viernes, 03 marzo 2006
La noviolencia del Evangelio
Por Merche Mas Solé
La Noviolencia es la palabra que más que ninguna me ha hecho comprender el valor del Evangelio, su incansable novedad y su conexión profunda con toda búsqueda de la justicia. Hace más de 20 años que me acerqué a la noviolencia a través de testigos concretos, de libros, comunidades y entrenamientos. Creo que en el fondo, todo lo que he contado hasta aquí no es otra cosa que estrategia de noviolencia evangélica para un cambio social. Me gusta mucho una provocación de Enrique de Castro cuando dice que Jesús no es Dios, y el hecho de que lo consideremos tal es la razón por la cual nosotros no nos sentimos capaces de hacer lo que él hizo, de crear, de transformar, de denunciar como él lo hizo, de hacer posible la utopìa ... Los santos pueden mucho, la virgen muchísimo, pero nosotros somos impotentes y nos resignamos ante el mal o, lo más que hacemos es rezar para que “intercedan” y así cesen la guerras, el hambre, el paro, la pobreza.... Jesús no es superman, Jesús es hijo de un indio nacido en una de las favelas, pero es a la vez el signo de lo que todos los seres humanos podemos realizar en comunión con Dios, y por eso la carta de Pedro dice: vosotros sois dioses.
Ya sé que suena un poco herético pero ésto es lo que la noviolencia sociopolítica llama en inglés EMPOWERMENT, osea, recuperar el propio poder de actuar, salir de la resignación, descubrir los recursos, los talentos que poseemos y, junto a otros mortales, hacerlos fructificar, darles fuerza y poder. Es lo que Jesucristo llama ser audaces ante el mal. Porque ser noviolentos no es ser pasivos, dejarse pegar, renunciar a defender a los débiles, aceptar la ley de la selva y las injusticias. Ser noviolentos es ser eficaces, creativos, organizados, cooperativos (salvarse juntos!), decididos, asertivos.... tener un proyecto bien concreto de sociedad.
En concreto, cuando me vine a vivir a Italia dejé mi trabajo de maestra y me busqué una nueva ocupación. Hace 11 años que trabajo para una asociación de educación para la paz (de esas que no pagan...). Junto a diez personas (ingenieros, profes, estudiantes, biólogos...) hemos hecho ese proceso de empowerment y hemos aprendido a promover proyectos educativos sobre la resolución de conflictos, sobre la intercultura, la cooperación, la lucha contra la mafia, la noviolencia, el desarrollo sostenible... Nos hemos creído eso de que podemos cambiar el mundo y hace un año que hemos entrado a formar parte de la Red de Liliput, una red de 700 asociaciones eco-justo-pacifistas que se coordinan para ser más eficaces en las estrategias hacia un nuevo modelo de desarrollo global... (La imagen de los Liliputienses que juntos inmobilizan al Gulliver de la Economia de mercado es un buen ejemplo). Y también hemos conseguido abrir la Casa de la Paz en Milán, un lugar de referencia para quienes quieren informarse, formarse, organizarse, salir del síndrome de impotencia adquirido... junto a muchos otros.
La noviolencia nos ha ayudado a no leer el mundo como una película de buenos y malos, sino a buscar soluciones que “salven” también al adversario.
Tengo que decir, sin embargo, que con esta concepción a menudo nos ridiculizan los militantes de la política tradicional por ingenuos. Por ejemplo, cuando me presenté a las elecciones municipales de mi pueblo y me dì cuenta de que la lógica, incluso en ámbito democrático, es la de la guerra: mors tua, vita mea! Y no sólo ahí, es la lógica del mercado, de muchos ambientes de trabajo, de algunas relaciones dentro de la Iglesia (mi hermano ateo me dice cuando le cuento cosas de la parroquia: “pero tú qué haces aun en la Iglesia católica con lo buena pastora protestante que serías!”. Para él es masoquismo, para mí es noviolencia activa) . Estar en la Iglesia, en el barrio, en el ayuntamiento, inventando una presencia noviolenta y constructiva no es fácil, pero es un reto apasionante.
La noviolencia nos invita, como el Evangelio a interesarnos por lo que ocurre cerca y lejos de nosotros, a sanar lo que me toca al lado, sin olvidar que vivimos en el mundo. Por eso la noviolencia “que sana”, como dice Bernhard Häring en su precioso libro, me parece otra palabra profética para nuestra Iglesia.
00:00 Anotado en MERCHE MAS SOLÉ | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
jueves, 02 marzo 2006
Acoger y compartir sí, pero ¿cómo hacer?
Por Merche Mas Solé
Mi marido y yo, junto a otras parejas de la parroquia, hace años que llevamos los cursos de preparación al matrimonio. A nuestra pareja nos toca hablar del Modelo de Familia Abierta y contar algunas experiencias concretas. Desde hace algunos años hemos dejado de hablar a los novios de un punto que parecía provocar el efecto opuesto al deseado: las parejas se asustaban y de pronto todo lo hablado hasta el momento perdía valor por ser considerado demasiado lejano y un poco “para locos”. El tema era el de la acogida de personas en dificultad. En el imaginario colectivo de la clase media esta frase evoca suciedad, riesgo, inseguridad, enfermedad, droga, delincuencia, problemas...
La verdad es que nosotros hemos tenido algo de suerte y pocos problemas. No recuerdo exactamente cómo empezó la cosa pero hoy forma parte de nuestra historia y de nuestra identidad.
Hace doce años, nos acababamos de casar, cuando conocimos a Máximo y José, dos peruanos perdidos en Milán, que dormían en un vagón de la estación, en pleno invierno nevado. Nos preguntamos si podíamos hospedarles durante un tiempo y como aun no teníamos hijos, les ofrecimos ocupar la habitación vacía durante un mes. La experiencia fue tan hermosa que no les dejamos ir al final del mes. Pasaron casi seis meses con nosotros, nos cuidaron la casa y las plantas durante el verano y a la vuelta ya habían encontrado trabajo y alojamiento. Hoy viven con sus familias en un barrio de Milán, son personas felices e integradas.
Esa fue la primera vez que nos visitó Jesús (el de Nazareth). Y la verdad es que cuando viene a visitarte una vez, te resulta defícil cerrar la puerta, no sea que pase de largo... Después estuvieron quince días Manuela y su pequeño Mirko, cuyo padre entra y sale de la cárcel regularmente. Los mandaba la asistente social y esta vez durmieron en el cuarto de Irene, mientras ella, encantada, ponía una colchoneta y un saco en el suelo de nuestro dormitorio. Y luego aun Michele, con problemas psicológicos, y Giorgio, de Albania, Lucia de Bolivia... y otros que nos mandaba Cáritas. Todo esto repartido en 12 años de matrimonio, ¡no os creais que tenemos todos los días gente en casa!
La última vez que nos ha visitado Jesús ha sido este invierno, cuando la última familia marroquí que había llegado al barrio fue expulsada de su casa por morosa. Me los encontré en medio de la calle y bajo la lluvia, cinco hijos y dos adultos. Y lo primero que se llevó el padre fue un buen rapapolvo por no haber pedido ayuda a tiempo. A continuación nos los repartimos en las casas. Halima, Wafá y Naoual pasaron una semana en nuestra casa. Irene llenó su habitación de colchonetas. Del miedo y la timidez inicial vimos emerger tres personas encantadoras, alegres, disponibles, curiosas. Cada día nos hacían el pan, durante la cena aprendíamos palabras en árabe, castellano e italiano, la casa parecía un alegre campamento, Irene era feliz con sus nuevas “hermanas”, fue una semana maravillosa de nuestra vida. Me sentía fatal cuando algunas personas nos compadecían o nos admiraban. No saben la suerte que es haber podido vivir esta experiencia. Los marroquíes tal vez hubieran podido encontrar otra hospitalidad, pero nosotros, ¿cómo hubieramos podido pagar todo lo que hemos aprendido, todo lo que nos han dado? ¿Y la suerte de acoger a Jesús como Abraham a los ángeles? ¡Una semana con Jesús es un privilegio al que no queremos renunciar! ¿Quién dice que Dios no existe? Es tan fácil verlo, está tan cerca....
00:00 Anotado en MERCHE MAS SOLÉ | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
sábado, 18 febrero 2006
¿Dios es vegetariano?
Por Merche Mas Solé
Mi marido me llama “ecologista integrista” cuando le pido que se lleve la bolsa al mercado para evitar que le den otra, que baje andando las escaleras para no utilizar inutilmente el ascensor, que no tire el papel de aluminio que se puede reutilizar, que riegue los tiestos con el agua de lavar la verdura, o que no use suavizante... Y mi hija con cinco años le decía un día a mi madre al oído: “¿Sabes abuela? Mi mami ama a los pobres y a los árboles, pero creo que más a los árboles!”
Ya sé que soy una pesada, pero me resulta imposible no hacerme cargo del impacto ambiental que tiene nuestro estilo de vida, inexorablemente primermundista. No soporto saber que yo, ciudadana media europea, produzco una media de ½ tonelada de basura al año, sin preguntarme a donde van a parar para que no me den fastidio (seguramente al tercer mundo) y sin intentar evitarlo. No vivo con tranquilidad el saber que mi familia gasta sin darse cuenta , sobre todo si no pone atención, el 80% de energía mientras otras familias en el sur del mundo sobreviven o mueren con el 20%, poniendo muchísima atención.
Ahora voy a decir una barbaridad: Creo firmemente que si el Evangelio fuese escrito hoy, Jesús sería seguramente vegetariano, para evitar la tortura a los animales de cría intensiva (que son el 99% de los que nos comemos en el norte). Sería vegetariano para redistribuir los millones de toneladas de cereales que se comen los animales predestinados a nuestro consumo, entre los hambrientos. Lo sería por salud y por justicia.
Y estoy segura de que Isaias haría de la ecología su caballo de batalla y profetizaría la venganza de las vacas locas, y de la tierra y las aguas contaminadas. Condenaría a los que están privatizando las aguas del mundo, considerándolas un bien económico y no uno de los nuevos derechos humanos. Acusaría a los que se enriquecen con el comercio de resíduos tóxicos, con los que se lucran con los basureros y con el negocio del “usar y tirar”. Estoy convencida de que Jesús llamaría la atención a los apóstoles por su dependendia del móvil y por ir en coche a todos lados, fomentando, sin darse cuenta, las guerras del petroleo, los desastres del Prestige. Seguro, me apuesto lo que queráis, que hoy Jesús iría en bici o en metro y detrás todos los apóstoles, para no quedarse atrás en un atasco.
Tal vez busque sólo espantar la angustia del futuro que nos espera, pero yo, en mi pequeñez , no renuncio a plantar árboles, a reciclar, re-utilizar, ahorrar lo más posible, a ir en bici... La receta tiene años de historia: ¡Piensa globalmente, actua localmente! ...aunque sea una pesada!!!
00:00 Anotado en MERCHE MAS SOLÉ | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
sábado, 11 febrero 2006
Hacia una economía de justicia "doméstica"
Por Merche Mas Solé
A menudo ante las injusticias del mundo, sufrimos el síndrome de impotencia adquirida; nos pasa a todos. La globalización de la economía y de las finanzas, el desequilibrio norte-sur, las nuevas esclavitudes, la explotación de la mano de obra infantil, el turismo sexual... nos resultan problemas tan grandes e inaccesibles que a menudo la tentación más fuerte es la de apagar la tele o cerrar el periódico. Es cierto que no es fácil sentir que podemos hacer algo para cambiar el mundo.
Una frase del sacerdote católico italiano Alex Zanotelli, que vive en los basureros de Nairobi, nos ha iluminado: “Recordad que cada vez que entráis en un supermercado o en un banco (los templos modernos), estáis votando. El consumidor del norte tiene un gran poder en sus manos, el de elegir qué modelo de economía y de sociedad quiere sostener”. Esta frase nos ha impulsado en los últimos años para buscar modelos económicos coherentes con nuestra moral. Si intentamos que en todos los ámbitos de nuestra vida podamos responder a la pregunta: ¿dónde está tu hermano? Pues también en el ámbito de “nuestro bolsillo”.
Algunas pistas son evidentes: la sobriedad en el estilo de vida, por responsabilidad y por la certeza de que es más fácil vivir con menos cosas (se tiene menos miedo a perderlas); el aprender a hacer las cosas con nuestras manos; el perder el tiempo cocinando pan y haciendo las conservas, los regalos...; el trueque, el préstamo, el reciclado, para salir del círculo vicioso del consumo... No es fácil, sobre todo si tienes hijos. Los hijos son el pretexto perfecto para renunciar a reducir nuestro consumo: ¿cómo vas a negar a tu hijo lo que todos tienen? Pero no es imposible.
Guido y yo hemos decidido vivir con un solo sueldo (que no coincide con una sola ocupación) mientras nos lo podamos permitir. Alguien nos podría decir: “qué listos, si os lo podéis permitir, no tiene mérito” Y es cierto. Tal vez muchas parejas quisieran hacer una opción parecida y no se lo puedan permitir. Pero conocemos muchísimas más que, pudiendo, no lo toman ni siquiera en consideración. Por un lado es una suerte poder elegir. Por otro, nosotros renunciamos a un nivel de vida más alto que nos podríamos permitir y no queremos. Se trata de decidir dónde poner el listón, donde invertir tu tiempo y donde tu dinero.
Otra pista : el consumo crítico. Ser consumidores críticos exige una dosis importante de información y de contrainformación, para poder elegir comprar lo que nos dé más garantías de justicia en la producción, de relación laboral correcta, de calidad del producto.... No sé si conocéis el libro “Rebelión en la tienda”(Centro Nuovo Modello di Sviluppo. Ed.Icaria). Ahí nos hemos enterado de cómo funcionan las grandes multinacionales, del poder concentrado en pocas manos (Philip Morris, Nestlé y otras más) y escondido bajo multiples marcas, de las empresas que tienen comportamientos sindicales represivos o explotan la mano de obra infantil, de las que utilizan productos transgénicos, o tienen que ver con la venta de armas... Además de estar atentos durante nuestras compras cotidianas a estos criterios, hace ya años que algunos productos como el café, la miel, el azúcar, el té, el cacao,... los compramos sólo en las tiendas del Comercio Justo. Hace hoy cinco años, junto a diez amiguetes creamos en nuestro barrio una cooperativa de comercio justo. Su presencia silenciosa recuerda a nuestros vecinos que la búsqueda de la justicia y la paz pasa por los comportamientos cotidianos, por el bolsillo, por poner un poco de atención y recordar que somos ricos, muy ricos.
Ultima pista: la finanza ética. Pues cuando te sobran dos pesetas te preguntas donde meterlas, si debajo del colchón o en un banco. También sobre este tema nos hemos informado y el panorama de las inversiones es desolador: comercio de armas, empresas contaminantes, especulaciones, .... Por suerte en toda Europa se han puesto en marcha proyectos de bancos èticos. Nos pasó el tren cerca cuando era hora de cogerlo y pudimos participar de la fundación de la Banca Etica Italiana. Nos sube la moral saber que con nuestras dos pesetas podemos impulsar los microcréditos, préstamos a pequeñas empresas y cooperativas a quienes los bancos nunca concederían. (el derecho al crédito debe ser reconocido como un nuevo derecho humano). Los criterios èticos con los cuales se prestan los capitales recogidos entre miles y miles de accionistas gozan de la mayor transparencia y participación de los socios. A la sombra de esta pequeña revolución económica muchos bancos se inventan los fondos èticos (declaran indirectamente que los otros no lo son...). Y aunque sigue siendo cierto que “hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”, tenemos la certeza de que viendo crecer las redes de economía de justicia estamos viendo crecer un verdadero bosque mundial. En España las cosas también se están moviendo. Os invitamos a no perder la ocasión de promover cambios que inciden en las causas y no sólo en los efectos de las injusticias.
00:00 Anotado en MERCHE MAS SOLÉ | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
jueves, 02 febrero 2006
Madre no hay más que una
Por Merche Mas Solé
Un buen pretexto para crear redes sociales (mi párroco lo llama pastoral familiar indirecta) donde vivimos ha sido mi condición de madre de familia. No es difícil descubrir que a la salida de la escuela infantil, sobre todo en los primeros meses, cada niñ@ se va a su casa sin relacionarse con los otros. Que hay una especie de pudor en reconocer que se está solo (con todo lo que eso significa en un mundo donde a menudo trabajan ambos cónyuges y los abuelos no están siempre cerca), que se querría tener amigos y que no se sabe cómo iniciar una relación, y mucho menos cómo pedir ayuda. Pensé que podía ser una buena idea invitar a mamás, papás o abuelos con respectivos niños/as a merendar y a jugar a la salida del cole. La respuesta tardó poco en llegar. Hoy ya no hay una tarde sin plan y a menudo nos ayudamos entre familias cuando nos necesitamos.
Otra idea fue la de organizar, en colaboración con las maestras, talleres de manualidades y merienda en el cole una vez al mes para “papás con niños” (bueno, sobre todo mamás, tatas o abuelos). Durante dos horas, una vez al mes despuès de la escuela, en el jardín o dentro si hace frío, realizamos objetos con materiales pobres para vender en el mercadillo de fin de curso. No es una idea increíble, pero muchas amistades han nacido entre la cola y el papel. Y a ello se han añadido iniciativas como el grupo de papis que hacen teatro para los niños, el grupo de manutención de la escuela que decora los pasillos o arregla las lámparas, el coro de mamás... Luego ha nacido el Proyecto Padres: charlas y grupos de intercambio sobre temas importantes como la comunicación y los conflictos en la familia, la adolescencia, los límites, el papel del papá, los padres separados...
El milagro que he visto (aunque no sea aun reconocido por la Iglesia Católica) es que los padres dejan de quejarse por las cosas que no funcionan, de criticar desde fuera, y se arremangan para contribuir a la mejora de la calidad de la vida de todas las familias. Que la escuela deja de ser un aparcamiento para empezar a ser un poco más casa común. Que algunos papis dejan de preocuparse sólo de “su niño”(si me come o no me come) para empezar a preocuparse de la comunidad educativa. ¡Y eso es un milagro en estos tiempos que corren, no me digáis que no!
Hace poco una maestra de mi hija me pidió que estuvieramos atentos a una familia un poco tímida y aislada respecto al grupo de la clase. Me hizo mucha ilusión que me lo pidiera. Quiere decir que empezamos a comprender que la red de familias es un recurso importante para prevenir problemas más grandes.
00:00 Anotado en MERCHE MAS SOLÉ | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
jueves, 26 enero 2006
Fui extranjero y me acogísteis
Por Merche Mas Solé
Cambiar de residencia es una buena ocasión para crecer. En 1989 me fuí a vivir a Italia, con mi marido. En pocos meses cambié de país, de trabajo, de amigos y de estado civil. El primer momento de desenraizamiento lo recuerdo con sufrimiento. Después de treinta años de estudios, trabajo, comunidades, viajes, lenguas,.... en mi nueva situación yo no era nadie para el colectivo donde me ubiqué para vivir. A nadie parecían interesarle mis maravillosas ideas, experiencias, conocimientos... nadie me esperaba ni me buscaba, no era necesaria para nadie. Me dí cuenta de que tenía que “nacer” para aquellas personas, tenía que construirme una identidad. Yo aun no existía para ellos. Con tiempo y esfuerzo me empecé a meter en los colectivos del barrio, ofreciendome para echar una mano. En la parroquia el pobre cura huía de mí, de mis propuestas, de mi necesidad de hacer cosas, de ser útil... Ser útil me parecía un modo de existir para alguien, en espera de otra identidad. No fue fácil pero poco a poco encontré mi lugar y me tranquilicé un poco. Ser madre y tener ocupado el día, hizo el resto.
Un día en la plaza de nuestro pueblo conocí a una mamá con carrillo. Empezamos a hablar y me enteré de que Manuela, así se llama, venía de Egipto. Llevaba dos años en mi pueblo y casi no hablaba italiano, ¡porque no tenía amigas con quien hablar! Me contó que había dado a luz con cesárea y que no pudo contar con la ayuda de nadie (ni suegra, ni madre, ni amigas) mientras, recién operada, tenía que ocuparse del niño y su marido trabajaba. Yo escuchaba con dolor dándome cuenta de que el pequeño desierto que yo acababa de atravesar no era nada comparado con el desierto verdadero que atraviesan los inmigrantes. Que yo era una privilegiada (europea, latina, blanca, de clase media) y que ya estaba bien de lamerme las heridas. Me daba rabia saber que ella, a pocos metros de mi casa, necesitaba una mano que en aquel momento también para mí era vital poder ofrecer y dar. Y me preguntaba cuántas situaciones análogas estaban ocurriendo hoy mismo y nadie lo sabía, nadie establecía una conexión útil. Creo que fue en aquel momento cuando decidí aprovechar mi nueva condición de extranjera y madre para conocer y convocar a gente sola. Por un lado necesitaba crear una red de relaciones en torno a mi familia, por otro me sentía privilegiada para hacer de puente entre los lugareños y los inmigrantes.
Iniciamos entonces un ritual que hace ya siete años que se repite. Una vez al mes comemos en casa de una de las extranjeras del barrio. A turno una de nosotras cocina, y entre manjares hindús, albaneses, senegaleses, marroquís, españoles... han nacido amistades y una red de información y ayuda mutua. Ha nacido también una escuela de italiano para extranjeros en la parroquia, en colaboración con Cáritas. Y una vez al año todas la familias que poco a poco conocemos (en este momento unas treinta) cocinan sus platos para más de 100 lugareños en lo que llamamos la Cena de la Solidaridad. Entre músicas, vestidos tradicionales, platos mutiétnicos y bailes se intentan cambiar por un día los papeles: los extranjeros no son los que vienen a pedir sino los que acogen y ofrecen una parte de sí mismos a sus vecinos.
Creo que nunca antes de salir de mi ciudad había entendido la frase: “fuí estranjero y me acogistéis”. Es cierto que algunas palabras consigues aprenderlas cuando pasas por ellas. (De hecho creo que aun no he entendido muy bien la que habla de la ayuda a las viudas, pero no tengo prisa por entenderla!)
Otra cosa que he aprendido fue con ocasiòn de nuestra mudanza de casa. LLegamos al piso nuevo y metimos en los buzones una tarjeta saludando y presentàndonos a los vecinos. Nadie vino a saludarnos, ni a darnos la bienvenida, como habrìamos deseado. Un mes màs tarde llegò una familia nueva al edificio. Estaban encalando cuando nos presentamos en la puerta con nuestra bienvenida: "Necesitàis algo? No tenèis gas aun? Venid a cenar a casa... Os prestamos la escalera...." La pareja, desconcertada y encantada, se "dejò" acoger, y ese dìa empezò una relaciòn de vecindad y amistad maravillosas: nos ayudamos con los hijos, nos pasamos trozos de tarta o recetas especiales, de vez en cuando cenamos juntos... Què he aprendido? Pues que todos tenemos el "poder" de acoger, pero que nos da verguenza ser los primeros en romper el hielo. Que es ùtil perder el pudor y sacar la desverguenza para arriesgarse a hacer el ridìculo. Porque si nadie se arriesga no se mueve nada. Y mientras tanto todos estamos esperando que sea el otro a acercarse!
00:00 Anotado en MERCHE MAS SOLÉ | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
jueves, 19 enero 2006
Comunidad cristiana y comunidad de vida
Por Merche Mas Solé
A muchos de vosotros os habrá pasado. Cuando dejé el ambiente protegido del colegio religioso me sentí muy desvalida y me puse a buscar por todas partes gente sensata con la que vivir mi fe. No encontré nada en mi parroquia y caí por una comunidad parroquial activa de Madrid, el lugar donde durante más de diez años he aprendido a vivir la fe en la comunidad de los amiguetes de Jesús. La comunidad cristiana es para mí el lugar del milagro constante, el lugar de la multiplicación de los panes y de los talentos. Es el lugar de la corrección fraterna y de la celebración. En ella es más fácil descubrir el sentido de la historia que estás viviendo, es más fácil crecer dando y recibiendo estímulos y modelos de vida evangélica, es más fácil levantarte cuando te caes ... En la comunidad, como dice Freire, nadie salva a nadie, nos salvamos todos juntos. Y todo esto, que puede sonar a teoria, pues yo doy testimonio de que es cierto. Y lo sigue siendo en la pobre comunidad cristiana donde ahora vivimos, aunque las condiciones sean distintas. En nuestras comunidades Guido y yo hemos aprendido a rezar, a hacernos preguntas sobre la política, la moral, la violencia, la justicia, la fe..., a ponernos en juego en compromisos y acciones concretas, a sentirnos corresponsables de nuestra Iglesia, y a muchas otras cosas.
Uno de los regalos más hermosos que nuestras dos comunidades nos han hecho fue el día de nuestra boda. Saber que puedes apoyarte en tus hermanos porque se van a encargar de todo: de acoger en sus casas a nuestros invitados que llegaban de lejos, de preparar la preciosa liturgia, la merienda, las danzas, la fiesta, ... para que sea un verdadero sacramento de la vida y no un bodorrio, ha sido la expresión más evidente del amor compartido durante años. Puedes pagar una boda elegante, bonita o sencilla, pero no te puedes comprar una comunidad que te sostiene y con sus gestos te ayuda a expresar lo que quieres vivir. Eso sólo te lo pueden regalar y es fruto de años de compartir.
La comunidad parroquial es una cosa. Pero la Comunidad de Vida es otra y ésta ha sido una de las experiencias que me han marcado más en mi historia.
Como buena peregrina que soy, una de mis aficiones favoritas ha sido siempre la de visitar comunidades. Un poco por “gorroneo”(cuesta menos que los hoteles), pero sobre todo por la enorme admiración que me suscitan las personas que desafìan al destino al que parece abocado todo ciudadano normal de clase media: casarse, comprar casa, coche, tener hijos, trabajar para pagar letras, preparare un plan de pensiones... Y no porque para ser un buen cristiano haya que ser un heroe de Greenpeace o un ermitaño. Pero yo siempre he sentido una vocación fortísima para la vida comunitaria (no sé si la Iglesia contempla esta vocación...) y siempre me ha fascinado la gente que, creyente o no, decide compartir la vida (no sòlo las ideas...) con otros y buscar juntos modelos que ayuden a ser más felices y mejores. Modelos de vida que sean luz para otros como lo han sido para mí. Y así fue. Mi primera experiencia de comunidad de vida urbana empezó después de visitar las comunidades del Arca, de Taizé y algunas más. He tenido la suerte de compartir seis años de mi vida con una panda estupenda de cristianillos-noviolentos-austeros-ecologistas, provenientes de la comunidad de la parroquia. En dos pisos contiguos de un barrio de Madrid hemos podido compartir nuestros sueldos, la oración en la pequeña capilla de casa, los compromisos parroquiales y políticos, la revisión de vida, los conflictos, las decisiones,.... Aunque por distintos motivos la experiencia terminara, la evaluación es muy positiva. Y me atrevo a decir que, igual que todo cristiano pasa por la catequesis, creo que debería pasar un año o dos por la experiencia de la vida comunitaria. Porque es una escuela de evangelio, de lucha y contemplación, de regulación de conflictos, de fraternidad, de sobriedad, y de mil otras cosas. Sigo sin entender por qué las congregaciones no cuidan más este aspecto, que queda ahí como improvisado, descuidado, cuando es uno de los signos visibles del evangelio. (Y no hablemos ya de los curas diocesanos: ¿por qué non viven en comunidad con algunos laicos?)
Decía que ésta había sido mi primera experiencia de vida comunitaria y que la segunda...¡ya veremos! Pues sí, ya lo vamos a ver, porque la segunda la queremos vivir en familia, lo cual requiere un modelo distinto del de la “comuna”. Desde hace un año nos preparamos junto a un grupo de parejas para un proyecto de comunidad familiar que en Milán se está difundiendo muchísimo. Se construyen o reconstruyen apartamentos para cada familia con un espacio en común para todas. Se comparten los sueldos y a final de mes cada familia recibe un cheque en blanco donde pone la cifra que necesita. Nadie conoce lo que los otros gastan. Además, la comunidad sostiene proyectos sociales y la acogida de personas en dificultad. Los impulsores de este tipo de comunidad (o como ellos lo llaman, “pacto de ayuda mutua”), dicen que quien va a vivir allí es porque cree que su calidad de vida mejora, no lo hace por sacrificio o por servicio. Ser felices es el mejor servicio a la sociedad. Ellos, que saben que nunca tendrán pensión de vejez, han invertido sus energías en crear una red de ayuda en la cual “los demás me ayudarán en mi vejez, ellos son mi plan de pensiones, como yo lo soy para otros” Dicen también que les da mucha rabia las asociaciones de padres de hijos minusválidos que preparan un futuro a sus hijos para cuando ellos no vivan, las asociaciones llamadas “Después de Nosotros”. ¿Por qué tiene que ser “después de vosotros”? ¡Sed felices ahora! Ahora y con vosotros es cuando es necesario invertir energías en crear una red en torno a vuestra familia, para que entre todos nos hagamos cargo los unos de los problemas de los otros. ¿Y no es puro Evangelio todo ésto? ¡Y eso que no son ni siquiera comunidades confesionales!
No soy ingenua y, por lo poco que he estudiado la Biblia, sé que en la comunidad de los primeros cristianos no todo eran rosas y flores. Aun así, yo deseo vivir esa parábola, con sus conflictos y virtudes, y siento que el tema comunitario es profético para la Iglesia y la sociedad, ahora que parecen muertas las ideologías “salvadoras”. No nos queda otro remedio que salvarnos mutuamente y junto a nuestro Dios. Pues eso es lo que yo quiero vivir, para mí y para mi familia. Esa es mi vocación (bueno, una de ellas...).
00:00 Anotado en MERCHE MAS SOLÉ | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
jueves, 12 enero 2006
Lucha y contemplación
Por Merche Mas Solé
Pues era joven yo (18 años), buscadora incansable, hiperactiva, scout, soñadora de revoluciones, enamorada de heroes noviolentos, acostumbrada a correr, hacer, decidir, organizar,... y un día me subí a un autocar que tenía como meta Taizé, etapa obligada para buscadores de Dios. Poco imaginaba yo que la palabra que iba a aprender era contemplación. A los que nos queremos comer el mundo a fuerza de campañas, acciones, marchas, protestas, proyectos... nos cuesta mucho rezar, y más en ese modo que te pide que te calles para que Otro tome la Palabra, que te descalces, que te dejes hacer, que no cuentes sólo con tus fuerzas... La oración ha sido mi primera cura de humildad.
El binomio Lucha y Contemplación, Ora et Labora, me fascinaron desde el principio, me parecieron una receta utilisima para la salud mental y religiosa, y han encontrado un espacio en mi vida, en mi psicología. He aprendido a llevar la oración a los momentos importantes de mi historia, a nuestros compromisos y acciones, a nuestra familia. Y he aprendido a llevar la vida y la historia a la oración, en forma de alabanza, de compasión, de perdón.
San Alfonso de Ligorio decía que sus hermanos tenían que vivir seis meses al año como misioneros y seis como contemplativos. Reconozco una gran intuición detrás de este consejo. Yo, sin embargo, sé que no duraría más de una semana en contemplación, y en cambio me considero un tipo de contemplativa en la acción. Durante estos años la oración ha pulido algunas zonas de mi interior y siento Su presencia durante mis días. La siento como el protagonista del Violinista en el Tejado, que hablaba con Dios en voz alta mientras caminaba junto a sus bueyes. Yo no hablo en voz alta (me da vergüenza, sobre todo en el metro), en todo caso canto, pero siento que El está ahí cerquita, dentro de mí. Yo no quiero elegir entre Marta o Maria. Sé que ambas reflejan mi modo de creer y las quiero para mí.
En casa tenemos un rincón con un icono, la biblia y un par de velas, encima de una esterilla. No rezamos todos los dìas ni todas las semanas. A veces rezamos solos, cada uno por su cuenta, a veces en pareja, a veces toda la familia junta. Y aunque no somos muy constantes hemos decidido dejarlo siempre “puesto” para que sea ese rincón el que nos llame, el que nos invite a pararnos de vez en cuando, en medio de nuestras mil ocupaciones. Dios vive en nuestra casa y tiene su espacio silencioso. Eso nos ayuda también a reconocerle al centro de nuestra familia. Si venìs a casa un día nos encantará rezar con vosotros.
Ah, aun una cosa sobre la oración. Antes de leer un texto de A.Torres Queiruga mi forma más frecuente de rezar era la intercesión. Como dice Andrés, parecía como si quisiera sacar lo mejor de Dios para remediar los sufrimientos del mundo. Después de leerlo (Creer de otra manera. Ed. Sal Terrae) he comprendido una cosa. Que es Dios quien hace todo lo posible para sacar lo mejor de mí, de nosotros, para salvar el mundo y no al revés. Fruto de esta nueva visión de Dios mi oración se ha transformado. Ahora casi sólo consigo decir: “gracias” y “aquí estoy, por si sirvo”. Ya sé que es poco, pero nace en mi corazón.
00:00 Anotado en MERCHE MAS SOLÉ | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email







