miércoles, 08 marzo 2006

Identidad personal y nacional

Por Roberto Rubio Díaz

Este artículo presupone otros dos anteriores a los que pretende culminar. En el primero proponía un esquema para asimilar los signos de crisis en la identidad nacional, sometida a un proceso de inercia pendular entre el “Estado católico” de la posguerra y el actual “Estado autonómico”. Si el régimen franquista decretaba una identidad formal, el actual también ignora la auténtica autonomía personal, para centrarse en las autonomías como reparto de poder. En el segundo artículo, la evidente crisis personal que late en lo que se denomina identidad de género, me ha servido, junto a la legislación del matrimonio de personas del mismo sexo, para ilustrar la tendencia de los estados actuales, si derivan en absolutos, a sustituir referencias  pre-políticas de identidad, y llegan así a desarrollar incluso elementos de falsa identidad, comportándose como seudo dioses.

Este artículo presupone otros dos anteriores a los que pretende culminar. En el primero proponía un esquema para asimilar los signos de crisis en la identidad nacional, sometida a un proceso de inercia pendular entre el “Estado católico” de la posguerra y el actual “Estado autonómico”. Si el régimen franquista decretaba una identidad formal, el actual también ignora la auténtica autonomía personal, para centrarse en las autonomías como reparto de poder. En el segundo artículo, la evidente crisis personal que late en lo que se denomina identidad de género, me ha servido, junto a la legislación del matrimonio de personas del mismo sexo, para ilustrar la tendencia de los estados actuales, si derivan en absolutos, a sustituir referencias  pre-políticas de identidad, y llegan así a desarrollar incluso elementos de falsa identidad, comportándose como seudo dioses. En este tercer paso quiero concluir con dos propuestas muy básicas. En primer lugar, a modo de compresión, constatar que la tensión Persona-Estado sigue en el centro de la política. La deriva totalitaria, en las democracias europeas, no es algo del pasado amenaza siempre que la personalidad del hombre, equilibrio entre relación trascendente y verdadera autonomía, es atrofiada u oprimida. En segundo lugar concluir lo obvio: que la única vía para abordar las diversas caras y niveles de las crisis de identidad, incluidos los ámbitos europeo o global, está en la iniciativa en “primera persona” de participación en los diferentes espacios de la vida social y política, desde la propia identidad.

La dimensión religiosa es la fuente más radical de identidad personal y social, lo contemplamos en las relaciones internacionales y en la pluralidad cultural sobrevenida en nuestras sociedades, como una emergencia imprevista por muchos, sobre todo aquí en Europa. Nuestras raíces cristianas son las únicas que responden al origen de la necesidad común de referencia trascendente de identidad, y lo hacen desde la semejanza original con el Creador, previa a la confesión religiosa. Por ello quienes estamos arraigados en la fe cristiana tenemos una responsabilidad especial de actuar desde nuestra identidad en esta sociedad plural, conscientes de que hacemos así un servicio a otras personas y también a la vida política, pues sabemos que esas raíces cristianas lo son también de las realizaciones políticas de la historia de Europa.

martes, 07 marzo 2006

Identidad de género - Identidad nacional

Por Roberto Rubio Díaz


En un artículo previo he propuesto que, hoy, la  identidad nacional es “autonomía”, desde la realidad del Estado autonómico que ha sustituido al Estado católico de la posguerra. Sugería que la crisis de identidad nacional parte de que esa autonomía que domina el ámbito político no nace del hombre concreto, de la persona humana, y que ha heredado al Estado católico que decretaba esa identidad, al menos en lo formal.
La denominada identidad de genero, agazapada como previsible nuevo foco de polémica, me va a permitir iluminar otra cara de la relación Persona-Estado. Este término nace ya en el ámbito de la psiquiatría que trata la crisis de identidad de los “transexuales”, expresión bastante pobre de la condición personal del ser humano. Sin entrar en profundidades que no son el objeto de estas líneas, se trata, de manera habitual, de varones que se identifican con el género femenino; lo que a veces da lugar, otras no, a una operación mal llamada de cambio de sexo, que es mutilación genital de lo masculino y simulación de órganos femeninos.
Si el Estado accede, de acuerdo con el programa electoral del partido socialista, a regular estos cambios de identidad de género, estaríamos, y esto es lo que me interesa ahora, ante un Estado que emite y certifica una falsa identidad. Como ya se ha introducido la relación entre personas del mismo sexo en el concepto de matrimonio, lo que para otra nación que no haya adoptado este cambio legislativo sería también confusión en documento público; interesa considerar si el Estado en general, no sólo el español, se está convirtiendo en emisor de falsa identidad personal.
Esta reflexión no es nueva, muchas voces han alertado sobre el Estado moderno, porque que si deriva en absoluto, desarrolla una pertenencia del ciudadano que no le corresponde. El Estado no es fuente de identidad, sino representación de la identidad común. He tratado de exponer con brevedad los indicios de que el Estado se considera absoluto al decidir sobre señas de identidad tan íntimas como el género o la condición matrimonial. Y buscando la raíz se encuentra la única fuente de identidad  que puede sostener la superioridad de la persona humana frente a las estructuras sociales, políticas o económicas: la dimensión trascendente. Ignorar la dimensión religiosa, tan de actualidad en las relaciones internacionales, es acelerar la transformación del Estado en un seudo dios que se arroga competencias sobre la identidad de los ciudadanos

 

lunes, 06 marzo 2006

Identidad nacional: del Estado católico al Estado autonómico

Por Roberto Rubio Díaz
La identidad nacional no puede ser ajena, mucho menos contraria, a la identidad de las personas que hacemos la nación. Desde esta clave humana me aproximo al momento político de España. Dos señas de identidad colectiva destacan en el periodo que va del final de la guerra civil hasta hoy: El “Estado católico” y el Estado autonómico”. Para entender la situación actual propongo ver estas dos señas como ecos anacrónicos e inerciales de los dos polos de la tensión social que traspasa los últimos siglos: la confesión religiosa y la exaltación de la autonomía individual y política, que deriva en laicismo como ruptura de los vínculos históricos entre religión y política.
El Concilio Vaticano II, hace cuarenta años, ponía de manifiesto el anacronismo de la confesionalidad estatal desde el principio de libertad religiosa y de conciencia, indicador del respeto a la dignidad humana, al tiempo que reconocía una sana autonomía para las realidades temporales. La valoración conciliar de la dignidad humana nos dejó una orientación doctrinal basada en la centralidad  de la persona humana: origen y destino de la vida pública. Conectaba así con el corazón del proceso histórico y nos proponía la clave para valorar lo común; porque la política, la economía y la cultura viven de una personalización de todo lo humano que anima también el proceso democrático, la libertad de iniciativa o la libertad de expresión. La declaración facilitó el cambio político en España, concretado en el actual Estado autonómico. Ahora, cuando resurgen viejos esquemas de confrontación que parecían desterrados después de la trágica primera mitad del siglo XX, necesitamos preguntarnos si de verdad hemos superado el anacronismo o estamos en la inercia del péndulo que adormece, entre sus vaivenes de nostalgia y evasión, la conciencia del presente, de los tiempos recios.
El Estado autonómico necesita un examen, hay demasiada distancia entre la alarma de muchos y la complaciente alabanza de las bondades del consenso constitucional. El protagonismo de la inercia nacionalista en la concepción autonómica de la política actual ha sido arropado desde el Estado con la referencia a la imprescindible descentralización del régimen autoritario.¿Hemos descentralizado, o hemos desarrollado una especie de Estado pulpo con tentáculos autonómicos, dos de ellos más prolongados que el resto?, ¿hay más autonomía personal; o más autonomías, más Estado y más control?. Desde la  prioridad del hombre sobre las estructuras políticas, el dilema al que debemos responder opone la descentralización como pasar de los “centros de poder” a la centralidad de la persona humana, a la descentralización como un mayor reparto del poder, que deriva en más centros y más poder.