontrarme con el sentido de todo, la explicación de todo, el nacimiento constante de mi vida, la consistencia de todo lo que tengo, entiendo, quiero, puedo,... soy. Descubro la vida en mí.
“La vida nace para mí”, o “en mí”. Esto lo podemos repetir varias veces al día, pero ¿nos lo acabamos de creer?. No como un slogan insulso, sino como oportunidad y tarea siempre real. ¡Cuidado si aceptamos! Empezará una gran renovación: en nosotros y alrededor. Todo se irá transformando si damos más protagonismo a la vida: “2006 nace para mí” , “mi familia hoy nace para mí, en mí”. Tú, que estás hoy a mi lado, te llames como te llames, vengas de donde vengas, seas como seas,... hoy has nacido para mí, en mí. Por eso, tu vida me importa.
Para tí, estas palabras, que intentaron transmitir algo de vida, han nacido para tí, en ti, hoy.
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lunes, 05 diciembre 2005
¿Podemos mejorar nuestra expresión?
Pienso que mejorar la forma de expresión no significa perder ni un ápice de libertad en la misma. A través del diálogo, incluso con los contrarios, precisamente con ellos, siempre que haya respeto y paz por medio, sin ofender, puede lograrse todo o casi todo resolverse.
No se trata de un pensamiento “Alicia” en que todo es posible, como dice Gustavo Bueno.
Pensemos que el ambiente crispado, que en distintas instancias estamos viviendo, que no podemos ignorar ni eludir, puede transformarse. No de cualquier manera, sino de la mejor.
Echar la culpa a los elementos, y factores externos, es lo más fácil en vez de buscar en uno mismo aquello que podemos cambiar. Cambiando el corazón del hombre se cambia la sociedad. Esto es un hecho contrastable, verificable. ¿O le parece una simple opinión?
Es curioso ver, especialmente en estas fechas, cómo nos esforzamos en ambientar nuestras casas, calles, comercios,… cada uno por mil y una razones distintas. ¿Qué sentido tiene?
Sin embargo, en el adorno que toca al corazón, al cambio que debiéramos hacer para acoger mejor, para aceptar las diferencias, para perdonar incluso, para ver en nosotros la pequeña o gran parte de responsabilidad de aquello mismo que criticamos, … cuesta mucho. O eso nos parece. Porque “donde las dan las toman”, “si los demás lo hacen por qué yo no”, si los demás atacan, roban, mienten, manipulan,… porqué íbamos a ser nosotros menos o mejores.
Cuesta pensar que somos nosotros los primeros que debemos cuidar nuestra forma de ser y expresarnos hacia los demás. Cuesta porque compromete o nos podemos sentir tontos.
No podemos confiar solamente nuestra identidad personal y la mejor expresión de la misma a la Constitución y las leyes, porque hoy en día la educación, la familia, los conflictos laborales, los Medios,… nos exigen una respuesta mucho más personal, justa y solidaria, no uniforme.
Si existe un mínimo de ética, de corresponsabilidad por el bien común, mi juicio habrá cambiado a mejor. En vez de ver maldad en alguien podré ver ocasiones, situaciones, para llenarlas con el poco o mucho bien que pueda hacer yo, aquí y ahora. Mi forma de expresión se habrá positivizado algo, puesto que intentaré ver, en todo y en todos, aquello que nos hace crecer, madurar, desarrollarnos plenamente como personas y no como posibles enemigos.
No me refiero a un cambio radical sino gradual. Hoy puedo poner la guirnalda de mi sonrisa, mañana la bola de color brillante de mi claridad, pasado quizá la estrella de un gesto de paz,… porque no se trata de pretender ser más bueno o más listo que nadie, sino de superarnos a nosotros mismos, intentando ser y expresarnos un poco mejor cada día. Merece la pena.
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lunes, 28 noviembre 2005
El valor de la insignia de Lech Walesa
El fin de semana del 18 pasado tuve la ocasión de asistir, junto con otros 10.000 participantes (muchos de ellos por internet), al VII Congreso “Católicos y vida pública” que organizó la Fundación Universitaria San Pablo-CEU, en Madrid, con el lema “Llamados a la libertad”.
En dicho Congreso se trataron muchos temas relacionados con la libertad en distintas sesiones o conferencias: libertad y verdad, conquista de la libertad, las esclavitudes de hoy, libertad y tiranía mediática, libertad de conciencia en el espacio público, los nuevos ídolos del igualitarismo, libertad de mercado y globalización solidaria, sociedad civil y democracia,…
Lech Walesa, señaló en su intervención, “La lucha por la libertad en nuestro tiempo”, que trabajó 25 años como obrero manual, 10 años como presidente del sindicato Solidaridad y cinco como presidente de un Estado, y que es “indispensable para el desarrollo del mundo de hoy” que la actual generación “pase del pensamiento nacional y continental al pensamiento global”. Un ejemplo de esta necesidad es la ecología ya que, si no la globalizamos no vamos a llegar al fin del milenio. Para sobrevivir tendremos que ser globales. Dos tareas importantes para la construcción de Europa: igualar los niveles de desarrollo y planificar la construcción europea siendo conscientes de nuestras diferencias, “porque Dios nos ha creado a todos diferentes”. Reivindicó la “importancia de los valores” y señaló que, si los ciudadanos de hoy sólo siguen el camino del dinero y del bienestar y dejan de lado los valores, las cosas van a ir mal. Dijo: “merece la pena trabajar por los valores”. En esta línea propuso que situemos nuestros valores por encima del sistema económico y sindical y añadió: ”hay que educar al hombre en conciencia. Hay que alabar lo bueno y castigar lo malo”. También señaló que “hay que poner en marcha los talentos y dedicarlos al servicio de la sociedad”. Recordó los ingredientes que a él le dieron fuerzas en su comienzo: su fe en Dios y fe en lo que él hacía.
El premio Nobel de la Paz realizó un breve recorrido histórico sobre los últimos años de la vida de Polonia, destacando que “sólo la fe y la iglesia nos permitió sobrevivir durante 120 años”. Se centró en el efecto de la visita que Juan Pablo II hizo a su país natal, comunista, al año de ser nombrado Papa. Destacó que sus palabras: “No tengáis miedo”, hicieron que los polacos, católicos y no católicos, se movilizaran, despertaran, caminaran y vencieran juntos cualquier tipo de ideología totalitaria...
A muchos se les pasaría de largo que la explicación de su forma de ser, de sus palabras, … estaba en lo que representaba la sencilla insignia de su chaqueta: una imagen de la Virgen.
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lunes, 14 noviembre 2005
Luis María
El próximo 13 de enero, Luis María, haría 85 años. Por ello es menester, aunque sólo sean unas líneas, dedicarle un sentido homenaje. Nació en Deusto (Vizcaya) y con orgullo decía ser vasco, pero "antes de nada y sobre todo español". Se quedo huérfano de padre cuando más lo necesitaba, apenas tenía quince años cumplidos, de una manera trágica se lo arrebataron y jamás se le oyó una mala palabra contra los causantes.
Integraba muchos contrastes armónicamente: fuerte de complexión y de corazón compasivo, muy estudioso y de humor muy fino. También era de gran fluidez verbal y tímido, confiado y respetuoso, muy familiar y dedicado al trabajo. Era noble (con título de Barón, incluso) sencillo, paciente y enérgico, orgulloso y consciente de sus límites, sacrificado y feliz,...
Su madre fue la primera en descubrir que, con esa su forma de ser y expresarse, conquistaba a cualquiera, porque valoraba y destacaba el fondo bueno de la humanidad de cada uno.
Gran aficionado al deporte, llegó a jugar al hockey sobre hierba en Santander, donde pasó su infancia hasta los 37 años. Su equipo de fútbol del alma era el Athletic Club de Bilbao, aunque fuera socio del Real Madrid por un compromiso y residir en la capital desde el 67. Le gustaba seguir los partidos con la imagen televisiva y la voz radiada de José Mª García, Héctor del Mar,… También le interesaban los encuentros de boxeo de Urtain, Evangelista, Legrá,....
Buscador infatigable de la justicia, desde su bufete de abogado, se preparaba concienzudamente cada caso, como si en ello le fuera la vida y si encontraba en la otra parte una menor preparación nunca menospreciaba a nadie.Cabeza de una familia de cinco hijos, su mayor interés era que fueran “hombres y mujeres de provecho el día de mañana”, que no perdieran el tiempo y fueran felices. Esto lo procuraba activamente con su mujer, con gran tesón, no escatimando esfuerzos del tipo que hiciera falta para dejar el pabellón de la familia “bien alto”.
Muy humano y religioso a la vez, para él era muy importante la coherencia y tener “bien preparadas las maletas”, por si había que dar cuentas en cualquier momento de la propia gestión de la vida ante Dios.
Se puede decir de él, sin faltar a la verdad, que fue una persona genial, un esposo inigualable, un padre maravilloso, un abogado ejemplar, … todo un caballero, noble y cristiano. Hace 21 años que murió, pero él sigue actuando aquí y en el cielo, llevando los casos de los que más le necesitaron en vida. Su familia sigue dando fe hoy que esto es cierto.00:00 Anotado en LUIS JAVIER MOXÓ SOTO | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
lunes, 31 octubre 2005
Vivir cantando
Se oyen por todos lados, sobre todo por la radio, en el coche, en el autobús... Se ven chicos y chicas con discos compactos portátiles. Unas canciones realmente están inspiradas y otras no tanto. Unas están escritas con pasión, otras con no se sabe bien qué, pero la mayor parte de ellas con el corazón. Y nos hablan de presencias y ausencias sentidas en lo hondo. Cuando las oyes tararear por alguien, piensas en una cierta complicidad de sentimiento. De lo que abunda el corazón habla la boca, en este caso incluso la hace cantar cuando oyes a alguien que tararea una canción, sobre todo si es de amor. ¿Quién no es, en el fondo y aunque no tenga un estilo depurado, un poco poeta? ¿quién no anhela expresar la belleza que lleva dentro y aquella otra de fuera, con la que su ser tanto se identifica y corresponde?
Cuando la rima, el ritmo y la vibración artística se unen en una canción, cosa que ocurre contadas veces, se produce algo casi mágico. Parece que lo más íntimo del ser se pone como, nuestros pelos, de punta, o como nuestra carne, de gallina. Hay algo más que la música y la letra, que llevados de la mano de éstas, se mete adentro y sacude e inquieta los sentimientos. No nos deja igual, sino con un deseo y una curiosidad más viva, más a flor de piel. Nos lleva a compartir con quien se expresa así, ni más ni menos, que nuestro corazón, nuestro ser, en unos instantes, que muchas veces se nos hacen muy cortos y queremos que no se pierdan ni olviden.
Y luego, ¿qué es lo que queda? Quizá nos hemos emocionado, lo hemos pasado genial, hemos disfrutado de una buena música, de unos buenos compases, de una voz inspirada, que incluso hemos llegado a sentir nuestra o a quererla, y pasado un momento, ¿qué poso deja? ¿nos lleva a amar, más y mejor, o a cerrarnos? ¿a ser más sinceros y no censurar nuestro corazón con sus sentimientos? Porque realmente, si es de calidad la parte instrumental y el mensaje que lleva, no nos deja indiferentes. De ahí la gran importancia de ver qué es lo que queda después, qué es lo que resuena una vez que acaba. Porque lo normal es oír la primera vez, oír solamente, quizá hasta distraídamente. ¿Queremos volverla, otra vez, a escuchar? Escuchar más que oír. Si escuchamos podemos recordar, podemos oír mejor. Dejemos que el amor nos comunique y nos contagie de su llamada a través de una simple canción, de una canción de amor.
Ésta es la invitación que quiero hacerle hoy: descubra su lado poético, su faceta de juglar de esta vida que le ha tocado disfrutar. Oigamos todos su voz interior, su queja, su grito, su tono, unas veces más alegre que otras. Hagamos llegar a todos nuestro canto, tan bello cuanto más sencillo, tan verdadero cuanto más profundo, tan justo cuanto más respetuoso.
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lunes, 24 octubre 2005
Tradición y progreso en unidad
Hemos llegado, todos, a un entorno social, cultural, político y económico bien concreto. Nos hemos topado de bruces con nuestra circunstancia, por el hecho de nacer, ligada a nuestro yo. Los demás no son una circunstancia más (Ortega), tampoco un infierno (Wilde), si vemos bien.
Si esa realidad donde somos y nos expresamos es despreciada o censurada, en todo o en parte, también nuestra persona, de alguna manera, se altera. Lo mismo que si nuestro yo no se encuentra lo suficientemente apreciado en un lugar concreto. ¿Dónde encontrar un espacio con el que confiar, dialogar, medirse, confrontarse, nuestro corazón, lo más íntimo de nuestro ser? Y aquí no sólo entra nuestra ciudad natal y de residencia o trabajo, también la familia, la educación,... porque vecinos, compañeros, colegas, conocidos y amigos son ese ambiente.
La transmisión de esta realidad o tradición, que se vive de una generación a la siguiente, podemos cuestionarla con arreglo a la experiencia actual, porque antes que ser una herencia, o testigo a pasar sin miramientos, la tradición que es viva se convierte en contenido revisable, verificable en la realidad. No se trata de imitar “a pies juntillas” a nadie, perdiendo en identidad, ni tampoco plantear una revolución del orden establecido. Seguir la tradición, puede ser, sencillamente, la lealtad a lo mejor que tuvo el pasado, a lo que hoy eso me dice a mí de forma nueva y concreta, a lo que de verdadero me ha llegado y ha permanecido válido hasta ahora, y ser, en definitiva, la huella de otros, que se ofrece a nuestra libertad: la base de la educación.
Así, desde un concepto y vivencia dinámicos de la tradición, podemos entender el progreso, no como un simple “ir hacia delante” sin rumbo ni conciencia, sino aquello que nos permite evolucionar a unas condiciones mejores de vida, de expresión de nuestra libertad, de una mayor seguridad laboral y económica, de una mayor concordia social y política. Hay verdadero progreso cuando los miembros más débiles de nuestra sociedad están atendidos adecuadamente, o cuando hay ejecución de planes para ayudarles a su propio valimiento.
¿Quién puede decirnos, hoy mismo, cuál es la forma más adecuada de vivir nuestra común circunstancia histórica concreta? No es cada uno por su lado, ni aprovechándonos unos de otros, como maduraremos mejor nuestra persona, pueblo, ciudad o nación.
Sin los demás, somos menos. Sin esta necesaria unidad, sin disfrutar de un espacio o lugar comunes donde seamos respetados en nuestros derechos y deberes, encontraremos sólo resentimiento, egoísmo, engreimiento, insolidaridad, manipulación, engaño, violencia y, lo que es peor (y hoy no es políticamente correcto decirlo): vacío, soledad y muerte.
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lunes, 10 octubre 2005
La raíz de nuestra amistad
Uno no deja de asombrarse con el paso del tiempo de lo que hizo que aquel día, de forma tan sencilla, pero a la vez tan grande, en aquel lugar concreto, el encuentro con determinada persona fuera tan importante para nuestra vida. Para la mía, y sin duda para la tuya también.
Me refiero al momento en que conocimos, o reconocimos (según miremos más con los ojos de la conciencia intelectiva o de la afectiva) a los que posteriormente serían nuestros mejores compañeros y compañeras de camino, los amigos, incluso algo más, nuestras parejas, todos los que sentimos hoy más cercanos y que queremos tanto o más que a los propios hermanos.
Quien haya tenido la suerte de encontrar aquellos verdaderos amigos, que no sólo son un tesoro, sino que además nos ayudan a crecer y a madurar, a no chantajear la realidad, a mirar siempre adelante, no atrás ni siquiera a los lados, sabe perfectamente a quienes me refiero. Quien no haya tenido este tipo de experiencia se recomiendo a que la haga o a que permanezca abierto a la sorpresa, al asombro de sentir un abrazo como antes nadie se lo había dado, de parte de la persona que menos se puedan esperar.
Es cierto que hay amistades para los ratos más simpáticos y agradables, cuando todo nos va bien. No obstante, sabemos que realmente el tiempo y las dificultades son las que nos hacen verificar los amigos auténticos, los que se quedan en el corazón, y también físicamente, con nosotros, a nuestro lado, de nuestra parte.
Yendo un poco más allá, podríamos buscar la raíz de dicha afinidad, ¿por qué esta persona y no otra es amiga nuestra? ¿por qué yo lo soy para ella? La Psicología podría hablarnos acerca de la afinidad, de los caracteres, de las personalidades complementarias,… pero aún así se quedaría –me temo- muy corta.
Cuando uno descubre su necesidad de felicidad, de perdurar en la memoria y el corazón de alguien, cuando uno disfruta estando con los demás, cantando, trabajando, sufriendo, viviendo, compartiendo en suma la vida, uno no se puede limitar a decir: “es que somos afines de carácter” o “es que nos complementamos muy bien”. Hace poco mi hija me preguntaba: “¿por qué sois tan amigos?” A lo que la respondí: “Porque hay un amigo, el mayor, que nos une”. Curiosa, siguió: “¿Y quién es ése?”. Y la contesté, con naturalidad, sin ocultarle la verdad: “Es el mismo amor y, para nosotros, es Jesús”.
Busquemos en nosotros la raíz de la amistad, de la que hace posible que tengamos amigos y éstos sean verdaderos, auténticos,… y que permanezcan siempre con nosotros.
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lunes, 19 septiembre 2005
El otro punto de vista
Estamos acostumbrados a relacionarnos con las cosas, las personas y las situaciones, conforme a lo que antes hemos visto, conocido y de alguna manera tocado con nuestros sentidos y entendimiento.
Los prejuicios y los miedos, tan humanos, si los tomamos estrictamente como juicios previos, pueden ser útiles, pues nos provisionan, ante los mismos estímulos, con respuestas que funcionan en todos, o casi todos los casos. Cuando lo nuevo irrumpe, y se incorpora a nosotros, puede encontrar un espacio que mejore lo ya adquirido, asimilado o practicado antes, cambiando nuestras prevenciones en asombros.
Me dijo una vez el hijo de un gran escritor que, por muy artistas que nos pensemos, tendemos solamente a la tradición o al plagio, y que realmente no hay tanta innovación ni tantos genios presumen de serlo.
Es un hecho constatado, en la historia de la ciencia, el arte o el pensamiento, que cada acto creativo, cada descubrimiento, viene o se debe a otro anterior, que de alguna manera los predispuso.
En nuestro personal modo de concebir las cosas, de entenderlas y pronunciarnos de determinada manera, a veces hay limitación personal, lagunas de conocimiento, complejo por una supuesta falta de recursos, miedo a expresarse libremente o a afrontar al realidad tal cual es. Y esto puede ser una carga.
Cuando vivimos a fondo la novedad, desde el acontecimiento y la conmoción subsiguientes, en parte fruto del deseo y de la curiosidad, ocurre algo extraordinario que puede marcarnos positivamente haciendo cambiar nuestros esquemas perceptivos, sensoriales, liberarlos. Pero, para ello, hay que estar abiertos a lo que tenga de atractivo lo nuevo, es decir, lo que posea de verdadero, bello y justo.
No podemos, por nuestras fuerzas o voluntad, salir de nuestros propios esquemas, de nuestra mentalidad, porque necesitamos algo o alguien, distinto y nuevo, que desde fuera nos impulse al cambio.
Si hubiera una especie de punto de fuga, donde podamos contemplar la realidad con ojos nuevos, cambiarían las cosas. Me explico: si pudiéramos situarnos, aunque fuera por un instante, en una mayor conciencia del presente que vivimos, viviríamos de forma más intensa y completa, sin duda.
No se trata de ninguna esquizofrenia, evasión, o deja vu, sino de encontrar el punto donde mi yo profundo es mirado, iluminado, por un tú que le descubre su ser e identidad, interpelándole como nadie, de forma correspondiente. Es el otro punto de vista y camino diferente el que nos completa y hace ser.
Sí, se trata de aquel otro que, sólo con y desde él, podríamos vivir con plena alegría, reirnos más de nosotros mismos, de nuestras cerrazones y prejuicios limitantes e infundados tantas veces, y vivir intensamente cada instante, con menos estrés, con más sencillez y apertura de corazón.
De nosotros depende afrontar la vida, y confrontarnos, con otro punto de vista, nuevo, diferente, que nos permita salir de nosotros mismos y seguir creciendo, sin límite, hacia nuestro destino de felicidad y bien.
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lunes, 05 septiembre 2005
Libertad, de verdad, para todos
Le invito a que pensemos un poco sobre el concepto, valor y experiencia de nuestra libertad. El Quijote nos dice que “la libertad es el don más precioso que a los hombres dieron los cielos”. Pero, sinceramente, ¿qué es para nosotros? ¿cómo la vivimos? ¿como la facultad para hacer y decir lo que nos venga en gana? ¿como la ausencia de ataduras y dependencias de cualquier tipo? ¿como el valor fundamental y “real” de nuestro sistema democrático?
Nuestro ser, nuestro corazón, mente, espíritu, todo en nosotros y todos nosotros, estamos hechos para la totalidad, para la plenitud de ser, y por menos de eso no merece la pena nada. La energía de adhesión a lo real, la dimensión que nos posibilita ejercer ese deseo de ser y realizarlo hasta el máximo no puede, por lo tanto, ser ejercida de manera arbitraria, habrá de ir en la dirección más adecuada, oportuna, acertada. Porque no es lo mismo ser o expresarse de una manera que de otra, jugándose la propia palabra y gesto. ¿Qué es lo que da consistencia, sentido y fundamento a la libertad sino la verdad acerca de la realidad y de nuestra humanidad? ¿dónde afianzarla sino sobre el ser, lo real?
Nos engañamos cuando, negándonos a ver o reconocer la totalidad de los factores de la realidad, o censurando algún aspecto de la misma, o “invadiendo” la libertad de los demás, creemos ser libres. No actuamos libremente, aunque así lo pensemos, cada vez que limitamos o atacamos sin sentido la libertad de los demás.
Si en el ejercicio de nuestra libertad no tendemos hacia la máxima realización de nosotros mismos y el bien común, de una verdadera libertad para todos, ¿qué tipo de “libertad” nos estamos inventado, dando, mostrando y predicando? No puede corresponderse con nuestro ser una capacidad para hacer, pensar y afirmar que no permita o impida que la totalidad del ser pueda ser realizada, alcanzada, a través nuestro, para nosotros y para todos.
Libertad sin ira y sin miedos se cantaba hace unos años durante la transición democrática de nuestro país. Hoy más bien podríamos entonar “libertad, de verdad, para todos”, pero no sin medida, no sin respeto, sí a fondo, sí para afirmar el bien, la belleza y la justicia de toda la realidad. No hablemos de la libertad sin ton ni son.
Comparto con usted lo que dicen unos amigos: “De la libertad se puede tener experiencia solo a través del encuentro con hombres libres. Se puede empezar a entender su naturaleza encontrando a personas que llevan su adjetivo –libre– impreso en el rostro y en el corazón. Es un don, algo más grande que los intereses de cada cual y que se atestigua mediante la vida.”
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lunes, 01 agosto 2005
Donde reside la belleza
Evitamos pensar o tener conciencia de la finitud de nuestra vida, porque nos parece insufrible. Estamos vivos, y, por mucha negatividad que pueda haber a nuestro alrededor, tendemos, por inercia, a la vida, a lo bueno y agradable, a lo positivo, por regla general.
Aunque incluso podamos llegar a reconocer, más o menos conscientemente, estar en una cultura de noticias negras y sucesos en su mayor parte luctuosos y morbosos, todo lo no vital, lo que no nos remite a la vida y su belleza nos da vértigo pensarlo muchas veces, sobre todo si nos afecta de cerca, más si nos implica personalmente, como enfermedad o accidente.
Es curioso, pero muchas veces el sentimiento trágico de la vida es lo que más nos hace agarrarnos a la misma, a la juventud, energías y salud que aún podamos tener.
No nos podemos resignar o hacer a la idea que podamos desaparecer un día. Que esta vida que manifiesta nuestro cuerpo y en el de los demás, en la naturaleza en general, pueda extinguirse. Que tanta belleza pueda volatilizarse como el polvo. Nuestro corazón está hecho para la belleza de lo vital.
Nos venden el lugar de la belleza ahora, desde la publicidad, como esa clínica o centro de estética especializado, como lo perfecto, la forma pura, de canon, o por imitación, como la de aquel famoso o famosa de moda. Y así, a base de retoques, a semejanza de éste o de ésta otra, en vez de desarrollar la belleza que llevábamos en potencia de dentro afuera, nos la presta el bisturí y el gimnasio desde la superficie nada más. ¿Cambiando la forma a más estilizada también se altera el fondo a mejor?Es un hecho que hay cosas y personas que subyugan nuestro ánimo y sentimiento hasta el punto de embelesarnos y tener nuestro pensamiento suspendido, contemplando, sin cansarse, esa puesta de sol, ese mar, esos detalles personales, físicos y psicológicos, que tanto nos pueden fascinar en determinado momento. Y sale de nuestro corazón un deseo natural en forma de súplica, de grito, a quien nos pueda responder: que este instante no se acabe. O incluso, de forma más personal: quiero tener y disfrutar de este momento bello, de esta belleza, para siempre.
Y alguien pensará que voy a decir que la belleza verdadera sólo se puede encontrar en el interior, que la otra pasa y se vuelve caduca con el tiempo. Los avances cosméticos y dermatológicos pretender luchar y contradecir que la arruga sea bella, con sus métodos anti-envejecimiento. Se busca añadir años a la vida, sin que se noten, más que vida a los años. ¿Para cuándo la calidad de una vida digna y bella?
¿Qué garantías tenemos que los buenos deseos y sentimientos, que el amor y la solidaridad, y todo lo que puede hacer en verdad realmente bella a una persona, permanezcan para siempre?
Toda belleza remite a otra más grande. Busquemos la mayor, sin duda el esfuerzo merece la pena.
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miércoles, 27 julio 2005
¿Iglesia amable?
Se sabe ya de sobra que no es políticamente correcto, según los tiempos que corren, decir que la Iglesia es amable. Además, no todos los que se dicen, decimos, estar del todo en la Iglesia, lo estamos, y menos aún la queremos siempre como lo que es: Madre y Maestra de humanidad. Lo que para unos es una actitud esporádica de desatención, en otros es situación casi permanente de desamor, e incluso odio visceral, por experiencias negativas no resueltas, propaganda en contra, ocultamiento de la verdad, manipulación de dímes y diretes sobre tal frase, muchas veces sacada de contexto, y más o menos acertada, de alguien “de Iglesia”.
Pero pensar y decir que se pertenece a la Iglesia Católica, y por otro lado negar las verdades más elementales del cristianismo y de la doctrina católica, es absurdo, irrazonable y engañoso.
El amor, el aprecio o simpatía por lo que S.S. Benedicto XVI, un cardenal, arzobispo, obispo, sacerdote, consagrado-a o seglar pueda manifestar en su condición de católico-a no debería de depender sólo de lo que diga, que sí es importante, sino desde qué lugar y planteamiento lo manifiesta. Y si alguien afirma algo desde la Iglesia, Católica, Apostólica y Romana, no tiene sentido que lo haga para justificar una arbitrariedad o conveniencia política suya. A la madre uno no se la inventa, es como es, con todos sus fallos y aciertos. Y se la quiere, o no.
La Iglesia no se entiende sin Jesucristo. Sin aprender del siempre manso y humilde, sin transparentarle a Él en todo su ser y hacer, sin predicar el Evangelio de la Buena Noticia de la Salvación de Jesucristo, se quedaría la Iglesia vacía y sin contenido, sin Maestro, sin guía.
Y a Jesucristo no se le puede encontrar plenamente sin hacer experiencia de Iglesia, del encuentro con Él en una comunidad suya, que le sigue, elegida y destinada por Él para comunicar y extender el Reino de Dios, en su nombre, a toda la humanidad.
Por eso, a los que insultan, se burlan, injurian y se sienten rechazados o apartados de la Iglesia por algún motivo, no se les puede echar más paja sobre su fuego, su malestar, e incluso odio. Lo que cabe es reconocerse ante ellos como el mismo Jesucristo, acogedores, amables, auténticos, sinceros, verdaderos, con respeto, mansedumbre, humildad, amor, …para vencer esa negatividad, con la fuerza, superior, mucho más noble y perdurable, del amor y el bien.
Amar a la Iglesia es como amar a la madre pero aún más, pues da el nuevo ser, la identidad, la renovación de la vida –por la Misericordia- en cada instante, la que comunica el sentido y la respuesta de todos los porqués, la felicidad. A través de ella se da el encuentro con Jesucristo, sólo por esto es la realidad más amable y entrañable con la que uno se puede topar.
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lunes, 25 julio 2005
La certeza, semilla de esperanza
La esperanza es lo último que se pierde, dice el consabido tópico. Pero, ¿cómo se encuentra cuando las personas, o las situaciones, defraudan nuestras expectativas? ¿Hay un manual de urgencia que nos diga porqué y cómo esperar, en qué o en quién confiar, cuando todo parece volverse en nuestra contra, y qué es y cómo es posible eso de esperar contra toda esperanza?
En el caso que nos pongamos a buscar fuera de nosotros la respuesta, si nos damos la posibilidad de superar la frustración, quizá no estemos tan seguros como pensamos acerca de la esperanza que más nos corresponde, es decir, para la que estamos hechos y destinados.
No podemos reducirla sólo a: un estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos, o virtud teologal por la que esperamos que Dios nos de los bienes prometidos.La esperanza auténticamente humana nos implica, y nos complica, por entero: reconocimiento, memoria, un verdadero salto de nuestro corazón, una percepción de haber sido mirados con una ternura única, haber sido perdonados, amados, como nadie antes,... y, por ello y más, poseeríamos una secreta alegría. Por menos de esta conmoción única, no podemos entender lo que es tener esperanza en el futuro, en un destino, bueno, y en una realidad, positiva.
Un amigo la entendió y vivió así, como la certeza respecto al futuro debida a una realidad presente.
No cualquier presencia permite estar seguros del futuro. Ha de ser algo, alguien, excepcional.
Si la gran gracia de la que nace la esperanza, fuera la certeza de la fe en la presencia de Cristo, como dice mi amigo, entonces sí sería posible caminar sin pausa, tender hacia delante sin límites, a partir de la certeza de que Él, puesto que posee la historia, se manifestará en ella.
Pero quien no ha encontrado esa certeza, no la busca, no la desea cada vez más, y no sabe que la correspondencia de su corazón existe. Siendo realistas, no buscarla ni desearla intensamente podría engendrar escepticismo, relativismo, nihilismo, superficialidad, vacío y huída de sí mismo.
Sin embargo, todo se vuelve mucho más sencillo y positivo cuando hay esperanza, porque la certeza de la fe es la misma que un niño tiene con su madre, la certeza del reconocimiento de una presencia buena para el niño, como para cada uno de nosotros, adultos. Ya podría venirse abajo el mundo entero, y esa certeza permanecería hasta el punto de que no podemos pensar en el futuro sin estar seguros del amor de nuestra madre; si alguien está seguro, si ha recorrido el camino normal de la vida con su madre, al pensar en el futuro, no puede imaginar que alguna vez su madre no le querrá. Así, la fe sencilla lleva a la verdad, y ésta a la libertad, para crecer y madurar cada uno hasta su plenitud,… para amar.
Una certeza, como la de los niños, podría hacer florecer la esperanza de nuevo. Pensémoslo.
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lunes, 18 julio 2005
El reto de lo único necesario
Nos afanamos por las cosas que creemos necesitar, y nos preocupamos muchas veces, no sin sentido. Damos una y mil vueltas a los problemas que se nos presentan, o que nos buscamos. Incluso cuando pensamos, o creemos, disfrutar de nuestro descanso, nos llenamos la cabeza de los detalles que más nos agobian, los pendientes, e intentamos resolverlos en nuestra centrifugadora mental, a la que no damos vacaciones ni reposo.
Quiero plantearles (a mí mismo también) un ejercicio de sencillez, el reto de una búsqueda: tomando como condición que hubiera sólo una cosa como única necesaria, perseguirla hasta encontrarla. Me explico: que pudiéramos reducir hipotéticamente a un elemento aquello por lo que merece la pena vivir, aquello que nos hace felices y vivir en paz, … y aquí que cada uno-a sinceramente ponga lo que más le motive o crea más importante para sí. Verifiquémoslo juntos.
Se trata sólo de reducir nuestras expectativas y deseos, sino identificarlos, centrarlos, sin que esto suponga aminorar su grandeza y su tendencia a la totalidad.
Muy probablemente esta práctica nos ayude a descubrir porqué y para qué nos movemos en esta vida, el eje alrededor del que gira o podría girar todo en nosotros. Quizá tengamos una grata sorpresa. En este caso, no tiene porqué agobiarnos la búsqueda de la simplicidad.
Pensemos bien, en positivo, antes de decidirnos por identificar lo único necesario.
Quizá habitualmente vayamos detrás de lo que no es lo más importante para nosotros mismos, incluso sin saberlo del todo. Tal vez sean muy loables los esfuerzos de tanto trabajo por conseguir un poco más de bienestar, calidad de vida, cosas más o menos superfluas, bienes materiales, actividades, incluso paz o claridad en nuestra situación actual o futura y sus posibilidades, por pretender un poco más de orden o de satisfacción personal teniendo nuestra circunstancia y sus posibles contratiempos resueltos. Detengámonos a pensarlo un poco. Luego preguntémonos de nuevo por lo único necesario. Hagamos el trabajo de la sencillez.
¿Dónde puedo confiar, descansar, comprometer, mi yo, mi corazón, el centro de mi ser, mientras que lo accesorio, lo periférico, el hacer, el tener, pretendo resolverlo con mis devaneos mentales más o menos ineludibles? ¿qué podría ponerlo en orden todo?
¿Seguiré pensando que por mucho elucubrar, por mucho pensar o pretender solucionar aquello que me inquieta, veo más lejos o estoy en mejores condiciones para hallar lo que realmente necesito para ser más feliz, más libre, para vivir más en paz,…? ¿Hay algo, alguien, que sea realmente único necesario para mí, para usted, para el que está a nuestro lado ahora?
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lunes, 27 junio 2005
Inventarse la realidad
Cuando la realidad no gusta o no es conforme con lo que esperamos de ella, dándonos la razón (por ejemplo), reaccionamos buscando tenerla de otra manera. Si esta realidad se presenta de forma evidente, clara, con datos científicos, medibles, constatables, que incluso podemos captar con nuestros sentidos (incluido el común), que proceden de estudios serios y rigurosos, no podemos resistirnos, aunque lo hagamos y manipulemos testimonios y resultados, pues los hechos (no las interpretaciones) son tozudos. Sólo la verdad permanece.
Necesitamos identificar la realidad con un significante y un significado estables, aceptados por todos, en desvelamiento progresivo de una mayor luz y verdad, creciendo en comprensión.
Por más que se quieran eliminar palabras como “españa”, “católico-a”, “guerra”, adulterar “educación”, “matrimonio” y “familia”, ocultar “aborto”, “muerte”, … se trata sólo de un juego, pues su naturaleza, sentido y realidad no son indiferentes o fragmentadas. Volverán a su lugar.
A la realidad, a la verdad, le falta algo importante cuando carece de claridad, humildad y respeto en su pronunciamiento, e incluso caridad (en el sentido de verdadero amor al prójimo). Se trata de “valorarlo todo y quedarnos con lo bueno”, como decía san Pablo, no es otra cosa que buscar el bien común en la realidad, por muy negativas que puedan ser las apariencias.
La mentalidad dominante, por la publicidad dice: “Si no te gusta la realidad, móntatela como quieras, fantasea, evádete,…”. ¿Cuántas veces así negamos los sentidos y la razón, huimos, o recurrimos a la invención camuflando la realidad, el deber de arrimar el hombro, el compromiso personal, solidario, por nuestro mundo y el sentido más auténtico de nuestra vida?
Los fabulistas clásicos con su relato sólo pretendían extraer alguna enseñanza positiva, por ejemplo del mundo animal, y luego enseñar de alguna manera a los humanos un poco más de civilización, en forma de moralejas. A diferencia de ellos, los cantamañanas modernos, con nuevos eslóganes vacíos cada día, mudos y ciegos no por naturaleza, acostumbrados a hacer refritos con la información, miran y remiran datos estadísticos e informes neutros o contrarios, para volverlos a su favor, jugando con la verdad de forma peligrosa. Su objetivo es convencernos engañosamente a los demás de lo contrario a la evidencia y a la razón, siendo más animales aún, sin tener en cuenta todos los factores de la realidad.
Decía Abraham Lincoln: “Se puede engañar a todos en alguna ocasión, incluso se puede engañar a muchos durante algún tiempo, pero no se puede engañar siempre a todo el mundo”. No dejemos que nadie nos chantajee al realidad, sobre todo con la manipulación de la misma.
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lunes, 20 junio 2005
¿Cultura homófila o humana?
¿Vamos hacia una cultura homófila, en reacción a otra de signo contrario, es decir, homófoba? Homofobia es “aversión obsesiva hacia las personas homosexuales”. El Diccionario no define homofilia. ¿Quién cree hoy que el rechazo o repugnancia hacia esas personas es general hasta el punto de ser un hecho social y cultural predominante o achacable al PP o a la Iglesia? ¿Fuera de la “progresía socialista light” no hay quien respete y valore como personas a los homosexuales y lesbianas, antes de considerarles sólo por su orientación sexual? ¿No será que lo que hay es una utilización de los mismos, no verdadero interés por sus intereses y necesidades reales, para captar más votos, popularidad, tolerancia, reconocimiento social, de una mayoría que les vino desde la confusión de responsabilidades y autorías del 11-M?
No se puede manipular ni instrumentalizar al ser humano, ni jugar con su vida, con su libertad, con sus sentimientos, con su educación, con su voluntad y sus votos, ni con su identidad u orientación sexual poniéndola en revisión, entredicho o pretendiendo reeducar su naturaleza.
Hay que insistir en la formación cabal y plena, física, moral y espiritual, aquella necesaria que nos capacite para ser un poco más libres adhiriéndonos más a la verdad y la naturaleza de nuestro ser hoy en día persona humana, hombre y mujer, en la circunstancia concreta de límites y posibilidades que nos ha tocado. Diferenciados y a la vez complementarios, posibilitando la apertura y comunión en la vida y en el amor, viviendo sanamente la paternidad, la maternidad y la filiación. Nos falta más valor para ser y aparecer como realmente somos, sin prejuicios ni complejos ni “armarios” de ningún tipo, renovar nuestra entrega diaria a lo que tenemos delante como tarea y responsabilidad, nuestro yo, cuidarle confiando en la dignidad y validez de nuestro esfuerzo personal, para no caer en la falta de compromiso real por el bien común, la relajación de valores, el relativismo y nihilismo que parecen querer hoy llenarlo todo.
Si vivimos con sencillez, sin aparentar lo que no somos ni seremos (por mucho que pretendamos disfrazarnos o mudar de cuerpo y nombre), nadie tendría el derecho a pensar, sospechar o decir que vivimos por encima de nuestras posibilidades o que tenemos aversión obsesiva hacia los que no piensan ni sienten como nosotros, sean homo o heterosexuales.
La condición de una verdadera cultura popular por todos manifestada, no es que sea homófila ni homófoba, sino que sea humana. La recuperación de la humanidad es tarea de todos, pero partiendo de la sensatez, del diálogo sincero y auténtico sin juego ambigüo de palabras, sin sexualizar y politizarlo todo, incluso el lenguaje, engendrando solo confusión y desorientación.
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lunes, 30 mayo 2005
¿Pedir y agradecer es inútil?
Cuando pedimos a alguien algo con educación y respeto, confiamos, por lo general, ser atendidos. Se supone que si es algo justo tenemos más razones para esperar que se nos conceda. Si además lo vemos como necesario, entonces parece que nos asisten todos los derechos para lograr aquello que pretendemos. Pero, ¿sabemos pedir lo que realmente nos conviene? Es decir, ¿tenemos en cuenta todos los factores de la realidad para discernir lo que es mejor para nosotros? ¿Pedimos a los demás lo que nos lleva a desarrollarnos como mejores personas, a hacer las tareas más eficientemente, a ser de verdad y no sólo en apariencia?
Quizá en muchos casos tengamos aquello que damos, o que encontremos lo que esperamos o según nuestras expectativas, como si hubiera en la vida una especie de eco entre dar y recibir.
Lo cierto es que la realidad cada día, en nuestro trabajo, familia, amigos, nos ofrece también mucho más de lo que iría en correspondencia con lo que damos.
A veces nos puede suceder que parezca que hay alguien detrás de nuestras mejores intenciones y que de alguna manera intercede por ellas, aportando su energía, su amor, para que éstas se lleven a cabo de la manera más oportuna y conveniente. Son los que nos quieren.
Pedir y agradecer lo que nos dan los demás no es sólo cuestión de cortesía, protocolo o buenas maneras. También, y sobre todo, son actos humanos llenos de sentido, dignos y … útiles, quizá de los más beneficiosos para la persona.
A través de la petición podemos dar a conocer lo que queremos, necesitamos, deseamos,… Y podemos hacerlo de forma amable, cortés, sin quitar por ello lo valiente.
Mediante el agradecimiento estamos reconociendo el dar y darse de otro como algo válido, útil, necesario, importante, beneficioso,…
Pues bien, si se nos ofreciera la posibilidad de dialogar, de tratar de amistad con alguien que nos asegurara que nos escucha, sea cual sea la situación de la que partamos, sea lo que sea lo que le pidamos, sería ciertamente maravilloso. Pensaríamos en una especie de genio de la lámpara o algo así. Pero si incluso se nos dijera que no es magia, que son pequeñas maravillas que suceden cada día las que salen de su mano, que escucha y atiende como el mejor de los padres y las madres, buscando sólo nuestro bien, si nos lo creyéramos de verdad, quizá le pediríamos y agradeceríamos más, le reconoceríamos más presente en nuestras vidas. Si volvemos el rostro, pensamiento, los pasos, a Quien tan bien y tanto nos conoce y nos ama ya nunca podemos volver a decir que pedir y agradecer sea nunca inútil o no razonable.
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lunes, 09 mayo 2005
¿Amordazados o quejicas?
Hay personas que, aunque parezca mentira, se sienten normales, ni raros ni mártires ni héroes (poco les debe quedar para serlo), que quieren ser felices profunda y verdaderamente. Son una mayoría anónima, sufridora silenciosa, que aguanta y espera, en medio de su trabajo diario, su dolor y misterio, que las cosas cambien, que no se retire de sus corazones la serenidad, que les dejen vivir en paz, en tranquilidad, intentando encarnar hoy los valores que les transmitieron sus padres y sus abuelos, y que ellos tratan de proponer o testimoniar, con su vida, a sus hijos.
Cabe preguntarse si todos los que predican la igualdad, tolerancia y respeto con las minorías, desfavorecidos, inadaptados, discriminados, marginados (o automarginados) de nuestra sociedad representan a todos, ¿o son arbitrarios en su inclusión y exclusión de derechos?
Parece haber “guías ciegos”, “malos pastores”, “nuevos clérigos”, “morbo sapiens”,… que manipulando los Medios adoctrinan masas con la transgresión, la mentira y la nada ¿hacia dónde? Dan complicaciones en vez de soluciones creativas; mucho parloteo y burla vendidas como genialidades; politización de todo en lugar de belleza, verdad, bien y valores; prejuicios infundados sin apertura a la realidad; acusaciones y enfrentamientos a diestro y siniestro...
¿Por qué manipulan los Medios, imponen sus ideas, mintiendo, amenazando, expropiando,…?
¿Son quejicas los que quieren elegir la educación que desean para sus hijos? ¿Los que desean más respeto para sus convicciones y creencias? ¿Los que reclaman el cumplimiento entero de la Constitución Española pidiendo más paz, libertad y seguridad para todos? ¿Los que piden que no se manipulen sus votos, sus vidas, sus muertos, la memoria de un pasado común, la esperanza de un futuro sembrado con los sudores y los sacrificios de hoy y de ayer?
¿Son amordazados (algunos incluso “perseguidos” o “acosados”) los que intentan defender la no manipulación de la vida, su dignidad, desde el primer instante de su concepción hasta la muerte natural; la protección de la institución social, religiosa y jurídica del matrimonio; el auténtico respeto a la libertad de expresión religiosa? ¿hay amordazados en nuestro país a causa de los valores y creencias religiosas o son realmente unos quejicas? ¿quién impone la forma de vida o la mordaza a quién? Digámoslo y reconozcámoslo públicamente, sin miedo.
Hubo un hombre joven, bueno y valiente, hace unos setenta años, Manuel, al que le preguntaron sus verdugos si tenía miedo ante la muerte, y dijo: “Tengo mujer e hijos”.
Y tú, lector, si tienes convicciones profundas, humanas,… ¿eres un quejica, pasas de “estos rollos”, tienes vergüenza o te sientes amordazado en la defensa de lo que piensas y crees?
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lunes, 11 abril 2005
¿Cambio de corazón, de mente?
Es curioso que en nuestra sociedad democrática del bienestar y del progreso, a pesar del tan cacareado talante de respeto, pluralidad, solidaridad, libertad, … muy pocos, casi nadie, habla de lo que construye la humanidad el perdón y el amor, desde –incluso- el silencio y el dolor. Se ve, y se rehuye, a quien calla, sufre y perdona como alguien débil. Es tabú o escándalo.
Nos cuesta abajarnos un poquito, ser un poco más humildes, más verdaderos y sinceros. Por otro lado, nos atacamos, nos enfrentamos, o tendemos a ello, en las palabras y en los gestos. Se nos escapa la búsqueda de nuestra propia justificación, querer vivir sin culpa de ningún tipo sino echársela a alguien rápidamente, excluir complicaciones, cumplir lo mínimo posible o con sólo lo propio, sin buscar ni atender otra necesidad, declarándonos autónomos, autosuficientes. ¿Es así, más despreocupados de todo, cuando somos realmente más libres?
Me preocupo de alguien por la necesidad de mi ego, a veces, por sentirme bien, con la solidaridad de más baja intensidad. Seguramente se espere más de mí.
No mato ni a una mosca, no me meto con nadie, cumplo mis deberes de ciudadano y contribuyente de a pie,… ¿Somos felices sólo con una mentalidad “laicista y progre”?
Cuando uno ve alguien que se comporta con perdón, con amor, construyendo así la humanidad, dando el verdadero sentido con su vida a lo que quiere decir paz, amor, perdón, solidaridad, vida,…. misericordia, las actitudes personales también están llamadas a cambiar. Y esto sucede a nuestro alrededor: hay personas buenas, hay personas ilusionadas y esperanzadas que ofrecen su vida por los demás. Y no hace falta que se llamen Teresa de Calcuta o Juan Pablo II, o que sea un beato o una beata que van a misa todos los días, o dejar todo lo que huela a esto para la intimidad o para las sacristías de las iglesias, a curas y monjas.
Tú mismo, lector, puedes optar por lo que construye la paz y el amor con el prójimo o no, creas o no en lo que quieras. La misericordia es el regalo más grande que puede hacer un corazón.
Es la hora del relevo, de la verdad, del sentido de la vida. Bajemos de las nubes, no nos quedemos en palabras huecas o letras mojadas. Depende de nosotros, no de otros, lo que creemos que debemos de pensar y hacer. No hay moral alternativa a la que busca ante todo el bien, la verdad, la justicia, la paz, la belleza, el amor,… la misericordia, en libertad. Que nadie nos engañe con el nihilismo, el hedonismo,…un buen talante, como sucedáneos. El bien de toda la humanidad es lo que merece la pena. Sólo así podremos construir una sociedad y un mundo mejor para quienes vengan luego. ¿Para cuándo el cambio de corazón, de mente?
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lunes, 10 enero 2005
Doña Carmen
“Doña Carmen”, a ella le gustaba, era el nombre de una señora muy apreciada en general, por su simpatía, sociabilidad y su porte distinguido al mismo tiempo, pero no distante.
De la capital de su nacimiento y niñez -decía con orgullo ser “gata”- había pasado a un pueblo del norte por razón del trabajo de su marido, un médico también respetado y querido. También Manuel era de naturaleza fina pero no estirada, de figura agraciada pero no afectada en absoluto, que conservaba gracejo y seriedad en su justa proporción y momento.
Con el tiempo, los hijos fueron llegando al matrimonio y se trasladaron de la casa donde compartían consulta médica del padre y hogar, a un chalet. Dejaron la primera sólo para el trabajo. Las vistas al mar de la nueva pasaron, tristemente, a verse nubladas con los años.
Los niños eran muy juguetones y de mucho carácter cada uno. Vinieron siete, aunque uno voló pronto al cielo al poco de nacer. Doña Carmen estaba siempre dispuesta a atenderlos y procurar realmente su bienestar, sacrificándose a veces. También a regañarles si hacía falta. Crecieron felices en una verdadera armonía familiar.
Desde la cocina, Doña Carmen, escrutaba nubes y líneas del horizonte como meteoróloga concienzuda y ofrecía previsiones según vientos y colores del mar y el cielo. Entre fogones y hornos era realmente un portento en el arte culinario, no había plato que se le resistiera ni receta que no pudiera mejorar con su toque casi mágico: el mimo con el que hacía todo.
Era una mujer muy religiosa que, por profunda convicción personal, asistía a las misas de la parroquia vecina, todos los días que podía, ayudaba a los sacerdotes de la misma en las labores de caridad que podía, rezaba el rosario cada día en familia. Todo lo ofrecía en sus oraciones. Así entendía la vida, se sentía compensada, aliviada, acompañada. Su ánimo un poco perfeccionista la llevaba a veces a sentir escrúpulos de conciencia, de algo que quedaba por confesar o resolver en su espíritu, que se disolvían con una mirada a la Virgen del Carmen o al Cristo de la parroquia, o con unas palabras de su confesor.
Crecieron los hijos y se fueron yendo por motivo de estudios y trabajo. Llegaron por fin los esperados nietos, que la llenaron de muchísima ilusión, “sus cachorros”. Éstos fueron alegrando y compensando sus grandes desvelos del pasado con los hijos.
Ya mayor, el matrimonio fue a la capital a vivir con la mayor de los seis hijos. Manuel se fue antes que ella, no supo cuándo. La vela de su vida, como las que ella puso en la iglesia cada día, cálidamente se fue apagando, desgastándose, en silencio. Su luz brilla ya como estrella.
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lunes, 13 diciembre 2004
Tomás, el internauta
Tomás, casado y padre de un hijo pequeño, no se sabía si no era consciente o no estaba dispuesto del todo a reconocer el grado de su dependencia por internet, de la que no hablaba con nadie, porque era su pasión escondida. A través de la Red, había encontrado muchas fotografías y personajes de las más diversas liberalidades o perversiones que el medio podía ofrecerle. Al principio fue la curiosidad, el morbo, la diversión, un atractivo de descubrir lo nunca visto, de poderlo contemplar a solas, luego se había hecho para él cada vez más necesario, evolucionando desde planteamientos más o menos suaves de disgresión hasta rallar en lo agresivo y enfermizo. Creía ser un caso especial, poco común, ¿o no lo era tanto? En cada búsqueda, no sabía de dónde venía, encontraba casi al final de su objetivo un punto último de insatisfacción, de tristeza, que no lograba superar, como un compañero incómodo que parecía recordarle que la vida quizá era más grande y bella, que las personas quizá serían más dignas para sufrir ese tipo de humillaciones, vejaciones,... exhibiciones, que contemplaba con ojos en parte escandalizados y lascivos. Pero esto lo censuraba casi al instante.
También, pero no tan frecuentemente, era chateador consumado. Se mutaba en perfil femenino, adoptando los nombres o apodos más ocurrentes o sugerentes, en cuanto tenía la más mínima ocasión. Desde su travestida condición le gustaba ligar y descubir las sensaciones de las más populares mujeres lesbianas y bisexuales de los principales salones de chat.
De la ilusión casi infantil por descargarse música y películas, durante horas (madrugadas de los sábados y domingos), había pasado, frecuentando el vicio, a la más profunda insatisfacción y vacío. El sexo era su principal obsesión y perversión a través de la Red. Se había liberalizado tanto en su vivencia del sexo virtual que ya no tenía ningún tipo de límite, salvo los de su escasa cordura y salud cerebral, que a veces se tropezaba con sus continuos despistes, con los que metía la pata de vez en cuando, y era descubierto en su juego de travestido. Antes de que se cansara del todo lo que podía ofrecerle de diversión trasgresora este Medio, su mujer, hastiada de su ausencia, en todos los sentidos, y de sus muchas advertencias para que abandonase su dependencia, le dejó. Esto le sumió cada vez más en su enfermedad y acabó ingresando, por desesperación, casi a la fuerza, en un centro, para su recuperación. Hoy Tomás es un hombre nuevo, que ha descubierto que la vida real, los encuentros personales, hasta el amor, son más grandes de lo que él podía haber pensado. Y medita ahora que lo que le pasó, nunca mejor dicho, es “un aviso para navegantes”. Una y no más.00:00 Anotado en LUIS JAVIER MOXÓ SOTO | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email







